20 de diciembre de 2001. El modelo neoliberal instaurado durante el menemato explotaba en mil pedazos en toda la Argentina. Las imágenes que mostraba la televisión daban rabia, miedo, asco. En plena rebelión popular contra las políticas de hambre del gobierno de Fernando de la Rúa, la brava policía montada molía a palos a las Madres de Plaza de Mayo a pocos pasos de la Casa Rosada. Esa fue la gota de sangre que rebalsó el vaso para Martín Galli. El joven de 26 años, nacido y criado en el Oeste del Conurbano, no lo dudó. Después del mediodía tomó coraje, salió de su casa, subió al tren Sarmiento, llegó al Once y empezó a patear con dos amigos por Rivadavia. Había que recuperar la plaza. Esa tarde, la vida de Martín cambió para siempre después de que un escuadrón de Asuntos Internos le disparó sobre la Avenida 9 de Julio. Esta es su historia. Las memorias de un fusilado que vive.

Veinte años después, Galli no luce las largas rastas que movía tocando el bajo en su banda de reggae Charlan Jáparos, ya no trabaja como motoquero para una tercerizada de Edenor, ni estudia en el profesorado de Literatura del Joaquín V. González. Tiene 46 pirulos, dos hijos y una sonrisa luminosa. Se gana el mango como bibliotecario en La Boca. Sí, su gran pasión son los libros. Hablando de literatura, así comienza esta charla con Tiempo Argentino.

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Escuchar a Martín hace entender cómo los libros pueden cambiar la realidad. También, salvar vidas. “Justo en los meses previos a diciembre estaba leyendo dos libros. Uno de Saramago, La historia del cerco de Lisboa. Es sobre un traductor de vida muy gris que reescribe un libro de Historia. Hace una sublevación con la palabra. El otro, también muy flashero, es Baudolino, de Umberto Eco. Una novela sobre un príncipe que hace un viaje a lo Marco Polo. Hay una frase que me quedó y creo me movió ese día: ‘Nada se comparaba con sentir en el viento el dolor de la batalla’. Algo de esas lecturas me llevaron a Plaza de Mayo”.

Galli le da un trago al café con leche como para tomar impulso y sigue: “Yo no venía de militar, ni tenía afiliación partidaria. Sí tengo una historia familiar. Mi viejo fue delegado en la época de los milicos, mi vieja era delegada docente, a mí tío lo chuparon en los ’70 y mi abuelo fue herido en el bombardeo del ’55. Algo había, lo conecté después. Lo tenía en el ADN”.

Mucho antes del estallido de diciembre, Martín ya era consciente de que la mano venía muy fulera en el Conurbano profundo. En el oeste estaba el agite piquetero contra el ajuste. Los cortes en la Ruta 3, las ollas populares para combatir la miseria en Catán y Laferrere. “El corralito sumó a la clase media a la protesta. Me acuerdo que en la caminata hasta Plaza de Mayo había señoras con las bolsas de los mandados, jubilados, oficinistas con los maletines, militantes, piqueteros. Todos mezclados.” Piquete y cacerola, la lucha era una sola.

Caídos, todos desconocidos

Gases, palos y corridas. Ese fue el dantesco escenario que encontró Galli al llegar a Congreso. “Seguimos caminando hacia Plaza de Mayo. Hacía calor, un infierno. Entramos por Diagonal Norte, pero nos frenaron de nuevo los policías. Entonces decidimos volver para el lado de la 9 de Julio. Nos sentamos en una plazoleta, cerca del Edificio Del Plata, entre Sarmiento y Perón. Eran las 7 de la tarde, estábamos en el cordón descansando cuando frenaron los canas. Ahí me hieren”.

Como en un fusilamiento, el escuadrón de policías comenzó a disparar a mansalva balas de plomo, con sus brazos apoyados en los techos de los autos. Luis Márquez, un militante peronista, cayó muerto por los disparos. A pocos pasos, le dieron a Martín en la cabeza. En un radio inferior a 100 metros, fueron asesinadas y heridas otras cuatro personas. Galli recibió un perdigón de la bala que mató a Márquez. Ingresó por el lado izquierdo de su cráneo y quedó incrustado en el derecho. “Es difícil entender que el Estado te quiera matar. Me lo pregunté tantas veces, pero no tiene una explicación racional. Cuando desperté en el hospital, me lo contaron y no lo podía creer. También surgen otras preguntas: por qué a mí, por qué justo yo, también si me expuse de más. Lo hablé mucho en terapia, convivir con esa cicatriz que siempre va a estar.”

A Galli le salvó la vida Héctor “El Toba” García, un docente militante de izquierda. Con sus manos, García lo resucitó después de dos paros cardíacos. Con su dedo, tapó el orificio de bala por donde Martín se desangraba, lo subió a un taxi y lo llevó al Argerich. “Tiempo después, El Toba, que tuvo una hermana desaparecida por los milicos, me dijo que al salvarme, sentía que la estaba salvando a ella y a los militantes de su generación.” García murió en 2014. Martín lo acompañó hasta el último día. “Era como mitad un papá y mitad un hermano. Sin su mano, no la cuento. También por el apoyo de mi expareja Liliana, mis viejos y amigos. Cuando me estaba recuperando de la herida, que me dejó secuelas en la movilidad y epilepsia crónica, El Toba me decía: ‘Dale para adelante. Para atrás, ni para tomar impulso”.

Herida abierta

Pasaron dos décadas y Martín sigue esperando un oscuro día de justicia. “Del escuadrón que nos tiró a nosotros, no hay ningún preso. Tuvimos audiencias hasta hace dos semanas. Hubo sentencias, pero hay mil instancias de apelación, un delirio”. A veces siente que el Estado le sigue disparando: “Cuando declaré en 2016, los abogados de los canas me hostigaban. Los que te meten plomo, te meten en un lugar de mierda de nuevo. Encima tenés que escuchar cómo el proceso afectó la vida de Mathov y de Santos, que tienen presión alta, que dejaron de trabajar, que están deprimidos. Como si ellos fueran las víctimas. Es una herida que no cierra nunca.”

Cuando le pregunto si valió la pena poner el cuerpo aquel tórrido 20 de diciembre, Martín piensa un rato: “Muchas veces siento que no sirvió para nada, soy bastante escéptico. Sin embargo, creo que los políticos quedaron con miedo después del 2001. Ninguno se animó a un ajuste tan grande. Ni Macri se animó. Creo que esa es una enseñanza. La gente sale a la calle a pelear”.

Antes de despedirse, Galli vuelve a su pasión, la literatura. Dice que si un pibe en la biblioteca le pide algo sobre el 2001, seguro le recomienda El grito, un libro de la escritora Florencia Abbate, con historias atravesadas por el estallido. “Y que lean a Eco y a Saramago. Ya te dije, esos dos libros me cambiaron la vida”.