El 8 de junio de 1865 Solano López se puso al frente de sus tropas. Cuatro días antes había firmado un testamento hológrafo en que no figuraban propiedades.

“El infrascrito Ciudadano Francisco Solano López, Mariscal de los Ejércitos de la República del Paraguay y Presidente de la misma, de estado soltero declaro por mí y ante mí que reconozco por mis hijos a los jóvenes Emiliano Víctor de quince años, Adelina Constanza de catorce años y José Félix de cuatro años nacido de doña Juana Pesoa y a Juan Francisco de diez años, Enrique Mariano de siete años, Francisco Morgan Lloyd de seis años, Carlos Honorio de cuatro años y Leopoldo Antonio de tres años nacidos de doña Elisa M. Lynch, los cuales llevan desde luego mi apellido y como tales hijos míos legitimados los instituyo mis herederos para después de mis días, de conformidad con la jurisdicción de la ley.

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Así lo otorgo para que a su tiempo conste dando conmigo y firmo en dos ejemplares para mi mismo fin en la Asunción a los cuatro días del mes de Junio del año del Señor de mil ochocientos sesenta y cinco.

Francisco S. López”

No figuraba allí Miguel Marcial, porque nació en 1866 de “la irlandesa”, ni Rosita Carreras, hija de Rosa Carreras, que aparece en algunos registros parroquiales pero de las que se tienen pocos datos adicionales.

Juanita Pesoa fue el primer amor de López, a los 18 años. Descendía de una de las familias más tradicionales de la Villa del Pilar, entre el río Paraguay y el arroyo Ñeembucú.

Madame Elizabeth Alice “Elisa Alicia” Lynch, sobrina de un vicealmirante de la Marina Británica, segundo de Nelson en Trafalgar, había nacido en Cork, Irlanda, en 1835 y a los 15 años ya estaba casada con el médico militar Xavier de Quatrefages. En un baile que dio Napoleón III en el Palacio de las Tullerías, conoció a Solano López, ministro plenipotenciario de Paraguay en Europa.

Fue amor a primera vista. Ella tenía 19, él, 27. Ella deja todo y lo acompaña, pasando primero por Buenos Aires. Cuando pisa Asunción, en 1855, ya había nacido el primer hijo de la pareja, Juan Francisco. Un escándalo, porque continuaba casada con el francés.

“¡Cuidado que soy inglesa!” gritaría Madame Lunch a los soldados brasileños que habían matado al hombre a quien le había dado 15 años de su vida. En batalla había muerto Juan Francisco, “Panchito”, y José Félix López. Ella entierra los cuerpos en el Cerro Corá y recibe el salvoconducto del Duque de Caxias para irse de Paraguay. Van con ella los tres hijos que le quedaban. De los de Juanita Pesoa, en cambio, ninguno sobrevivió.

Dicen las malas lenguas que por valija diplomática Elisa se llevó una fortuna que dilapidó en viajes y amantes. Que pudo salir gracias a la ayuda del general Mac Mahon, norteamericano. Y que cuando vuelve a Buenos Aires, años más tarde, es porque quiere limpiar su nombre y estaba en la ruina. En la capital argentina firma el traspaso de bienes a su hijo Enrique Solano López Lynch, quien desde entonces pleiteará inútilmente lo que le queda de vida.

En Londres, Elisa había declarado inmuebles por 20.000 libras esterlinas y afirma que desde el Paraguay sacó 50.000 libras durante la guerra y que en joyas y valores tenía otras 10.000. Un total de 80.000 libras. En Buenos Aires presenta una lista de 32 inmuebles rurales y urbanos por 34.967 libras, y declara una fortuna de casi 95.000 más. Pero reclama predios rurales de unas 5.412.000 hectáreas en Paraguay, más 3.317.500 hectáreas en el actual estado de Mato Grosso y 437.500 hectáreas en la actual provincia argentina de Formosa, entre el Bermejo y el Pilcomayo.

Dijeron que la victoria no daba derechos, pero se habían repartido el territorio paraguayo…

Elisa murió en 1886 en un sencillo departamento de París. Tenía 51 años. Los gobiernos que sucedieron a López se hicieron cargo de deudas de guerra insostenibles, menguada la población en más de la mitad y comprometida la renta pública. No es de extrañar que, debido al talante de los verdaderos triunfadores (mercaderes y financistas internacionales) el sistema de socialismo estatal creado por Don Francia resultara un obstáculo a quitar cuanto antes.

Bernardino Caballero, héroe de la Gran Guerra convertido en presidente en 1880, debió poner en venta el 95 % del territorio para “honrar” esas deudas. Los campesinos que trabajaban la tierra sin necesidad de papeles leguleyos, quedaron sin nada.

En pocos años, setenta y nueve familias eran dueñas de la mitad de la tierra del país.

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