La recorrida pre-proselitista de Mauricio Macri en la localidad bonaerense de Ituzaingó se frustró por la negativa de un diariero a estrecharle la mano.

«Lo lamento por vos», alcanzó a balbucear, muy contrariado, mientras otros lugareños, casi a coro, lo abucheaban.

Sumate y apoyá el periodismo autogestivo

ASOCIATE

Entonces él, ya cabizbajo, se alejó de allí con pasitos cortos y veloces. 

Las imágenes del asunto no tardaron en viralizarse. Parecía el remate de una comedia política sobre la futilidad del poder. Pero –ya se sabe– la realidad suele ser peor que la ficción. Y es probable que ese sujeto aún siga en carrera.

Por tal motivo, su calaña merece una reflexión histórica al respecto.

Un buen punto de partida para eso es el 27 de enero de 1995, cuando el Banco Extrader, del ya fallecido Marcos Gastaldi, había colapsado de manera catastrófica. Entre los ricos y famosos perjudicados por ello resaltaba Franco Macri, quien en dicha ocasión perdió 10 millones de dólares. Lo cierto es que los había depositado por consejo de Mauricio, amigote del financista.

Meses después, cuando fue elegido presidente de Boca, Franco lo llamó por teléfono para expresarle sus congratulaciones. Y se permitió una ironía cargada de recelo:

–Eh, Mauricio, que esto no nos salga tan caro como lo de Gastaldi.

Nadie entonces pudo imaginar que aquel tarambana de personalidad insípida llegaría nada menos que a la Casa Rosada.

Papá Franco fue el primer sorprendido. 

Sin embargo, en la brisa que exhalaba tal milagro no hubo un solo ápice de improvisación. De hecho, tanto en su modo de interpretar el mundo como en su perfil de estadista se deslizaba una influencia por demás singular: la del modelo hispánico de gestión del siglo XVII.

No está de más abordar esta cuestión.

La endogamia o, directamente, el incesto, dejaron su huella en los reyes que gobernaron España entre 1598 y 1700 –Felipe III, Felipe IV y Carlos II–, quienes pasaron a la historia como los “Austrias Menores”.

Sus características más notorias fueron la fragilidad psicológica y una inteligencia rayana a la subnormalidad. Ello, junto con la haraganería y la falta de formación intelectual, hizo que, para cumplir con sus responsabilidades de Estado, tuvieran que apelar a consejeros con atribuciones de monarca –como el Conde-Duque de Olivares y el cardenal Luis de Portocarrero–, los cuales, en rigor, demostraron ser tan ineptos como sus representados.

En consecuencia, aquella centuria significó para el país ibérico la vuelta al feudalismo y una crisis económica empeorada por las hambrunas.

El momento más estrambótico de esa etapa aconteció durante el reinado de Carlos II, al que sus súbditos llamaban “El Hechizado”, ya que sus variadas disfunciones cognitivas causaban esa impresión.

El tipo se entregó al sueño eterno a los 38 años. 

Hay quienes creen que, entre fines de 2015 y 2019, su fantasma anduvo flotando en el despacho principal del edificio de la calle Balcarce 50.

Porque Macri, quien había sido amaestrado por Jaime Durán Barba para brillar desde el poder absoluto, persistía en cometer errores ortográficos hasta cuando hablaba. También, por lapsos cada vez mayores, se exhibía errático, pese los esfuerzos de Marcos Peña Braun, su propio cardenal Portocarrero, por enderezarle la conducta.

Dicho sea de paso, en este punto aflora un interrogante: ¿Por qué razón los antepasados ideológicos más remotos de Macri y sus amigos fueron, en lo cultural, exactamente lo contrario?   

En la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, sujetos como Duran Barba hubieran tenido que buscar otro empleo. Porque la elite política, que a partir de 1862 organizó las bases del Estado nacional a imagen y semejanza de las clases dominantes, también había construido el corpus teórico de su propio proyecto, a pesar de que este tuviera aristas aberrantes, como la Guerra de la Triple Alianza –en la cual se exterminó la población masculina del Paraguay– o la Conquista del Desierto, sobre cuya naturaleza criminal está todo dicho.

Ocurre que sus hacedores fueron hombres ilustrados. Bartolomé Mitre fue al respecto un ejemplo: además de haber fundado, el 4 de enero de 1870, el diario La Nación, su Historia de Belgrano (1887) y la Historia de San Martín (1890) son consideradas las obras pioneras de la historiografía oficial.

Pero si el pensamiento de alguien ejerció una influencia decisiva en la organización del nuevo país, aquel no fue otro que Domingo F. Sarmiento, ya que en la polémica sobre la civilización frente a la barbarie, planteada en su obra Facundo (1845), se forjó el modelo de nación acuñado por el sector que, en 1880, condujo a la presidencia al general Julio A. Roca.

Esa camada –conocida como la Generación del ’80– tuvo hombres que, en una misma vida, fueron escritores, políticos, militares y funcionarios. En lo social, abogaron con sumo fervor por el positivismo, bajo el lema “Orden y Progreso”. Lo primero no era sino un eufemismo referido a las condiciones de calma que –en pleno auge inmigratorio– debía imperar entre las clases bajas para así garantizar lo segundo: la concentración de la riqueza.

Reflejo de ello fue la Ley de Residencia, impulsada por Miguel Cané, el autor de Juvenilia (1884), que permitía la deportación de extranjeros díscolos. 

No menos picante resultó la opinión de Eduardo Wilde, autor de Viajes y observaciones por mares y tierras (18919) sobre el sufragio universal: “Es la victoria de la ignorancia universal”, fueron sus exactas palabras.

Entre los grandes animadores de esa corriente resaltó, además, Joaquín V. González, quien fue gobernador de La Rioja, senador nacional y autor de La Revolución de la Independencia Argentina (1887). Pero no le fue a la zaga Lucio V. Mansilla, general, periodista, diplomático y autor de Una excursión a los indios ranqueles (1870).

La etapa política dominada por la Generación del ’80 se extendió hasta 1916, al asumir la presidencia Hipólito Yrigoyen.

El paso de esos hombres por la historia dejó una pequeña anécdota que los pinta por entero. Corría una tarde otoñal de 1890 cuando Mansilla visitó a Mitre en su casona de la calle San Martín al 300.

El anfitrión lo recibió con un anuncio:  

 –Lucio, acabo de terminar de traducir La Divina Comedia, del Dante.

La respuesta del recién llegado fue:

 – ¡Muy bien, don Bartolo! ¡Hay que joder a esos gringos!

Quizás, casi trece décadas después, la llegada de un tipo como Macri a la presidencia del país haya sido una venganza del destino por esa traducción.  «