En su libro El horror económico, publicado en 1996, la escritora francesa Viviane Forrester  escribió: “Vivimos en medio de una falacia descomunal, un mundo desaparecido que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales. Un mundo en el que nuestros conceptos del trabajo y por ende del desempleo carecen de contenido y en el cual millones de vidas son destruidas y sus destinos son aniquilados…..”. “Se dice que la extinción del trabajo es apenas coyuntural, cuando, en realidad, por primera vez en la historia, el conjunto de los seres humanos es cada vez menos necesario”.

Forrester trabajó en este texto luego del suicidio de su segundo hijo. Había llegado a la conclusión de que una de las razones que lo habían hundido en el punto más profundo del pozo depresivo fue que no había podido insertarse en el mundo laboral.    

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Más cerca del barrio, la brillante y entrañable Alcira Argumedo abordó el mismo tema. “Tal vez el impacto de mayor contundencia de la revolución tecnológica es la decisiva disminución en los requerimientos de tiempo de trabajo y de la participación del factor humano en la composición orgánica del capital. En los más diversos ámbitos es posible desarrollar normalmente las tareas con un promedio de tiempo de trabajo inferior, en un 75%, al que demandaba la etapa madura de la Revolución Industrial, hacia fines de los años setenta (del siglo pasado)”, escribió en su artículo «Impacto de la revolución científico técnica», en la revista Encrucijadas

Alcira tenía una reflexión política y filosófica. No es importante describirla de modo textual. Decía que este cambio debería ser una gran noticia para la condición humana. Que había tareas duras para la salud que ahora podrían realizar las máquinas. Sin embargo, como en la película Terminator, lo que traen las máquinas no parece ser una etapa de goce para la corta vida humana, sino la multiplicación desaforada de la exclusión social.

La derecha sigue con su discurso de siempre. Para crear empleo hay que bajarles impuestos a los ricos y los salarios a los trabajadores, solo multiplicando el excedente habrá inversión. Como quedó demostrado una vez más durante los cuatro años del gobierno de Mauricio Macri, esa mayor ganancia terminó en la canaleta –diría Ernesto Sanz– de la especulación financiera. El dinero multiplicándose sin haber producido absolutamente nada.

Hay empresas como Twitter. Elon Musk la compró por 44 mil millones de dólares, la misma cifra de la deuda argentina con el FMI por la que el país está patas arriba. Elon, el hombre más rico del mundo, la adquirió como el niño rico que busca un juguete nuevo, mientras otra de sus empresas, SpaceX, construye cohetes espaciales para que lo lleven de paseo a Marte. En abril pasado, la Administración Federal de Aviación estadounidense le dio la autorización para su aventura. Ese es el mundo. Elon construye su cohete mientras millones de desarrapados revuelven la basura en los alrededores de su palacio de cristal. Una nueva Edad Media. 

Twitter tiene 7000 empleados en el mundo. ¿Qué? Una empresa que vale casi dos años del PBI que produce Honduras con sus 10 millones de habitantes genera 7000 empleos. Es el 4%, por ejemplo, de los trabajadores del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Los proyectos de Salario Universal –hay más de uno– que ahora parecen ganar consenso dentro de las distintos sectores del oficialismo son el intento de darle una respuesta civilizatoria a lo que Argumedo y Forrester, entre otros pensadores, plantearon: no puede seguir atado el derecho al ingreso con el derecho a conseguir un trabajo con la concepción del siglo pasado. Esta realidad también está en el trasfondo de lo que expresan las organizaciones sociales, que son, entre otras cosas, los sindicatos de los expulsados por el capitalismo tecnológico-financiero.  «