Por fin, tras largos años de esfuerzos, la figura del diputado del PRO, Gerardo Milman, acaba de adquirir una notable centralidad pública, aunque no por las razones que él tanto supo soñar. Muy lejos de eso, una frase que –según un testigo– habría salido de sus labios dos días antes del frustrado magnicidio de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner (“Cuando la maten yo estoy camino a la costa”) terminó por enturbiar su presente. Y pese a que la jueza federal María Eugenia Capuchetti (otra desgracia de esta trama) se empeñe en no mover un solo dedo para acreditarla o desmentirla.

Aún así, la trayectoria de este sujeto merece ser explorada, ya que traza una metáfora sobre los calamitosos efectos de la angurria política en seres de escasas luces. A continuación, un memorable ejemplo al respecto.

Unos años atrás, cuando ya ocupaba el cargo de secretario de Seguridad Interior del ministerio encabezado por Patricia Bullrich, se produjo el arresto de dos dealers peruanos con profusos tatuajes. Entonces fue persuadido por terceros de uniforme –seguramente con ánimo de chanza– acerca del vínculo imaginario de pandilleros pertenecientes a las “maras” centroamericanas –que también suelen lucir profusos tatuajes– con bandas de narcos criollos. Por tal razón, el tipo sorprendió a propios y ajenos al difundir por Twitter un ameno instructivo para que el ciudadano común pudiera reconocer con un simple vistazo a esos peligrosos elementos. Sin embargo, sus ansias de figuración se desplomaron como una enorme roca en el océano al descubrirse que él había plagiado hasta la última palabra de dicho texto del portal escolar “El rincón del vago”. Un papelón del cual le costó sobreponerse.

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En estos días, Milman suele ser erróneamente definido como uno de los “halcones” de Juntos por el Cambio (JxC), cuando en realidad –siguiendo con las analogías zoológicas– es simplemente uno de los mastines de Bullrich.

De hecho, al igual que ella, se trata de un tránsfuga de la política, cuyo origen partidario lo ubica en el radicalismo. De allí desertó para colocarse, en primer lugar, bajo el ala de Elisa Carrió y, luego, de Margarita Stolbizer. Cabe destacar que fue junto a ella cuando adquirió cierto renombre.

Recientemente, la ya casi olvidada caudilleja de la Generación para un Encuentro Nacional (GEN) lo evocó con elocuencia: “Gerardo eligió militar en un lugar durísimo, muy fundamentalista. Son muy recurrentes estos cambios ideológicos en la política”. Sabias palabras.

Lo cierto es que su brinco hacia el universo macrista había convertido a este tibio socialdemócrata en un garrote de la restauración conservadora.

No obstante, su faceta de oportunista polimorfo ya se deslizaba durante el tramo final de la segunda presidencia de CFK, porque, siendo un ignaro en el campo de la comunicación, tuvo la audacia de integrar el directorio de AFSCA (el organismo encargado de aplicar la Ley de Medios) en calidad de representante opositor. Desde allí se desvivió para hacer todo lo humanamente posible en favor de los grupos concentrados.

Fue en esa época cuando deslumbró a los buscadores de talentos del PRO, aunque su rasgo sobresaliente fuera precisamente la falta de talento.

De modo que con “Pato” encontró su lugar en el mundo. Pero el pobre Milman también era un improvisado en los saberes de la seguridad urbana. Comparado con sus colegas de Gabinete, un bebé de pecho en la materia que acostumbraba a escamotear su candidez de principiante con ciertos exabruptos; por caso: “Sabemos que hay muchos zurdos afuera, que deben saber que vamos por ellos”, dijo durante una conferencia de prensa en diciembre de 2016. El tipo hablaba como si fuese un alfil de la Guerra Fría.

Pero más allá de las palabras, sus pecados fueron fácticos. Tanto es así que de las burradas conceptuales pasó a la etapa de la bestialidad dura y pura.

De su autoría fue, por ejemplo, el célebre “Protocolo Antipiquetes” que rigió durante la era macrista para criminalizar la protesta social. También fue uno de los encargados de la satanización mapuche, asunto que complementó con la difusión de pistas falsas para encubrir  los asesinatos en el sur del país de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Y no fue menos alevosa su defensa hacia Luis Chocobar, el policía que había matado a un ratero por la espalda.

“¡Claro que se puede tirar por la espalda! Claro que se puede, siempre y cuando el sospechoso no acate la orden de entregarse”, dijo entonces.

Una hermosura de persona, bendecida a modo de segunda oportunidad, con una banca en la Cámara Baja.

A mediados de agosto, Milman había presentado un extraño proyecto de resolución donde pedía al Poder Ejecutivo que informara sobre “medidas preventivas” ante “indicadores de violencia que se perciben como la antesala de episodios que podrían quedar en nuestra historia”. Y en su último párrafo advierte: “No vaya a ser que algún vanguardista iluminado pretenda favorecer el clima de violencia que se está armando, con un falso ataque a la figura de Cristina, para victimizarla, sacarla de entre las cuerdas judiciales en las que se halla y no puede salir y recrear un nuevo 17 de octubre”.

El 31 de agosto, un día antes del atentado, presentó otro proyecto donde pidió información sobre la custodia de CFK.

Y el primer día de septiembre estampó en su cuenta de Twitter: “¿Por qué el ministro de Seguridad aumentó la custodia policial de la vicepresidente (sic)? Cristina Kirchner jamás estuvo en peligro en su pequeña república de Recoleta (…) Hemos presentado un proyecto en la Cámara de Diputados para que nos brinden una explicación sobre esta nueva disposición de gastos arbitrarios”.

Ese mismo día, poco antes de las 21, Fernando Sabag Montiel intentó disparar dos veces al rostro de la vicepresidenta. 

La de Milman es una biografía con final abierto. «