Martín Piqué 

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El embajador de Estados Unidos, Edward Prado, visitó este martes al presidente electo Alberto Fernández en las oficinas que el próximo mandatario de la Argentina utiliza desde hace tres semanas en el barrio porteño de Puerto Madero, sobre la calle Encarnación Ezcurra al 300. El diplomático llegó hasta el lugar de trabajo de Fernández junto a varios funcionarios de la Embajada. Lo acompañaban el consejero político Chris Andino, el consejero económico Tim Stater, el consejero de asuntos públicos Silvio González y la ministra consejera de la representación estadounidense en Buenos Aires, Mary Kay Carlson.  

Antes de reunirse con Fernández, quien se sumó a la reunión un rato después, Prado mantuvo una conversación preliminar con el diputado Felipe Solá, el ex embajador Jorge Argüello, el abogado Gustavo Beliz, quien residió varioss años en EEUU, y Santiago Cafiero, mano derecha del presidente electo. Se descuenta que Solá y Argüello ocuparán roles importantes para la política exterior de la futura administración: al primero se lo menciona insistentemente como canciller, al segundo le estaría reservada la embajada de la Argentina en Washington. 

Al finalizar la reunión, el propio Fernández difundió desde sus redes sociales una primera impresión del encuentro con Prado. “Recibí al embajador de los Estados Unidos en Argentina, Edward Prado, a quien le reiteré mi voluntad de tener la mejor relación con ese país, en un marco de respeto y madurez, para beneficio de nuestros pueblos”, tuiteó el presidente electo. 

No se trató de una reunión meramente protocolar, mucho menos intrascendente. En los más de veinte días que transcurrieron desde la conversación telefónica que AF mantuvo con Trump (el llamado se produjo el 1° de noviembre, poco después de las elecciones generales del 27 de octubre), el panorama político e institucional en América Latina se agravó hasta niveles inimaginables poco tiempo atrás.  

El hecho más grave, sin duda, fue el golpe de Estado en Bolivia, todo un proceso de desestabilización contra Evo Morales que incluyó un reclamo abierto del entonces jefe del Ejército boliviano, Williams Kaliman, para que Morales presentara la renuncia. A partir de los acontecimientos en Bolivia, el propio Fernández emitió hace quince días una fuerte crítica al gobierno estadounidense.  

Puntualmente, el mandatario argentino cuestionó que la administración de Trump hubiera felicitado a las FFAA bolivianas y a la autoridad emergente tras el golpe –la senadora opositora Jeanine Áñez- por contribuir a “preservar la democracia”. Los dichos de Fernandez, como se esperaba, tuvieron mucha repercusión. 

“El Ejército (de Bolivia) dejó de obedecer a sus mandos naturales y se puso en contra del presidente. Y ese no es un buen camino. A mi juicio, Estados Unidos retrocedió décadas, volvió a las peores épocas de los años 70 con las intervenciones militares contra gobiernos populares y elegidos democráticamente. No hay ningún ejército victorioso, como ha planteado el gobierno americano. No es verdad que el gobierno de Bolivia (en alusión a la autoproclamada mandataria de Bolivia, Jeanine Áñez) haya garantizado la democracia. En todo caso la impidió”, fueron las palabras textuales de Fernández. 

Ex juez con 35 años de experiencia en su país, proveniente del Estado de Texas, Prado está fuertemente alineado con el Partido Republicano. Antes de ser designado embajador por Donald Trump, se desempeñó durante 14 años como miembro de la Corte de Apelaciones del 5° circuito.  

Una de las primeras declaraciones públicas de Prado antes de desembarcar en Buenos Aires fue anticipar, desde Washington DC, su voluntad de colaborar con el Poder Judicial de la Argentina. “En mis conversaciones con mis amistades judiciales hay cosas que podemos hacer trabajando juntos para mejorar el sistema judicial de la Argentina”, señaló en aquel lejano abril de 2018.  

Esa última frase fue leída como un aval implícito respecto de lo que algunos especialistas llaman ‘law-fare’: la persecución judicial al populismo.  

Más allá de las diferencias que puedan existir en relación a la actualidad de la región y de América Latina –diferencias que ya son públicas y que difícilmente puedan zanjarse en el corto plazo-, lo cierto es que la centralidad y la influencia del gobierno estadounidense pueden ser claves para la renegociación y el reperfilamiento de la deuda externa, tanto con el FMI como con los grandes acreedores privados internacionales. 

No por casualidad, durante la conversación telefónica que mantuvieron a principios de mes, Trump coló un mensaje sugestivo entre las felicitaciones por el triunfo electoral de Fernández. “He instruido al FMI para trabajar con usted. No dude en llamarme”, transmitió a su interlocutor.