En estos días, la Comisión Bicameral del Congreso de la Nación encargada de la designación del Defensor de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, más conocido como Defensor del Niño, ha llamado a audiencia pública para acordar el método de selección de la persona que tendrá a cargo dar cumplimiento a lo normado por el artículo 47 de la ley 26.061: “velar por la protección y promoción de sus derechos consagrados en la Constitución Nacional, la Convención sobre los Derechos del Niño y las leyes nacionales”.

Esta comisión, presidida por la diputada nacional Carla Carrizo (UCR, CABA), a quien acompaña la senadora nacional Norma Durango (PJ, La Pampa) como vicepresidenta, ha escuchado a lo largo de tres jornadas a referentes de organizaciones comunitarias, funcionarios de todas las provincias, abogados y abogadas del Niño, y a adolescentes y jóvenes que han concurrido a la convocatoria para hacer oír una voz plural, territorial y federal.

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Los pibes en Argentina, como en toda América Latina, son los más expuestos a las condiciones que define un capitalismo excluyente. Paradójicamente, una sociedad que necesita culpables directos los responsabiliza por la inseguridad que ese mismo sistema genera, aún cuando las estadísticas demuestran que su presencia es minoritaria en la comisión de delitos. 

A contracorriente de las noticias que los estigmatizan, la comunidad ha generado y sigue generando respuestas creativas y diversas para acompañar a los chicos y sus familias. Programas nacionales y provinciales han dado cuenta de este apoyo a niños y niñas necesitados de una comunidad ampliada para proyectar su vida. Programas como la AUH, las pensiones a mujeres embarazadas y madres de 7 hijos, las becas PROGRESAR, las Unidades de Desarrollo Infantil de la provincia de Buenos Aires, entre otro sinnúmero de políticas, han ido al encuentro de los pibes y sus vínculos más próximos para acercar la respuesta de un Estado que asumió la niñez como un estadío crucial de la vida de las personas. Porque son pibes quienes se van de sus casas en busca de una mejor vida y quedan a la intemperie. Son pibes quienes sufren ultrajes. Son pibes y pibas quienes mueren defendiendo sus zapatillas o una bicicleta. La infancia, a diferencia de lo que pregona el poeta, no es un tiempo feliz. Esa felicidad es un objetivo a construir. Y los chicos, solos, no pueden.

En un clima cultural que sospecha del diferente, los pibes están en peligro. Una sociedad con miedo los señala como culpables de sus males. Por eso, más allá de cualquier mandato legal, urge defenderlos. Esperemos que el mundo adulto esté a la altura de este desafío.