La académica española Marysa Navarro es considerada la mayor biógrafa de Eva Perón. Edhasa acaba de reeditar el Evita, la biografía que sobresale entre todas las que se han escrito sobre esa figura emblemática de la política argentina y que fue publicada originalmente en 1981. La distancia geográfica del país donde vivió Eva Duarte de Perón que le habilita una perspectiva interesante y la sólida formación histórica de Navarro sean probablemente dos de las razones de la solidez de la biografía que escribió.

 Nacida en Pamplona, Navarro dio clases sobre historia latinoamericana en el Dartmouth College de Estados Unidos. Actualmente es profesora invitada en Harvard University. Se especializó en Historia Argentina e hizo foco particularmente en los movimientos de mujeres y en los movimientos feministas. 

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Al margen de los debates que se dieron y se siguen dando en la Argentina acerca de la figura de Eva, en donde el amor y el odio pelean cuerpo a cuerpo, Navarro reemplazó la identificación o el  rechazo por la exhaustiva investigación histórica, tal como se evidencia en la solidez de sus argumentaciones, en la extensísima bibliografía consultada y en las numerosas entrevistas realizadas para la elaboración del libro. 

En el prólogo de una de las ediciones anteriores incluido en esta última, Navarro reconoce: “Pocas figuras en la historia de la Argentina han suscitado tanto odio y a la vez tanta veneración como Eva Perón. Atacada despiadadamente por sus enemigos y defendida fanáticamente por sus admiradores, aún hoy, a veinticuatro años de su muerte (en el momento en que Navarro escribía), la sola mención de su nombre provoca desde expresiones de entusiasmo a un reguero de infundios, pero nunca indiferencia. ¿Qué hizo Evita para que millones de argentinos la ensalcen como a una santa que sacrificó su vida por el pueblo o una revolucionaria empeñada en que triunfara la justicia social y que otros tantos la anatemicen como una aventurera ambiciosa, resentida, egoísta e hipócrita? ¿Por qué en la plenitud de su poder era ya un mito de características opuestas según la ideología de sus adherentes pero con la misma fuerza de verdad revelada?¿Cómo era posible que en una sociedad en la cual la mujer carecía de derechos políticos, ella pudiera convertirse en una figura política de primera magnitud? ¿Qué factores habían contribuido a que eso sucediera ya durante la primera presidencia del general Juan Domingo Perón (1946-1952)? Y finalmente, ¿qué impacto había tenido su personalidad en el peronismo? 

Estas son las preguntas que Navarro se plantea como punto de partida de su trabajo y confiesa que no le resultó fácil encontrar las respuestas, dado que la vida de Evita ha dado lugar a versiones e interpretaciones repetidas durante años sin tener en cuenta la veracidad de sus contenidos. Y no se refiere sólo a la infancia y la juventud de Evita, donde dice que encontró “las apreciaciones más fantasiosas y contradictorias”, sino también a su vida posterior a su encuentro con Perón, el hombre que constituyó un punto de inflexión en su vida y a través de cual dejó de ser actriz de radioteatro para convertirse en una de las mayores líderes políticas femeninas de la Historia. 

Entre los agradecimientos a “los peronistas de la primera hora” que colaboraron  aportando información para la biografía, cita desde Fermín Chávez y José María Castiñeira de Dios a Carlos Aloé, Cipriano Reyes Roberto Petinato (apellido que aparece escrito literalmente de esa manera).

 Ante la imposibilidad de encontrar respuestas unánimes acerca de la reacción de Evita frente a determinados sucesos de su vida, Navarro se rehúsa a elegir en beneficio de la tranquilizadora homogeneidad del texto y consigna todas aquellas que logró recoger, a veces contradictorias entre sí. Esta actitud es constante a través del libro: siempre privilegia la información por heterogénea que sea, a la interpretación. Se trata no sólo de una actitud de modestia personal, sino también de una posición frente a los estudios históricos, a los que muestra en imposibilidad de dar respuestas tajantes y definitivas. Las múltiples versiones sobre un mismo hecho terminan por enriquecer el texto y muestran hasta los más pequeños sucesos en su verdadera complejidad. No existen, para Navarro, verdades absolutas, sino verdades múltiples. Si alguna verdad existe quizá se encuentre en la diversidad misma de las versiones. 

El sumario recorre cronológicamente la vida de Evita: su infancia, su vida de artista y la década infame, el encuentro con Perón, el 17 de octubre de 1945 (tema al que le dedica dos capítulos), los primeros pasos en la política, el viaje a Europa, el voto femenino, la actividad gremial, el Partido Peronista Femenino, la Fundación Eva Perón, la candidatura a la vicepresidencia, la enfermedad y la muerte, la mitología peronista y el antiperonismo, y Evita y el peronismo en el poder. 

Entre los múltiples tópicos abordados, figura el resentimiento que los opositores le atribuían a Evita, al que ella misma responde con estas palabras: “Soy resentida social, pero mi resentimiento no es el que ellos creen. Ellos creen que se llega al resentimiento únicamente por el camino del odio…Yo he llegado a ese lugar por el camino del amor…Yo lucho contra todo privilegio de poder o de dinero. Vale decir contra toda oligarquía, no porque la oligarquía me haya tratado mal alguna vez…Mi resentimiento no viene de ningún odio. Sino de amor: del amor de mi pueblo cuyo dolor me ha abierto para siempre las puertas de mi corazó.” 

“Los actos de Evita –interviene Navarro- demuestra que no era una resentida en el sentido que daban a la palabra sus “supercríticos”. Lo que sus enemigos denominaban resentimiento tampoco era conciencia de clase. Siguiendo su división de la en pueblo y oligarquía, su resentimiento era la expresión de su conciencia de pertenecer sin reserva alguna al pueblo. Como dice en su Último mensaje: ´Nací en el pueblo y sufrí en el pueblo. Tengo carne y alma y sangre de pueblo. Yo no podría hacer otra cosa que entregarme a mi pueblo´. No obstante sus joyas, su vanidad y el placer que le daba su poder, no tuvo nunca dudas sobre quién era, lo que quería ser, dónde estaban sus ´hermanas´ y sus ´compañero´, qué debía hacer para no traicionarlos y quiénes eran los enemigos comunes. El tiempo no solamente la fue convenciendo de que siempre había tenido razón, sino que además debía mantener esa conducta hasta el fin de su vida.” 

El libro culmina con un apéndice en el que Navarro reproduce Mi voluntad suprema donde con emoción palpitante reafirma sus deseos más profundos. “Mis últimas palabras –dice- son las mismas del principio: quiero vivir eternamente con Perón y con mi pueblo. Dios me perdonará que yo prefiera quedarme con ellos, porque Él también está con los humildes, y yo siempre he visto que en cada descamisado Dios me pedía un poco de amor que nunca le negué.” 

Su pertenencia y completa identificación con el pueblo no tenían raíces sólo políticas, sino también personales según lo señala Navarro, ya que había sido el pueblo el que el 17 de octubre de 1945 había rescatado a Perón y se lo había devuelto a sí mismo, pero también a ella.

La autora da cuenta también de la acelerada politización de Eva y de los temores que eso engendraba no sólo entre sus detractores, sino también en su propio entorno, por lo que se trató desde ambos bandos de quitarle peso político. En una entrevista de 2005, cuando visitó la Argentina para presentar una nueva edición de su libro, explicó que ese deseo de despolitización a obedecía a que Evita se había transformado en un fenómeno sin precedentes. No era igual y ni siquiera parecida a nadie y ese fenómeno era temido porque no era posible anticipar hasta que instancias llegaría ni qué fuerzas podía desatar. 

En esa misma oportunidad se le cuestionó a Navarro en una entrevista que Eva apareciera como una defensora de las mujeres cuando en realidad desvalorizaba a las feministas a las que consideraba una “machonas” y “envidiosas”. Navarro dijo que más allá de su posición frente al feminismo, el voto femenino no hubiera sido posible sin ella. Es cierto que nunca se rebeló contra Perón y que promovía a la vez el hogar como el ámbito femenino por excelencia. Pero no es menos cierto que instó a las mujeres a salir a la calle a luchar por sus derechos. 

Nadie está libre de contradicciones, peo en estos días en que las mujeres han sido protagonistas principales de la escena política, la mención de Eva Duarte como una defensora de los derechos femeninos resulta insoslayable.