Han fusilado a Dorrego: un hito de la violencia política en Argentina

Por: Juan Manuel Erazo

El 13 de diciembre de 1828 es fusilado Manuel Dorrego en las afueras de Navarro por orden de Juan Lavalle. Su asesinato marcó un antes y un después en el uso de la violencia política en la naciente nación.

¿Qué diferencia una revolución de un golpe de Estado? ¿Es el uso de las armas? Una revolución puede usar armas y un golpe de Estado puede ser parlamentario, como se ha demostrado en los últimos años en América Latina. ¿Es la movilización de amplios sectores de la población? Una revolución puede ser encarada por una pequeña porción de habitantes, como sucedió en mayo de 1810, y un golpe de Estado puede tener grandes contingentes de ciudadanos en las calles, como sucedió en 1930, incluso en 1955. Hay varios elementos que pueden compartir una revolución y un golpe de Estado, pero hay una clara diferencia entre ambos: una viene a cambiar profundamente las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad, y el otro viene a restituir por la fuerza un orden (de privilegio) perdido

Como dos caras de una misma moneda, tanto una revolución como un golpe de Estado nunca son solo una fecha. Siempre significan un proceso, una película entera más que un mero fotograma. Y una cara suele dar lugar a la otra, porque detrás de todo orden restituido hay una revolución fallida, y detrás de toda rebeldía siempre hay una opresión originaria. La campaña iniciada por el unitario Juan Lavalle en diciembre de 1828 tenía como fin restituir un orden perdido. El régimen del Primer Triunvirato rivadaviano derrotado en octubre de 1812 por las huestes de San Martín, la Sociedad Patriótica y la Logia Lautaro. El orden centralista del Directorio vencido en 1820 por los caudillos federales en la Batalla de Cepeda. El orden porteñista de la efímera presidencia de Bernardino Rivadavia en 1826. El orden del endeudamiento, la entrega de tierras, y una constitución impopular.  

Detrás del golpe de Lavalle ronda el fantasma de la revolución inconclusa, aquella gesta iniciada en mayo de 1810 que llevó sus ideas al Litoral y resistió en Alto Perú con Manuel Belgrano a la cabeza. Esa revolución que cruzó los Andes en una de las gestas militares más colosales de la historia universal. Esa revolución que era un detalle más de un proceso continental. Esa revolución llevada adelante por enormes masas de negros, indios y gauchos, luego arrojados a los márgenes de la historia, junto a mujeres militares y comandantas. Esa revolución que no fundó gobierno, que no escribió constitución, que se volvió rápidamente dependiente de las potencias extranjeras. La revolución inconclusa.

Han fusilado a Dorrego

Primero, presentemos a los personajes. Manuel Críspulo Bernabé Dorrego nació en Buenos Aires el 11 de junio de 1787. Hijo de un comerciante portugués, tuvo un lugar central en el Ejército del Norte comandado por Belgrano, con una participación destacada en la Batalla de Tucumán (1812). Férreo opositor del centralismo del Directorio, partió al exilio a Estados Unidos, donde se empapó de las ideas federales y republicanas. Luego de la disolución del Directorio en 1820, se opuso al gobierno de Buenos Aires encabezado por el unitario Martín Rodríguez. 

Dorrego se va a transformar en un ferviente militante del federalismo en Buenos Aires. Cercano a los sectores populares, va a impulsar (sin éxito) el sufragio universal durante el Congreso Constituyente de 1824: «¿Es posible esto en un país republicano? ¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las elecciones? Yo no entiendo cómo pueda tener parte en la sociedad, ni como pueda considerarse miembro de ella a un hombre que, ni en la organización del gobierno ni en las leyes, tiene una intervención». Dorrego lanzó el periódico El Tribuno, con la colaboración de Manuel Moreno. Habló de la existencia de “logiaoligarquías” y denunció los opacos lazos entre funcionarios argentinos y empresas de capital británico, centralmente entidades financieras. 

Juan Galo de Lavalle nació en Buenos Aires el 17 de octubre (vaya ironía) de 1797. Hijo de un destacado linaje de nobles, comerciantes y funcionarios coloniales (descendiente directo de Hernán Cortés), Lavalle fue un destacado militar en el Regimiento de Granaderos a Caballo y luego del Ejercito de los Andes. Con pasado de torero, regresó a Buenos Aires luego de participar en las acciones militares en Perú. Amigo de Rivadavia y admirador del centralismo como forma de gobierno, Lavalle fue puesto al mando de una expedición hacia el sur de la provincia de Buenos Aires. Su compañero de ruta fue ni más ni menos que Juan Manuel de Rosas, que se encontraba acompañando al ingeniero Felipe Senillosa en su trabajo de agrimensura. Vuelto de la expedición, y con Rivadavia en la presidencia, es enviado a la Guerra del Brasil librada en el actual territorio uruguayo.

Ahora, los hechos. Caído el gobierno central de Rivadavia en 1827, Dorrego es electo gobernador de Buenos Aires y responsable de las relaciones exteriores del resto de las provincias. Su primera decisión es suspender el pago del empréstito contraído con la financiera británica Baring Brothers por considerarla ilegitima. También fija una política de precios máximos para cuidar el consumo popular y sanea las cuentas públicas de Buenos Aires. Estas iniciativas le dan a Dorrego un gran apoyo popular, pero le generan la enemistad de los sectores comerciantes y de la embajada británica. 

En noviembre de 1828, cumplido un año de gobierno, ex funcionarios rivadavianos comenzaron la conspiración, con el ex funcionario porteño Julián Segundo de Agüero a la cabeza. Con una fuerte campaña de difamación a Dorrego, hicieron jugar a su favor el descontento de las tropas que volvían de la Guerra con Brasil. Triunfantes en los campos de batalla, pero derrotados en las mesas de negociaciones por obra y gracia del vergonzoso acuerdo elaborado por el ministro de Relaciones Exteriores de Rivadavia, Manuel José García, forjado a gusto de las pretensiones británicas en la región y complaciente con su aliado local, el (ya no tan enemigo) Imperio del Brasil. Dorrego es forzado a reconocer ese acuerdo, y rápidamente la conspiración unitaria acusa al gobernador de “traidor” y lo señala como el hacedor del vergonzoso acuerdo armado por la gestión anterior. Algo así como el inicio de la doctrina de “la pesada herencia”.

Lavalle pondrá la espada para concretar la conspiración golpista. Ingresará el 1 de diciembre a Buenos Aires con sus tropas. Derrotará a Dorrego el 9 de diciembre en Navarro y lo fusilará cuatro días después en la misma ciudad. 

La patria se desangra

El fusilamiento de Dorrego fue una ruptura con las reglas de juego establecidas incluso en aquellos turbulentos tiempos. Tal es así que sus verdugos recurrieron a la simulación de juicios y papeleos administrativos, fundando un trágico antecedente en el accionar de los bandos vencedores. Juan Cruz Varela, unitario y asesor de Lavalle, le recomendó al militar “prescindir del corazón” y “tomar la vida de los vencidos” firmando la epístola consejera con una memorable frase: “cartas como estas se queman”. Temprano ejercicio de la desaparición de pruebas en la ejecución sumaria de un compatriota. 

Salvador María del Carril, jurista y uno de los que había empujado a Lavalle al crimen, sabiendo que el gobernador había sido ejecutado sin ninguna forma de juicio, le escribía unos días después: “Es conveniente recoja usted un ‘acta’ del consejo verbal que debe haber precedido a la fusilación. Un instrumento de esta clase, redactado con destreza, será un documento histórico muy importante […] que lo firmen todos los jefes y que aparezca usted confirmándolo […] y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos”. Lavalle, con la espada ya metida hasta el tuétano, reconoce enteramente la responsabilidad: “La historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido morir o no morir, y si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público”.

Por la ambición del poder

El gobierno interino de Lavalle fue una brutal revancha. Para dar legitimidad a su gobierno se arman rápidamente unas elecciones engañosas donde solo pueden votar aquellos que usen sombrero de copa, galera y/o demuestren tener propiedad. Lavalle gobierna con mano dura, fusila a los leales a Dorrego, saquea propiedades de opositores y distribuye las arcas públicas entre socios cercanos. Propone al exiliado San Martín para la gobernación, pero este rechaza desembarcar en Buenos Aires, condena la “dictadura de Lavalle” (su antiguo subordinado) y responde: “los autores del movimiento del primero de diciembre son Rivadavia y sus satélites, y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho al país y al resto de América con su conducta infernal. Es necesario enseñarles las diferencias que hay entre un hombre honrado y un malvado”.

Las repercusiones de la muerte de Dorrego no se hicieron esperar y el propio grupo que había gestado el golpe de Estado se alejó estratégicamente del flamante dictador. Su sanguinaria represión de las resistencias que se gestaron en el sur de la provincia y su sistema de “clasificaciones” de opositores políticos costó la vida de más de diez mil personas en menos de cinco meses. Los civiles que comenzaron la conspiración luego se refundaron en funcionarios públicos o comerciantes. Los juristas que incitaron el golpe luego fueron altos magistrados. Lavalle huyó exiliado, derrotado militarmente por Juan Manuel de Rosas y Estanislao López, y vapuleado políticamente por un Partido Unitario que le dio la espalda. La tarea sucia ya había sido consumada.

El fusilamiento de Dorrego marca un hito en el uso de la violencia política en nuestras tierras, por su método clandestino, por su violencia inusitada, por su despilfarro de los bienes públicos. Como contracara, quedará siempre el emblema de moral e hidalga prudencia forjado por Dorrego en su última y más sentida carta:

“Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir. Ignoro por qué; más la providencia divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. De los cien mil pesos de fondos públicos que me adeuda el Estado, sólo recibirás las dos terceras partes; el resto lo dejarás al Estado. Mi vida: educa a esas amables criaturas. Sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado”.

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