“Hay que hacerlo”, le dijo Reynaldo Bignone a Estela de Carlotto, escritorio de por medio, con un revólver a la vista como testigo. Lo que según Bignone había que hacer, era secuestrar gente y hacerla desaparecer. Aquella frase fue su respuesta tajante ante el pedido de Estela para que no mataran a su hija Laura, embarazada de tres meses, secuestrada en noviembre de 1977.

El 4 de junio de 2014, ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal número 1 de La Plata, Estela declaró durante el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino conocido como La Cacha. Entonces dijo la titular de Abuelas: “Él ya era secretario de la Junta Militar. Antes de verlo, me sometieron a terribles controles de seguridad. Me recibió en su despacho, a solas, con un arma sobre el escritorio, como ridícula ostentación de fuerza (…) Le conté mi drama. Reaccionó descontroladamente (…) Yo le planteé que sólo le pedía que no me la mataran, que la pasaran a disposición del Poder Ejecutivo, que si había hecho algo… yo la iba a esperar, pero no me dio muchas esperanzas (…) Al decir ‘hay que hacerlo’ estaba diciendo una sola cosa: matarlos. Bueno, ahí me agarró la desesperación, cuando caí en la cuenta de las perspectivas reales que tenía Laurita por delante (…) Esa conversación, más la experiencia vivida por mi marido -que veía cómo los mataban prácticamente al día siguiente del secuestro- me convencieron de que mi hija ya estaba muerta. Entonces le dije… ‘Si ya la mataron, lo que quiero es que me devuelvan el cuerpo, porque quiero enterrarla cristianamente, para no volverme loca buscando en las tumbas NN (…) Esa es la prueba evidente de que los mandos tenían toda la represión bajo su control… Salí de esa entrevista derrotada. Pero no lloré delante de Bignone, para nada. Ni le rogué, tampoco. Simplemente fui a pedir, con toda dignidad, por la vida de Laura”.

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Estela recordó también que cinco meses después de aquel cara a cara con Bignone que jamás podrá olvidar, el 25 de mayo de 1978, llegó a su casa una citación para presentarse de manera urgente en la comisaría 9° de Isidro Casanova. Allí fue Estela con su marido, todavía con ilusión: “Lamento comunicarles que su hija está muerta”, dijo el comisario y les mostró el documento de identidad de Laura. Le mintieron al asegurarle que no había nacido ningún niño y le entregaron el cuerpo, con una partida de nacimiento que decía NN. “Ella estaba destrozada, mi marido no quiso verla –siguió Estela su relato-. Ellos pensaron que nuestra familia se destruiría, pero se equivocaron porque una madre nunca olvida y una abuela nunca deja de buscar a su nieto”