«Desde adolescente siempre estuve muy motivado por las problemáticas de la Argentina. La búsqueda de identidad, la situación del país, su historia, esas son las cosas que me motivaron», dice Pino Solanas para dar cuenta, al mismo tiempo, del recorrido de su obra cinematográfica y de las razones que lo llevaron a filmar Viaje a los pueblos fumigados, su nuevo documental. «Eso a pesar de que tuve una formación artística muy fuerte, porque estudié composición musical, piano, pintura, hice casi toda la Escuela Nacional de Teatro porque quería dirigir cine… A pesar de todo eso, mi primer largo es un ensayo sobre la Argentina y América Latina: La hora de los hornos. Y dije ensayo porque estos documentales largos que hago son películas de opinión. Otros los escriben, yo los filmo», detalla el cineasta.

El documental tuvo su estreno mundial en la 68ª edición de la Berlinale, el tradicional festival de cine de la capital alemana. Se trata de una investigación acerca del cambio del modelo del negocio agrario argentino que representó la llegada de la soja transgénica a mediados de los ’90 y, sobre todo, de los problemas que genera su aplicación, basada en una batería de productos químicos, cuestionados desde hace tiempo debido al grave daño que su uso indiscriminado produce en la biología del suelo y los peligros que representa para la salud humana.

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Viaje a los pueblos fumigados es el octavo largometraje de una saga que Solanas comenzó a finales de 2001, abordando diferentes problemas de la Argentina contemporánea que lo preocupan y con los que se fue encontrando en su derrotero de hombre político. Es que en Solanas, cine y política van siempre de la mano. Películas como Memorias del saqueo (2004), La dignidad de los nadies (2005), Argentina latente (2007), La próxima estación (2008), Tierra sublevada 1: oro impuro (2009), Tierra sublevada 2: oro negro (2011) y La guerra del fracking (2013) dan perfecta cuenta de esa simbiosis político-cinematográfica. «Cada año, a partir del 15 de diciembre, en los días de verano en los que en el Senado no se hace nada, me dedico a filmar estas investigaciones que están muy ligadas a mi actividad, antes como diputado y ahora como senador», confiesa Solanas.

–¿Siente que la acción cinematográfica que puso en marcha con cada una de estas películas ha modificado la realidad que retratan?

–Ninguna película modifica sustancialmente la realidad. Ningún libro tampoco, sino que se agregan a un montón de acciones, de luchas sociales, debates. El cine tiene una contundencia que no tiene un ensayo escrito. Son momentos vivos que transmiten una emoción y las imágenes se te quedan clavadas. Pero al mismo tiempo tiene una limitación, no podés desarrollar mucho los temas. Es un arte temporal.

–El cine tiene esa potencia de documento incontrastable.

–Es un gran detonador-motivador. Esta película, por ejemplo, va a hacer que el espectador se ponga a estudiar realmente el tema. Haciéndola yo mismo aprendí a comer y quien la vea prestará más atención a lo que come.

–¿Desde dónde parte?

-Es un retrato del modelo agrario que en la Argentina se inició con la soja, con los transgénicos que desembarcan en el año 1995. En el ’96 se legaliza la soja transgénica y desde la Argentina se llevó a Brasil, Paraguay, Uruguay. Argentina fue una suerte de portaaviones. En este modelo la búsqueda de rentabilidad y de producción en escala llevó al transgénico, que modifica una serie de cosas. En principio, porque no es posible si no va acompañado de una batería de herbicidas, funguicidas y plaguicidas. El suelo es un organismo vivo y esa batería química, que incluye al glifosato, lo que hace es liquidar todo y solo queda la plantita transgénica. El problema es que los suelos se hacen resistentes y los bichos también; entonces si antes se usaban dos o tres litros de glifosato por hectárea, hoy emplean seis o siete. Pero no es solo un problema de la soja: hoy cualquier tipo de cultivo se realiza con una batería de agrotóxicos, a los que antes se llamaba «fitosanitarios». Fijate qué palabra. Pero son agrotóxicos. Enferman y matan.

–¿Qué rol cree que jugaron los gobiernos que pasaron desde que funciona este formato de agricultura?

-Por supuesto que en una producción agraria que venía seriamente abandonada y maltratada (en los años ’90 desaparecieron más de 100 mil pequeños y medianos productores), la posibilidad de que viniera una racha que asegura menos riesgo agrario, mayor productividad y mejor precio, fue una bocanada de aire fresco. Pero esas ventajas vinieron a costa de consecuencias no solo ambientales, sino también sociales, porque se produjo una migración grande del campo hacia pueblos y ciudades. Hoy la agricultura es sin agricultores y se maneja por teléfono.

–¿Y cómo afecta eso al consumidor?

-¿Vos sabés que una ensalada, que parece ser lo más sano, tiene encima de diez a 20 pesticidas y funguicidas? Y los tomates, los morrones o las frutas, que por el color atraen más a los bichos, peor. En la sociedad actual se ha impuesto una deformación cultural en la que no importa cómo ha sido producido el alimento, sino su estética exterior. «Esto debe ser bueno porque se lo ve lindísimo».

–¿Se pueden abordar temas como este o como el fracking, la explotación petrolera o la megaminería, sin hablar del sistema corporativo?

–Claro que no. Se trata de negocios fabulosos. Y además esto se ha establecido con la complacencia y complicidad de los distintos estratos de la conducción del país.

–Y frente a esos negocios millonarios, ¿qué son las víctimas humanas?

-Nada justifica el daño a la salud de la población en cualquiera de sus niveles. Ahí podríamos decir que entra la ausencia del Estado para fijar una normativa y un control por la seguridad del alimento y el cumplimiento de leyes que no se cumplen.

–El argumento para defender el modelo es que sin fumigación el negocio deja de ser sustentable. ¿Entonces cuál es la solución?

–La película de ninguna manera pretende resolver todos los interrogantes, sino que lo que hace es dar testimonio de una situación. Muchos han interpretado que la hice para atacar al campo o a los productores, para destruir la industria agrícola. Son disparates. Ojalá llegue a desencadenar un debate, porque mi intención nunca fue la de tener la receta. La película solo marca un gran problema que es desconocido por un sector mayoritario de la población.

–¿Y el estreno en Berlín qué aporta?

–Obviamente es mucho mejor a que se estrene en mi barrio, donde no se va a enterar nadie. Nosotros no manejamos la prensa y si estás contra Macri, de La Nación y Clarín estás borrado o semiborrado. Nosotros elaboramos cuatro o cinco comunicados diarios. No sale nunca nada. Y si no estás con Cristina o con el amigo Santamaría, tampoco estás en Página/12. Por supuesto, siempre hay amigos que cada tanto publican algo en sus secciones. ¿Entonces para qué hago esta película? Bueno, creo que es un testimonio importante que contribuye a crear otra conciencia y fortalecer otra cultura.

–¿Usted es un político que filma o un cineasta político? ¿Cuál es el punto de equilibrio entre política y estética?

–Si lo supiera, querido.…El uso de los lenguajes tiene una gran carga emocional y la combinación de palabras o imágenes consiste en manejar esa carga. La estética es una transmisora de emociones. La función elemental de un director de cine no es hacer un informe ni escribir un guión, sino crear ese universo de imágenes, más cerca de los cuadros de una exposición que de una página escrita.

–Pero usted lo llama ensayo.

–Porque efectivamente mis películas, estas películas, lo son. Son películas de investigación, didácticas. Las hago pensando en un público joven, un público que no tiene ni idea de las cosas que están pasando.

–¿A veces lo estético entra en conflicto con el discurso?

–Lo que comanda es el discurso, lo que uno está buscando. La composición de una película son imágenes y el cine no es televisión. La televisión presta un marco para presentar información. El cine, en cambio, es composición de imágenes que en sí mismas, con una buena fotografía, se convierten en una estructura emocional y dramática muy fuerte. Por eso la televisión no puede hacer lo que hace el cine.

–Hacer una película demanda también una gran inversión de fuerzas. ¿De dónde saca usted tanta fuerza para seguir metiéndole al cine?

–Ojalá la tenga. Acabo de cumplir 82 años acá en Berlín y tengo todavía varias películas por hacer. Lo que pasa es que no tengo productor. Esa es la desgracia. ¿Por qué hice estas ocho películas, que podrían haber sido diez? Las hice porque de alguna manera forman parte de mi labor política. No podría haber hecho una película de ficción porque requiere mucho tiempo.

–¿Entonces ya se despidió de la ficción?

–No, espero tener un productor para poder hacerla. Los documentales me los financio con mi sueldo y con las ventas de mis viejas películas.

–¿Y Berlín puede ser útil para encontrarlo?

–Bueno, Berlín es útil en la medida que demuestra que seguís en el cine. Y es útil para promover, porque vos no estarías acá si no te hubieras enterado de que la película venía al Festival de Berlín. Yo no puedo poner un aviso en los diarios para promocionar la película, porque me costaría un brazo. «