“La vida es una reconstrucción de pequeños pedazos. No te olvides que te quiero mucho”, le escribió su abuela Buscarita Roa detrás de una poesía de Mario Benedetti. Fue una de las primeras cosas que le dio después que un examen de ADN confirmara que Claudia era hija de José Liborio Poblete Roa y de Gertrudis Hlaczik, quienes siguen desaparecidos. Claudia guarda ese poema entre los recuerdos familiares en una enorme caja que despliega en el living de su casa 21 años después, la misma cantidad de años que tenía en ese momento.

A esa edad, en la que la mayoría comienza a transitar el mundo adulto, Claudia tuvo que reconstruir su identidad con los pequeños pedazos que le fueron dando. “Es como un rompecabezas, porque yo tengo un montón de pedacitos de la historia que los conozco solamente por lo que me contaron. Para mí la identidad es primero que nada una construcción, y tiene muchas capas. El paso fundamental en la construcción de identidad fue aceptar, entender que en realidad yo siempre fui Claudia Poblete y durante un montón de tiempo no lo supe. Desde el momento en el que yo pude hacer ese clic, pude tener una visión más integral y volver a tener recuerdos de infancia sin sentirlos ni ajenos ni culpables ni nada”, explica en diálogo con Tiempo, en la segunda entrevista de la serie Detrás de las Abuelas.

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Ese proceso le llevó mucho esfuerzo y muchos años, a través de los cuales fue conociendo a su familia biológica y desarmando el vínculo que todavía la unía a sus apropiadores. “La maternidad en mi proceso es clave. El nacimiento de mi hija es el que a mí me lleva a hacer el clic: el embarazo, el nacimiento, todo. Me permite a mí tomar real dimensión del delito que se cometió conmigo. Por un lado, en el vínculo mío con mi mamá: cuando yo transito mi embarazo y me doy cuenta que, si bien yo tenía un vínculo aún en ese momento con mi apropiadora, es en ese momento que por primera vez yo siento la distancia con ella (…) El nacimiento de mi hija es el que me trae la necesidad real de cortar eso, porque si no ella lo heredaba”. 

Cortar la mentira 

La hija mayor de Claudia está terminando la primaria. En su escuela conocen la historia de su familia y su mamá dio testimonio allí. Pero, para el último 24 de marzo, la interpelación fue directamente para la niña. Le propusieron dar su testimonio en el acto. Ella llamó a su bisabuela Buscarita para hacerle preguntas y prepararse para hablar ante sus pares. “Tuvo su primera experiencia de tener que transmitir ella. Fue fuerte. Pero se tiene que ir dando naturalmente. Para mi hija en particular, el espacio de la casa de Abuelas es un espacio súper conocido. En pandemia ella iba, se sentía muy parte, y mi idea era que lo fuera tomando como su lugar, que la vieran trabajando a la abuela Buscarita”, destaca Claudia. 

Que su hija pueda ser parte de esta reconstrucción, testimoniar sobre su propia historia, hacer preguntas y obtener respuestas verdaderas que hacen a su identidad es algo que Claudia considera clave. Y es lo que evidencia que se pudo cortar la mentira, frenar la perpetración del delito: “El delito de la apropiación se propaga, por eso es tan importante en algún punto cortarlo. Porque si no, pasa de generación en generación de una manera casi como sutil, digamos”.

La generación de su hija y su hijo, de 13 y 8 años, forma parte además de un proceso colectivo que aprende sobre memoria, verdad y justicia desde la escuela.  “Pasa mucho con los últimos nietos y nietas que se encontraron que sus hijos, cuando reciben la noticia, entienden más claramente que ellos mismos lo que pasó, por todo el laburo que se hizo en las escuelas y a través de los medios de comunicación. Está como instalado de otra manera. Las mismas compañeras de mi hija, cuando entienden la historia y enseguida encajaban el asunto, dónde iban las cosas. Cuando yo era chica hubiera sido impensable. Creo que es un trabajo de hormiga que han hecho y se ven los frutos. Está asentada como una base, más allá de las diferencias ideológicas que pueda haber”.

Indicios de verdad

La restitución de su identidad le permitió a Claudia resignificar algunos aspectos de su vida que emergían como indicios de una verdad que no conocía. De chica, jugaba con una silla de oficina como si fuera una silla de ruedas. Y le tenía un extraño temor a las manos: no podía dibujarlas y llegó a llorar de miedo en un restaurante donde había una escultura de una mano. Mucho tiempo después encontraría explicaciones. Ese juego y ese temor tenían que ver con los ocho meses que había pasado con su mamá y su papá, antes de ser apropiada.

José Liborio Poblete Roa había perdido sus piernas en un accidente y usaba silla de ruedas (algo que signó su militancia: fue uno de los creadores del Frente de Lisiados Peronistas (FLP), que respondía a Montoneros). Cuando Claudia era bebé, la subía a la silla y su compañera los giraba cual calesita.  Esa casa, además, estaba llena de las manos que esculpía y pintaba su mamá, Gertrudis Hlaczik. “Todas esas cosas, cuando yo conozco la verdad y las puedo resignificar, me dan como una paz interior. Porque es como la confirmación de que esos ocho meses que yo compartí con mis padres dejaron esas huellas en el alma, en la mente, en los recuerdos”, destaca Claudia. 

La militancia de José y Gertrudis, la lucha de su generación, también dejó huella en esa bebé de ocho meses y en la reconstrucción identitaria que comenzó a sus 21 años. “Lo que siento que me heredaron en alguna forma y lo que pude recuperar a partir de la restitución de la identidad es la posibilidad de ver el mundo desde otro lugar. Yo por cómo había sido criada tenía una visión del mundo que me habían impuesto mis apropiadores y, al conocer la verdad y conocer la visión que tenían mis padres, ese mundo cambió totalmente. Esa posibilidad de sentir empatía hacia el que sufre, al que no tiene lo que uno tiene, el no poder ver injusticias en el mundo sin sentirlas como propias, creo que eso es algo que me llega a mí a través de ellos y por supuesto a través de la gente que los recuerda”, dice Claudia, y les agradece: “Eso me ha enriquecido un montón, más allá de que es un proceso doloroso. Me permite criar a mis hijos desde otro lugar”.

Hacia delante

“Creo que una de las apuestas siempre renovadoras que hace Abuelas es ir por nosotros, la generación de los nietos, pero también la de los bisnietos y las bisnietas. Porque ya tienen edades -la mayoría- como para llevar ellos a sus padres la duda o la pregunta, o venir a decirte che, ¿vos sabés quién sos?’ Si yo no hubiera sido restituida en ese momento, me los imagino a mis hijos viniendo de la escuela con esa pregunta: ‘Vos coincidís con la fecha, ¿sabés quién sos? Me parece que eso puede ser motivador de movimiento”, dice Claudia pensando en la gran cantidad de nietos y nietas que falta encontrar. Interpelar a bisnietos y bisnietas forma parte de lo que viene. Pensar en tomar la posta de las Abuelas y seguir las búsquedas, también. 

“La preocupación por el paso del tiempo está, por supuesto. Los nietos y las nietas que buscamos están más grandes. Y eso trae una dificultad que es ineludible. No podemos no pensarlo. Por más que haya gente comprometida que pueda seguir la búsqueda, el paso del tiempo lo dificulta. Se hace un trabajo permanente por mantenerlo vivo y se ve una respuesta siempre desde la sociedad, pero cuando van a la reuniones y ven que quedan pocas abuelas, hay a veces como una cosa de nostalgia. También en darse cuenta que las capacidades merman, porque el cuerpo no acompaña”, señala Claudia. Y cuenta -igual que otros nietos y nietas- que Buscarita suele decir que, mientras haya una abuela en pie, mandan ellas. “Las Abuelas en general son conscientes de que necesitan hacer un traspaso generacional y se sienten acompañadas por los nietos y las nietas que fuimos restituidos, pero también por hermanos y hermanas que buscan a sus hermanos y por otras personas que se han visto convocadas a la lucha y que están acá en la casa todos los días, trabajando y poniéndole su vida misma a esto. Porque una vez que entrás en este trabajo, yo siento que ponen todo lo que tienen para buscar, por eso es la alegría cuando se restituye un nieto, una nieta. Es una cosa muy colectiva y muy construida desde estos lazos familiares”, describe Claudia.

Y esa familia ampliada en torno a Abuelas se va expandiendo con el paso del tiempo. Bisnietos y bisnietas van creciendo, conociendo y compartiendo inquietudes. “Ojalá no fuera necesario, los encontremos a todos rápido y no haga falta otro traspaso generacional. Pero en vista de lo que hay, nos toca seguir pasando el mensaje y la posta”.

Buscarita en tacos para luchar y cocinar

Claudia Victoria Poblete Hlaczik es la entrevistada principal, pero su hija Guadalupe y su abuela Buscarita Roa la acompañan desde atrás de cámara en la filmación de este nuevo capítulo. Está en la casa de las Abuelas de Plaza de Mayo. Apenas llega, Buscarita busca un trapo para limpiar sillas y mesa. Le sugieren que se siente, pero ella va de acá para allá, subida a unos tacos finitos y ruidosos. Cuenta que caminó toda su vida sobre zapatos altos, y no piensa dejar de hacerlo.

Usó y usa tacos en su lucha militante en Abuelas de Plaza de Mayo, y también en su rol de abuela y bisabuela para cuidar a las y los suyos. Por caso, al preparar la salsa de los fideos justo a tiempo para que las y los bisnietos lleguen a mojar el pan en la olla. O al ocuparse de que estuviera el freezer lleno en momentos de partos y viajes. Claudia, apropiada y criada sin abuelos ni abuelas hasta los 21, conoció ese vínculo a partir de la restitución de su identidad.

“Una de las cosas más lindas de todo esto fue para mí saber lo que es tener una abuela -dice la nieta de Buscarita-. Mi abuela se encargó siempre de construir esto de ser abuela. Yo no había sabido de niña lo que era tener una abuela y lo aprendí con ella, que tiene todos estos gestos siempre de construir desde lo cálido, desde lo amoroso. ¿Qué es lo cálido? Una comida nutritiva, que llegues a la casa y que siempre haya algo rico para compartir. Eso lo hace conmigo y lo hace con la gente con la que trabaja, con los nietos, con las otras abuelas. Viene a una reunión y te trae una torta y si la vas a visitar siempre tiene algo preparado especial. Siempre está como esta cosa de lo nutritivo, desde lo metafórico y desde lo concreto. Para mí es tan significativo ese alimento, esto maternal de alimentar al otro. Yo siento que alimenta no solo físicamente, sino que en eso traspasa también toda esta cosa amorosa y cálida de lo que significa ser una familia”, resume Claudia sobre la relación que conoció ya como adulta.