Suele decirse que un gobierno tiene 100 días para plasmar el rumbo que le dará a su gestión. La supuesta regla se basa en que luego de ese período se terminaría la luna de miel con la sociedad. Esta ventana de tiempo fue la que pidió Sergio Massa para sí mismo, en su rol de ministro de Economía con mucho poder, al viejo estilo. Hay un interrogante que emerge: ¿tiene 100 días para mostrar un cambio de tendencia?

Hay un consenso que parece unánime en el Frente de Todos: gobernar la economía argentina es gobernar el dólar. Y para eso hay que fortalecer las reservas del Banco Central. Es el objetivo básico de los primeros pasos de Massa, que no están carentes de decisiones que no son gratuitas hacia dentro del FdT, como las concesiones a los exportadores de granos. En este momento, las denominadas siete hermanas, las empresas que exportan la producción cerealera argentina, en algunos casos desde hace más de un siglo, tienen la sartén por el mango. Son como una persona sentada en un bidón de agua en medio del desierto que el gobierno debe cruzar. El final de la travesía-esa es al menos la expectativa del Ejecutivo-sería cuando la primavera haga que broten las flores y baje la demanda energética. Sólo el jueves de esta semana, de los 150 millones de dólares que perdió el Central de sus reservas, el 70% fue por importaciones de energía.

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Massa no tiene 100 días por algunos motivos que lo exceden. El gobierno del FdT está entrando en el sexto semestre desde que asumió. No comenzó hace dos semanas. La pulsión que hilvanó el voto mayoritario para el oficialismo fue que la realidad material de quienes viven de sus ingresos iba a mejorar, pulsión en gran medida inspirada en el recuerdo de los 12 años de Néstor y Cristina. Es cierto que el desempleo hoy es bastante más bajo que en el último año de la presidencia de Mauricio Macri, pero la batalla entre los salarios y los precios la siguen perdiendo los salarios.

Los primeros dos años del FdT estuvieron consumidos por la peor pandemia de los últimos 100 años. El tiempo pondrá un marco de comprensión histórica sobre lo que esto implicó. Y sobre el trabajo que hizo el presidente Alberto Fernández en ese frente. Las acciones de un gobernante sólo pueden evaluarse en el contexto que le tocó transitar y para dimensionar ciertos contextos muchas veces deben pasar años.

Massa no propuso un golpe de timón respecto de sus antecesores. Eso también hace que su período de gracia sea menor. Se ofrece como una conducción política más eficaz para objetivos similares. El camino elegido para acumular reservas es el “mercado friendly”. Sus vínculos aceitados con el Departamento de Estado y el poder financiero facilitan ese sendero, aunque no garantizan el éxito. Hay críticas que surgen desde el interior del FdT justamente por el rumbo elegido.

Una reflexión sobre ese punto: Néstor le pagó el total de la deuda al FMI, en un acto que tuvo impacto sobre la soberanía política, pues el Fondo es un organismo de control político. Pero también es cierto que había espaldas en el Central para tomar esa decisión. No fue solo visión y voluntad. ¿Eso quiere decir que si Massa lograse tener espalda para una acción similar se la propondría al presidente? Parece difícil.

No se trata de que antes de los famosos 100 días se puedan palpar logros muy sustanciales, pero sí debe haber una percepción concreta de que la tendencia comenzó a cambiar.

El objetivo final de Massa, que quiere ser presidente, es bajar la inflación y sobre esa base proyectarse como candidato para el 2023. Cuando la inflación está desbocada, como pasa hoy en la Argentina, bajarla es una política profundamente popular, incluso si en el camino se toman decisiones que van en un sentido inverso.

Massa no tiene 100 días para mostrar un cambio de tendencia. La cuenta regresiva es más corta y el reloj está corriendo.