La escena parecía inspirada en algún un western de Sam Peckinpah: una horda de 50 sujetos disfrazados de gauchos –más de la mitad a caballo, pero todos con armas y capuchas–, al momento de “apretar”, en un camino de montaña que conduce hacia el lago Escondido, en Río Negro, a un grupo de manifestantes que reclamaba la soberanía de ese territorio. Ya se sabe que eran los esbirros del magnate inglés Joe Lewis, quien –desde 1996– detenta la propiedad de 12 mil hectáreas patagónicas, y donde impone su propia ley.

Ahora bien, si este individuo procede así bajo el estado de derecho, qué peligroso hubiera sido, por ejemplo, durante la última dictadura.

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Se trata, claro, de una especulación contrafáctica. Pero que remite a un personaje análogo: Carlos Pedro Blaquier, considerado –desde la década del ‘70–, el amo y señor de Jujuy, donde también (aun hoy) impone su propia ley. 

El epicentro de su feudo es una urbe de casi 50 mil habitantes, la ciudad Libertador San Martín, también llamada “Ledesma”, por el ingenio azucarero del mismo nombre, la nave insignia del imperio económico que encabeza.

Allí, cuatro meses después del golpe de 1976, fue cortado por tres días el suministro eléctrico, mientras policías, gendarmes, militares y capataces del ingenio procedían al allanamiento y el saqueo de todas las viviendas. Más de 500 trabajadores, estudiantes y profesionales fueron arreados en vehículos de la empresa hacia sus galpones, donde permanecieron por casi cuatro meses, en medio de atroces interrogatorios. Apenas unos pocos recuperaron la libertad; el resto terminó en cárceles y unos 30 están desaparecidos.   

El propio Blaquier fue el mandante de “La noche del apagón”, tal como fue bautizado este episodio, un caso paradigmático de la complicidad civil en el terrorismo de Estado. Pero ese tipo con las manos manchadas con sangre es también un ejemplo de la banalidad del mal.

Lo cierto es que don Carlos es un hombre múltiple. En algunas librerías de saldos todavía se pueden encontrar al menos tres obras ensayísticas suyas, a saber: Pensamientos para pensar, El milagro griego y Los amores de Luis XIV.

El título del primero lo dice todo. En el segundo, el autor vuelca su lúcida mirada sobre el mundo helénico, destacando que esa civilización se erigió en “la gran conveniencia de limitar la cantidad de ciudadanos”, y sostiene aquella tesitura con un dato de suma utilidad para las sociedades contemporáneas: “En la antigua Grecia, los esclavos del Estado cumplían funciones de vigilancia y de policía”.

El libro sobre el penúltimo monarca francés es, sin duda, su texto más íntimo. En parte, porque hace eje en la relación con su favorita, Françoise d’Aubigné, más conocida como Madame de Maintenon –con quien se unió en matrimonio morganático sin haberse separado de la reina María Teresa de Austria–, en una clara alusión al vínculo simultáneo que él mismo mantenía con sus esposas, doña Nelly y Cristina Khallouf. Desde una perspectiva más global, Blaquier se cree la reencarnación misma del Rey Sol.

De hecho, su mansión porteña, La Torcaza, sobre la avenida Sucre, en las barrancas de San Isidro, es una versión desmejorada, casi naïf, del Palacio de Versalles. Sobrecargada con estatuas, mármoles de Carrara y un sauce llorón (obsequio del paisajista Carlos Thays), este monarca de cabotaje supo atesorar bajo su techo, entre visitas de embajadores, ilustres dignatarios de la Iglesia y baluartes de las finanzas, la ilusión de hacer propia aquella máxima acuñada por su ídolo: “El Estado soy yo”.

Tal vez no le falte la razón. Lo prueba la destreza con la que supo eludir su procesamiento por delitos de lesa humanidad (con sucesivas postergaciones rematadas por un peritaje que le atribuye una demencia senil). Pero, a los 94 años, continúa sujetando las riendas de sus intereses.

Desde luego que, comparado con Lewis (cuya fortuna, a los 85 años, asciende a 5300 millones de dólares), Blaquier (con un patrimonio de apenas 490 millones) es apenas un cuentapropista.

Pero sin la exquisitez espiritual de Blaquier, mister Joe tiene gustos más bien plebeyos. Ama las carreras de karting y el póker. Tanto es así, que en las cercanías de su residencia hay una pista de automovilismo para medirse con campeones de Fórmula 1, contratados para la ocasión. Y también suele invitar, con todos los gastos pagos, a tahúres profesionales con los cuales se divierte perdiendo miles de dólares.

Sin embargo, a Blaquier y él los une la condición de reyezuelos. Nada menos que ello. Y con poder real, en ambos sentidos de la palabra.

De hecho, ambos son objeto de pleitesía por parte de sus autoridades (el jujeño Gerardo Morales y la rionegrina Arabela Carreras). Ambos cuentan con el beneplácito de jueces y fiscales. Ambos suelen protegerse con custodias militarizadas. Ambos cuentan con pistas privadas de aterrizaje para aviones de gran porte. Ambos tienen con los pobladores una relación de vasallaje. Y ambos tienen intacta su capacidad de daño. Rarezas republicanas.   «