En Argentina, hay decenas de miles de personas que viven en situación de calle. A algunas, les pasa abruptamente, por haber perdido el laburo, por haber sido estafados o por haber perdido el techo donde estaban viviendo y no poder acceder a uno nuevo. Otras y otros, nunca lo tuvieron y no conocen otra realidad. Nacen en esa situación que es, sobre todo, una situación de despojo, de deshumanización, de violación estructural de derechos. Las particularidades son muchas y las historias, infinitas. Sin embargo, hay cosas que, indefectiblemente, empiezan a tener en común.

Cuando va cayendo la noche, en las calles comienzan a aparecer colchones y se va armando lo que llamamos «ranchadas». En una cuadra, en otra, en otra. En las puertas de los locales, de las iglesias, de los cajeros automáticos. Incluso, del Congreso. Durante el invierno, las manos se aglutinan en la boca de salida de las estufas. Como un código de supervivencia, cada persona en calle “tiene su lugar”. Pero, realmente, ¿tienen su lugar?

Estamos a casi 20 años de aquel doloroso 2001, momento histórico que se inscribió en nuestros cuerpos y en nuestras subjetividades. Seguro recordarán las imágenes de esos niños llorando de hambre en la televisión. Cientos de miles de familias empujadas de sus humildes lugares, desprotegidas, abandonadas, ninguneadas por un Estado que generaba políticas de miseria y hambre. Como no podía ser de otra manera, ante este contexto, las personas en situación de calle se duplicaron aunque, paradójicamente, también se multiplicó su invisibilización. Nadie los y las nombraba. Así, fueron creyéndose, sintiéndose y percibiéndose poquito a poco, invisibles.

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El no-lugar, ser parte del paisaje, no importar si existen o no, si son o no. Sentirse ellas y ellos mismos despojados de su subjetividad. Sentir que a nadie le importan, que su voz no traspasa los auriculares en las orejas de los transeúntes. Desviar la mirada cada vez que los vemos. Todo esto es en sí un mensaje, es lo que les decimos en cada omisión: les decimos que su vida ya no vale.

Todo esto puede empezar a cambiar este jueves en la sesión de la Cámara de Senadores. Hace muy poco, en la Cámara de Diputados le dimos media sanción al proyecto de ley nacional para personas en situación de calle y familias sin techo y la semana pasada obtuvo su dictamen en Senadores. Esta semana, podemos tener ley. Esta semana, debemos tener ley. Esta Navidad, que coparemos como siempre en la Plaza de los dos Congresos, tiene que ser con la ley.

La urgencia es clara: poder avanzar en políticas concretas que las y los acompañen: generar un relevamiento anual de la problemática para que dejen de una vez de ser -porque no son- invisibles a los ojos del Estado; crear una red nacional de centros de integración social que aborde la problemática de manera integral; poner a disposición un sistema nacional de atención telefónica articulado con un sistema nacional de atención móvil, para la intervención inmediata de la problemática.

Estamos a un paso de convertirnos en el primer país de Latinoamérica en tener una ley de reparación a personas en situación de calle y familias sin techo. Estamos ante una oportunidad histórica. Estamos muy cerca de contribuir a disminuir esta desigualdad obscena.

Senadores y senadoras, tienen que estar a la altura de las demandas de nuestro pueblo y honrar con compromiso la responsabilidad por la que fuimos elegidos. No queremos seguir escondiendo la realidad debajo de la alfombra. No queremos más ser esta sociedad, en donde unos pocos que se apropian de las riquezas que producimos colectivamente, tienen viviendas ociosas y gigantes mansiones, mientras otros y otras buscan en las basuras las migajas para poder comer.

Brindemos en estas fiestas con una ley que nos convierta en una sociedad más humana y más justa. Cerremos el 2021 con la ley nacional para personas en situación de calle y familias sin techo. Mirémonos y encontrémonos con la satisfacción de haber hecho algo para cambiar esta realidad, después de décadas de exclusión. Hagamos real la nueva humanidad con la que soñamos y que ya estamos demostrando que es posible.

La calle no es un lugar para vivir, hagamos que deje de serlo.