El papa Jorge Mario Bergoglio está a un paso de recuperarse de su convalescencia. Lo más duro ya pasó hace dos meses. Fueron diez días en el hospital Gemelli por una intervención quirúrgica de colon debido a una “estenosis diverticular grave”. La operación no tuvo sobresaltos pero no estaba prevista y le sacaron once centímetros de intestino, según reveló a la radio española Cope, en una entrevista que concedió para despejar rumores de una posible renuncia al papado, como lo hizo su antecesor Joseph Ratzinger. El cardenal alemán sigue vivo, es papa emérito y con su abdicación habilitó el cónclave de 2013 que terminó con el nombramiento del primer papa argentino de la historia. Bergoglio aceptó la entrevista para mostrarse al frente del poder eclesiástico. Pero a tres meses de cumplir los 85, la operación le demandó un esfuerzo físico que todavía no ha terminado. Espera retomar su agenda pronto y está preocupado por la crisis migratoria que estalló en Afghanistán.

Desde hace tres meses que no dice una palabra sobre su país. El telón de silencio bajó cuando recibió el 13 de mayo al presidente Alberto Fernández y no volverá a levantarse hasta que termine el período electoral.

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Detrás del silencio de radio, el cura jesuita no puede evitar seguir la realidad argentina. El puente aéreo Roma – Buenos Aires disminuyó su flujo durante la pandemia, pero quienes mantienen contacto con Bergoglio confirman que, sin perder la atención en los ejes de su gestión, nunca le quita la oreja a la información que le llega sobre Argentina. Sin embargo, la semana pasada se cruzaron los cables de la coyuntura electoral local con las versiones sobre una presunta renuncia papal. La información circuló inicialmente en dos países. En Italia salió por dos medios vinculados a la derecha eclesiástica que trabaja activamente para que el papado del jesuita reformista termine lo antes posible. Casi al mismo tiempo, las versiones se ventilaron en Argentina, con una velocidad y empeño que alertaron a la curia local y pusieron en guardia a Bergoglio.

El Papa no ve tele y sólo escucha radio, pero lee todo el día la información que le llega sobre los temas que le interesan.

La embestida romana no lo sorprendió porque cada vez que un pontífice pasa por el hospital surgen las versiones de renuncia. “Siempre que un Papa está enfermo corre brisa o huracán de cónclave”, le dijo Bergoglio a la radio Cope. Sin embargo, la profusión de la noticia en Argentina le cayó mal. “Cree que volvió a pasar lo que sucedió hace poco tiempo atrás: que un sector del macrismo hace correr la versión de la renuncia para desgastarlo”, confió a este diario un pasajero frecuente del puente aéreo Roma – Buenos Aires que habla con el Papa y pudo seguir viajando a pesar de la pandemia.

En tiempos electorales, la hipótesis no es menospreciada. Bergoglio no sólo sigue con atención los procesos electorales sino que influyó a su modo. En 2019, fue uno de los primeros en enterarse del interés de Alberto Fernández para pelear la presidencia. Se lo dijo personalmente en el Vaticano cuando el actual secretario de Culto, Guillermo Oliveri, lo acompañó durante el despoder a una audiencia privada. Bergoglio le ratificó su interés por saber si el peronismo podría volver a unificarse. El lazo de aquellos días nunca se perdió: Oliveri ocupó el mismo cargo durante las presidencias de Néstor y Cristina Kirchner, y actualmente es el nexo más estrecho entre Bergoglio y Fernández.

Las legislativas de este año serán el primer round de la coalición panperonista, pero cerca del sacerdote jesuita admiten que también encierra sus críticas. Al igual que distintos representantes del clero local, su jefe en Roma considera que en un país presidencialista como la Argentina, Fernández debería ejercer con más firmeza su autoridad. Las sotanas con poder quieren a un presidente fuerte, que conduzca la coalición oficialista con más determinación. Bergoglio estrechó su relación con la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner luego de la muerte de su marido, Néstor Kirchner, y la respaldó durante su segundo mandato, pero prefiere el perfil moderado de Fernández. Con el titular de la Cámara Baja, Sergio Massa, la lectura es tan fría como siempre: Bergoglio le desconfía. Entiende que es un socio del panperonismo, pero también cree que debe ser conducido por el presidente.

“Necesita volver a tomar el timón de una coalición que, por definición, lo obliga a negociar mucho”, se le escucho decir a una autoridad eclesiástica cuando fue consultada sobre la lectura del clero respecto a Fernández en el promedio de su mandato.

El mensaje ya llegó a los oídos del presidente de parte de una curia local que este año también tendrá elecciones en noviembre, cuando la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) renueve autoridades para los próximos tres años. Su mesa ejecutiva es encabezada por el obispo de San Isidro Oscar Vicente Ojea, que sería reelecto por otro período, aunque este año cumple los 75 y debería presentar su renuncia a Roma. Bergoglio acompaña la reelección de Ojea, en un comicio donde votarán los 115 obispos con mando de tropa. Lo harán cerca de las legislativas nacionales del 14 de noviembre.

La CEA realiza habitualmente dos asambles anuales y la segunda siempre se concreta en ese mes. Esta vez se interpuso la postergación del calendario electoral por la pandemia. “Lo harán una semana antes o una después del 14 de noviembre”, confió una fuente eclesiástica. Los prelados deberán votar en forma presencial porque así se los exige el Vaticano.

Para entonces, Bergoglio habrá retomado su agenda plenamente y su atención no estará en las nuevas autoridades eclesiásticas, que ya tejió a distancia, sino en el descenlace de la próxima visita de los argentinos a las urnas. Tal como dijo en la última entrevista, considera que todavía le quedan “muchas cosas por hacer”, en referencia al programa de reforma de la iglesia que pactó con los purpurados que lo eligieron en 2013. Al igual que Fernández, Bergoglio debe lidiar y liderar la coalición que lo llevó al poder. Quizás por eso le pide más firmeza.