Pedro Castillo, el maestro de Perú Libre, no es solo la “sorpresa de las elecciones peruanas”, es también el emergente de un incipiente movimiento popular. Keiko Fujimori, de Fuerza Popular (FP), representa en cambio el último intento del fujimorismo por retornar al poder y su tercer intento personal como aspirante presidencial.

Los clivajes de izquierda y derecha no son los más significativos en esta elección. Castillo no agota su representación en los sectores de izquierda, su parteaguas más significativo es el de la expresión popular, regional y plebeya. El intento de presentar los comicios de junio en clave ideológica no se corresponde con la realidad, sino con las necesidades del fujimorismo de identificar un enemigo que justifique su presencia en la arena política. Dos datos: en 2010, Keiko creó su propio partido, con el que fue derrotada en 2011 y en 2016. Desde entonces, Sendero Luminoso –desactivado en 1992 con la captura de Abimael Guzmán– ha reflotado en cada víspera electoral.

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El 4 de junio de 2011, antes del balotaje, supuestos resabios senderistas abatieron a cinco soldados de una patrulla militar en el Cusco.  El 9 de abril de 2016, previo a la primera vuelta, un ataque a un convoy militar en Junín dejó como saldo cinco muertos. Este año, a menos de dos semanas de la segunda ronda, hubo una masacre de al menos 16 personas en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM). En los tres casos, el fujimorismo fue el único beneficiario por los supuestos “rebrotes” senderistas. Discursivamente es habitual la estrategia del “terruqueo”: asociar a la oposición que presenta un proyecto alternativo como “terrorista” o al menos mostrarla débil e incapaz de luchar con ese enemigo imaginario.

El tiro parece haberle salido por la culata esta vez, ya que la noticia del atentado levantó suspicacias. Ocurrió al otro día de que Fernando Rospigliosi, miembro del equipo técnico de FP, instalara como principal medida de seguridad terminar con el accionar “terrorista” de senderistas devenidos en sicarios del narcotráfico en el valle del VRAEM.

La masacre rememoró una larga lista de nexos del fujimorismo con el narcotráfico en los años ’90, desde el narco-avión presidencial, las declaraciones del hermano de Pablo Escobar Gaviria sobre la financiación a la campaña de Fujimori padre, hasta vínculos de Vladimiro Montesinos con el cartel de Tijuana y la venta ilegal de armas a las FARC que precipitaron la caída del régimen. No solo eso, en 2011, FP recibió el aporte de  Luis Calle Quirós, quien está en la “lista negra” del narcotráfico internacional y, en 2013, su hermano Kenji era accionista de la empresa Limasa, en cuyo almacén hallaron más de 100 kilos de cocaína. La asociación del apellido Fujimori al “narco-Estado” tiene una trayectoria propia y es más tangible que cualquier fantasma de guerrilla maoísta.

La larga crisis de representación que enfrenta Perú se agudizó con la pandemia y no se durmió luego de las movilizaciones de 2017 y 2020. La indignación ciudadana condensó en torno a las consignas “No a Keiko” y “Fujimorismo Nunca Más”. Castillo es un auténtico representante de esas protestas contra el establishment, habiendo salido del anonimato como dirigente de las huelgas docentes. Lo radical de su propuesta no es solo su proyecto político sino la forma en que ha construido su candidatura. Perú Libre no ha tenido una fuerte presencia en redes sociales y se negó a participar en debates realizados en los grandes estudios de TV limeños para devolverlos a las plazas públicas. La emergencia de Pedro Castillo es la de un nuevo movimiento nacional, popular, periférico, campesino, mestizo y subalterno.