Fueron 20 meses excepcionales los que han transcurrido del gobierno de Alberto Fernández. Algunas imágenes: la nueve de julio sin un solo auto en uno de sus 12 carriles. El viento envolviendo al obelisco. El sonido de las hojas secas rodando por la vereda escuchándose en pleno microcentro. Millones de personas con el rostro cubierto. Una persona tosiendo en un  vagón del subte y quienes la rodean dando un paso hacia atrás y mirándola como si se tratara de un asesino serial. Los niños transformados en transmisores de la muerte de los ancianos. Fue (aún es) un tiempo parecido a una película de ciencia ficción.

Una elección de medio término suele tener dos vectores: la evaluación del primer tramo de una gestión y la confianza de la población en el rumbo que votó en la presidencial anterior.

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Desde la restauración democrática, el único presidente que perdió una elección de medio término a los dos años de haber asumido fue Fernando De la Rúa. Alfonsín ganó en el 85; Menem logró lo mismo en el 91; De la Rúa perdió en el 2001; Kirchner ganó en el 2005. CFK  perdió en 2009 tras haber ganado en 2007 y luego arrasó en la de 2011. Es  comparación difícil porque su gestión era la continuidad de la de Néstor. Macri triunfó en el 2017, tras haber asumido en 2015. 

El punto es que ahora se trata de un momento incomparable. Un acontecimiento de carácter global que ocurre una vez cada 100 años. Todo está trastocado. Los antecedentes pierden su peso como elementos de análisis. La pandemia es como un meteorito de gran escala que cayó en medio del Océano Atlántico y modificó de golpe el devenir de los acontecimientos humanos.

La derecha-se ha dicho hasta el cansancio en esta columna-encontró en la pandemia su oportunidad para intentar que el ciclo político del Frente de Todos no tenga la extensión del período peronista que gobernó los primeros 14 años –incluyendo a Duhalde- del siglo XXI. Y que el gobierno de Alberto Fernández se termine en 2023, y si es antes, mejor.

Este objetivo necesitó de un bombardeo con una idea fuerza central: lo que ocurre en el mundo es por la pandemia, excepto en Argentina, que es por culpa del gobierno. Contagios, fallecidos, la caída de la economía y sus efectos sociales, la angustia de los chicos que no interactuaron con los pares, la tristeza de los jóvenes que no pueden encontrarse, enamorarse, garchar, diría Tolosa Paz; no sería culpa de la pandemia sino del gobierno.

No es solo la derecha Argentina, es la regional. En el resto de los países latinoamericanos se reproduce el relato de los medios del establishment argentino. Lo cierto es que en todos estos meses del Covid hubo mucha más paz social en Argentina que en Chile, Colombia, Perú, Brasil.

La derecha mediática regional reproduce el relato de que en Argentina la situación fue peor que en el resto del mundo sin hacerse una simple pregunta: ¿si es así, por qué hay menos conflicto social que en los otros países?  

Del otro lado, está el gobierno que expone la batería que considera que desplegó: ingreso familiar de emergencia, pago parcial de los salarios del sector privado, créditos para empresas y monotributistas, negociación con todos los países que producían vacunas, apostando a generarlas al menos parcialmente en el país. Y en los últimos cuatro meses un plan de vacunación masiva que ubicó a la Argentina entre los más inmunizados del mundo. 

El misterio que develarán las urnas este domingo 12 de septiembre tiene dos preguntas:

1) ¿Cree que la tragedia de estos 20 meses fue culpa del gobierno o de la pandemia?

2) ¿Cree que el gobierno hizo todo lo que pudo aunque haya cometido errores?

De cómo se hayan ido elaborando las respuestas a estos interrogantes en el interior de cada votante saldrá el resultado de la elección.