Donald Trump ha sido derrotado y enfrenta un segundo pedido de impeachment a días de dejar su cargo. El Congreso certificó la victoria de Joe Biden luego de que se expulsó a “la turba” trumpista y se restableció el orden en el Capitolio. “Las instituciones estadounidenses resistieron el caos”, se consuelan demócratas y republicanos sensatos. 

El mundo, o al menos los líderes de Occidente, como la alemana Angela Merkel y el francés Enmanuel Macron, celebran que la democracia esté a salvo, en la certeza de que EE.UU. dejará atrás los desplantes de Trump y volverá a ser el gran protector de la UE ante cualquier amenaza extra OTAN. En la periferia, en especial en América latina, miran azorados cómo le han estallado ahora, en sus mismas tripas, algunas de las formas de Terror de Estado que el imperio exporta a su antojo 

Al sur del Río Bravo, ni siquiera el brasileño Jair Bolsonaro se atrevió a defender a su amigo Trump. Para el resto de los gobiernos de la región, pese a la diversidad de alineamientos, la derrota del exorbitante magnate es un alivio: desde México hasta la Argentina, pasando por Cuba y Venezuela, nada bueno podían esperar del político que hizo un movimiento de masas de su propia misoginia, su homofobia y sus ideales de supremacía blanca y del “destino manifiesto” de su país. Incluso entre los partidarios del neoliberalismo, la versión salvaje de Trump, a la que acompañó con un agresivo proteccionismo, solo sirvió para dañar los equilibrios de un mercado sin fronteras.

En la Argentina, los grandes medios locales, sus analistas internacionales y sus intelectuales de planta, luego del estupor que causaron las increíbles imágenes del asalto al Capitolio el Día de Reyes, celebran lo que suponen un regreso a la normalidad y lamentan el daño que Trump y sus seguidores han causado a la autoridad de la potencia que dicta los paradigmas económicos y políticos del capitalismo global. Después de todo, Washington también cobija los negocios de las élites locales junto con los propios, y su extraordinario dispositivo militar, que se extiende en todo el planeta, es la primera y última garantía con que cuenta el capital.

El asalto a la Casa del Pueblo, como se denomina a una de las sedes de poder mundial donde se decide la vida y la muerte de millones de personas, se sumó a la vasta confrontación política e ideológica que atraviesa nuestros pueblos. No ya en la elección de preferencias entre los candidatos republicano y demócrata, sino en la preservación del prestigio de los EE.UU. como una causa propia. Su rol modélico como “país serio” prescinde del contexto y los antecedentes históricos y políticos que precedieron a Trump y de los que él mismo es un emergente.

Vergonzante o explícito, hubo en importantes sectores políticos argentinos un nexo ideológico y de empatía con Trump, pero su caída electoral y el derrape violento de sus seguidores causó el definitivo cambio de bando de la derecha criolla, que cerró filas con el ganador, el demócrata Biden, y ahora hace votos para la pronta restauración del liderazgo moral de EE.UU. Su identificación con los objetivos, valores e intereses estratégicos de la primera potencia mundial se mantiene incólume, y comparte el optimismo con que amplios sectores del establishment político estadounidense esperan la restauración del histórico y tranquilizador bipartidismo.

Fue notable la desazón que invadió a los analistas básicos de los diarios de negocios y a los dirigentes de Juntos por el Cambio, preocupados por denunciar el innoble regocijo peronista por esta sorpresiva transformación de EE.UU. en “una república bananera”, figura que el diario New York Times atribuye a liberales de izquierda y republicanos descontentos, en tanto que los populistas de por aquí alegan inocencia y dicen que para el Cono Sur es más propio hablar de “república sojera”. 

Sea como fuere, aquí como en la mayoría de los países del patio trasero, “la embajada” (como se llama a la legación diplomática de EE.UU. como si fuese la única), es un factor de incidencia variable pero importante en la política y la economía local. Basta recordar la larga saga que se inició con los atentados a la embajada de Israel y a la mutual judía Amia, todavía irresueltos, que culminaron con el suicidio del fiscal Alberto Nisman, en la que la inteligencia estadounidense e israelí intervinieron con denuedo para enredarlo todo y garantizar la impunidad.

En otros países, más desafortunados, la embajada les planificó cambios de gobierno, a menudo mediante golpes militares o policiales, para defender intereses coincidentes con las oligarquías locales. 

Macri también

Por la sede diplomática de la Avenida Colombia suelen desfilar políticos, empresarios y periodistas prominentes, no solo en los cocteles y galas sino en encuentros reservadísimos, como los que revelaron en su momento los cables desclasificados del Departamento de Estado, que el sitio web WikiLeaks filtró en 2011. Ese año, Página 12 publicó algunos en los que la embajadora Vilma Socorro Martínez informó a su gobierno que tuvo un encuentro con el entonces jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, quien denunció el “estilo agresivo” del matrimonio  de Néstor y Cristina Kirchner, a quienes describió como “acabados, pero peligrosos”,  y le pidió a EE.UU. “que adopte una postura más dura” con ellos porque “se la pasan faltándole el respeto y demonizando a los líderes mundiales”. 

Volviendo a Washington y el futuro del imperio, se derrumba sin remedio la ilusión de que la derrota de Trump y su condena por “incitación a la insurrección” pueden restaurar la paz bipartidista, con una gestión pacificadora de Biden capaz de enterrar los conflictos internos que laceran a un país poderoso pero tremendamente injusto. La globalización financiera y la deslocalización industrial, que transformó a las grandes fábricas del Medio Oeste en montañas de herrumbre, fueron la cuna de la rabia social de la que se alimentaron Trump y las bandas xenófobas y supremacistas, como Qanon, que Trump alentó y quiso usar como grupo de choque para amedrentar al Congreso. 

La pandemia, que ya cobró casi 300.000 víctimas mortales en EEUU, mostró la fragilidad social de un sistema económico donde los bienes más elementales, que en muchos de nuestros países sojeros o bananeros son derechos sociales duramente conquistados, en la mayor potencia de la tierra son mercancías que están fuera del alcance de millones de familias.

Biden ha prometido que EE.UU. volverá a liderar el mundo con el llamado “poder blando”, que promete la promoción de la democracia, de los derechos humanos y el combate al cambio climático, como una fórmula para disputarle influencia y liderazgo a su mayor hipótesis de guerra, China. Pero nada de eso tiene credibilidad en nuestros  países, salvo para las derechas, tanto o más farsantes que la burocracia política de Washington y los financistas que la sostienen, cuyos intereses defiende la mayoría de ambos partidos. Allí también late un trumpismo, con Trump o sin él. No en vano, según una encuesta de Gallup posterior al desmadre, el 71 por ciento de los republicanos rechaza la actitud desaforada del todavía presidente, pero aprueba su política económica.

No cabe duda de que EE.UU. no volverá a ser lo que fue. No por un puñado de desquiciados, cuya teatralidad sirvió para mostrar al mundo el lado más oscuro de lo que desde hace tiempo se gesta en la sociedad estadounidense, ni por la polarización que Trump exacerbó como recurso político eficaz, sino porque, hacia adentro, nuevas fuerzas sociales se organizan y luchan.

Las grandes movilizaciones, como la de tres millones de mujeres del 8 de marzo de 2017, #NosotrasParamos, y la de Black Lives Matter el año pasado, fueron la matriz (nunca más adecuada esta palabra) de nuevas representaciones políticas radicales y de izquierda, ahora con mayor presencia parlamentaria y, lo que es más importante, con una creciente inserción de masas.

Estas luchas fueron una contribución decisiva a la derrota de Trump, junto con el llamamiento de Bernie Sanders, Alexandria Ocazio-Cortez y otros dirigentes progresistas del Partido Demócrata. 

Es la hora de exigir.