La pandemia de coronavirus golpeó todos los cimientos sociales y políticos pero, al mismo tiempo, aceleró los procesos que ya estaban en marcha, basados en esos mismos cimientos golpeados. Esto se vio en especial en el rol del Estado, que de ejecutor de políticas neoliberales y, por lo tanto, cómplice de los desastres que derivaron en la generación de las condiciones para que existiera la pandemia, pasó a encabezar la pelea sanitaria contra el virus.

Para un sector de la intelectualidad de centroizquierda y progresista, el refuerzo de la presencia estatal en clave de cuidado de la salud fue la señal de largada de un debate global: si se empuja en el sentido correcto, se crean las condiciones para la vuelta del Estado de bienestar. Las comparaciones ayudaban, ya que a la crisis de la última guerra mundial le sucedió esa construcción estatal.

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Las enormes expectativas que existen con la vacuna para poner fin a la pandemia expone el color del Estado. Si la vacuna es la esperanza es porque la pandemia no cesa de crecer. Y ello es porque en todas partes se pasó del «combate» al virus a «la vuelta a la normalidad» a pesar del virus y de la falta de recursos para esa vuelta. Se flexibilizan los confinamientos, se relajan los controles, se abren más actividades económicas y se obliga a la población a volver a los establecimientos de trabajo, incluidas las escuelas.

Es decir, la gestión contra la pandemia la llevaron a cabo los mismos gobiernos que venían de ajustar sus presupuestos de salud, de flexibilizar sus normas laborales, de fomentar la financiarización de sus economías a niveles nunca vistos. El carácter de esos Estados, administrados por estos gobiernos, no cambió un ápice durante el reinado del Covid-19. Por eso sólo queda esperar la vacuna. Ello también explica por qué creció la desigualdad durante la pandemia; los ricos se enriquecieron más y la pobreza creció y se profundizó.

Martin Wolf, editorialista del Financial Times, araba en el desierto en el inicio del último verano europeo, cuando planteó la necesidad de impuestos permanentes a las grandes fortunas personales y de las corporaciones. Ahora advierte que Estados Unidos, Europa y Japón están por cometer el mismo error que en 2008: limitar el gasto público destinado a la ayuda social y direccionar los estímulos económicos solo a través de la gran banca.

Si la voz de Wolf suena aislada es también porque corrientes políticas que podrían animar el debate desde la perspectiva progresista no aparecen en escena o están en funciones de gobierno embretadas en los compromisos estatales previos a la pandemia, y que refuerzan la dominancia del capital sobre la política.

El riesgo cierto es que el reforzamiento del Estado por el combate contra el virus derive en un fortalecimiento de aquello que muchas veces en la historia también fue sinónimo de Estado: un aparato policíaco y judicial en defensa de los poderosos.