Tras su paso de dos días por Buenos Aires, la generala Laura Richardson no solo es la primera mujer que se convirtió en jefa del Comando Sur de Estados Unidos. Desde el martes es, además, la primera funcionaria uniformada «de cuatro estrellas» del Pentágono que fue recibida por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, en una reunión reservada, de carácter protocolar que sorprendió a todos los sectores políticos y también en la Casa Rosada.

No hay registro de que otro militar extranjero de ese rango haya pasado por el Congreso y, menos aún, para reunirse con la titular del Senado. La reunión se concretó a partir de una invitación que le hizo el flamante embajador Marc Stanley. El 28 de marzo, CFK le concedió una audiencia a su pedido y, como anticipó este diario, no sería la última. En el encuentro el diplomático le anunció que la nueva titular del Comando Sur visitaría Buenos Aires, dentro de su primera gira por la región. El Pentágono ejerce una influencia militar inédita y creciente sobre toda América Latina a través del comando unificado que ahora lidera Richardson. Así como Stanley no esperaba que CFK aceptara su pedido de audiencia, tampoco preveía la misma respuesta cuando le preguntó si estaría dispuesta a recibir a la generala del Ejército de Estados Unidos.

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La reunión duró casi una hora y su contenido es mantenido en reserva por las dos partes del encuentro. No fue a espaldas de la Casa Rosada. En la Cancillería confirmaron que estaban al tanto, más allá de la agenda que la uniformada tenía con funcionarios del Ejecutivo, como el ministro de Defensa, Jorge Taiana, y la titular de Cascos Blancos, la exministra Sabina Frederic. 

Para la vicepresidenta implicó una vuelta de página en la relación que ha mantenido con Estados Unidos desde sus dos presidencias, pero también es la decisión de hablar en forma directa, y sin intermediarios, con fuentes diplomáticas y militares extranjeras de alto nivel sin que eso pase por el Palacio San Martín. En su despacho aseguran que lo seguirá haciendo con representantes de otros países. En una administración panperonista donde la mayoría de los funcionarios más cercanos al presidente Alberto Fernández gozan de una estrechísima relación con el Departamento de Estado y con la embajada a cargo de Stanley, la irrupción de CFK en ese tablero implica un cambio inédito en el dispositivo del oficialismo para las relaciones exteriores luego de la renegociación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional.

Después de ese descenlace traumático para la coalición, a fines de enero, Cristina viajó a Honduras para asistir a la asunción de la presidenta Xiomara Castro. En esos días corrió la versión de un posible encuentro con la vicepresidenta norteamericana Khamala Harris, pero la reunión no se concretó.

Cerca de la vicepresidenta hicieron un balance «muy positivo» de la reunión con Richardson, pero se sumaron al silencio que rodea al encuentro. La generala venía de reunirse con Taiana, con quien desplegó todos dos dotes de diplomacia castrense en esta etapa del Comando Sur. Desde la era Macri, por Buenos Aires ya pasaron dos almirantes y una generala de esa repartición del Pentágono. Primero vino Kurt W. Tidd y luego Craig Faller, que fue recibido por el entonces ministro Agustín Rossi. Los representantes de la mayor potencia bélica del planeta fueron los portavoces de la nueva doctrina del Comando y se concentraron en la relación bilateral con China. También en poner a prueba la nueva amenaza que sumaron al radar: la pesca ilegal como hipótesis de conflicto regional, especialmente con las embarcaciones de procedencia china, pero en el marco de la decisión de contrarrestar la expansión naval militar del gigante asiático en el Atlántico Sur a cualquier costo.

Lo mismo sucede con la base espacial china en Neuquén, que es materia de especulaciones (y quejas) en Washington desde hace una década. Las «inquietudes» no habrían sido ausentes en la visita que hizo Richardson, aunque la generala habría buscado responder con más precisión a los planteos que Faller escuchó de boca de Rossi el año pasado. El «chivo» fue claro en rechazar cualquier injerencia con la cuestión pesquera porque Argentina ya patrullaba sus aguas y la perseguía, pero también le planteó la creación del Fondo de Financiamiento para la Defensa (FonDeF), que establece una inversión progresiva de 400 millones de pesos en diez años para reequipar a las tres fuerzas armadas, cuyo parque tecnológico y bélico es de fabricación norteamericana en un 50 por ciento.

Richardson también habló con Taiana sobre el interés de Estados Unidos en la construcción de un «polo logístico antártico» en Tierra del Fuego, pero especialmente en que no sea desarrollado junto a China, algo que Rossi ya le había negado a Faller. También hubo nuevas ofertas de entrenamiento en Estados Unidos para militares argentinos, aunque buena parte de los programas de cooperación se han mantenido vigentes durante los últimos años. La propuesta, en este caso, es más ambiciosa que antes y sucede en un momento donde otras agencias de seguridad norteamericanas redoblaron sus operaciones con fuerzas federales argentinas, como sucede con la DEA.

Tanto Rossi como Taiana no solo han mantenido informado al presidente sobre los temas castrenses con Estados Unidos, sino también a CFK, que está al tanto de todos los planteos y sigue el tema con mucho detenimiento. Con ese backgraound, la charla posiblemente no repasó los temas que Richardson habló con Taiana. Se habría concentrado en otros ejes de mayor profundidad en términos geopolíticos ante el escenario que impone la Guerra en Ucrania y la presencia norteamericana en la región. Puntos que la vicepresidenta ha decidido conocer de primera mano, cara a cara. «