Dicen que la necesidad tiene cara de hereje. La multitudinaria marcha de este martes ofreció ejemplos de eso. Uno: varios líderes sindicales que fueron partícipes necesarios del arribo de Mauricio Macri al poder, cogotearon entre la multitud y disputaron espacios en el palco para mostrar su disgusto por las políticas del gobierno que ayudaron a erigir 15 meses atrás.

Todo el mundo, está claro, tiene derecho a cambiar de opinión. Es probable que muchos de los que marcharon ayer lo hicieron defraudados en su buena fe: realmente habían creído que Macri traería al “mejor equipo de los 50 años” para “corregir lo que se hizo mal y mantener lo que se hizo bien”.

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Esa decepción vale para el ciudadano común que, agobiado por la intensa decada K, sucumbió al canto de sirena pergeñado por Jaime Durán Barba y propalado por el multimedio Clarín. Pero no aplica para dirigentes acostumbrados a fumar mientras nadan en gasoil: con más o menos gradualismo, Macri está haciendo lo que se esperaba que hiciera. ¿O realmente creyeron que los pronósticos sobre las política económica de Cambiemos -y sus consecuencias sociales- eran una “campaña del miedo”?

El triunvirato que gestiona la CGT convocó a la marcha en un intento de atemperar la presión de las bases. Del mismo modo que la restitución de las paritarias durante la década K revitalizó el poder de los gremios, la recuperación de la conciencia política y la expansión de derechos sociales y económicos empoderaron a los asalariados, que ya no se conforman con recibir indicaciones de la cúpula sindical.

Si había alguna duda, Héctor Daer lo comprobó en carne propia durante su discurso de cierre: los manifestantes lo recibieron y despidieron al grito de traidor. Y el triunviro se fue abucheado del palco por no ponerle fecha a un paro que, como es evidente, la dirigencia cegetista preferiría evitar.

El inédito reclamo a viva voz de un paro -y las escenas de violencia intestina que sucedieron al acto- entusiasmaron por izquierda y por derecha. El sindicalismo clasista dirá ver ahí el germen de una revolución obrera con eje en la implosión del sistema gremial tradicional y el fin de la “burocracia”. Por derecha se buscará usar la fragmentación para avanzar con leyes de flexibilización y destrucción de derechos laborales. Y, de paso, mantener dividido al peronismo en el año electoral.

Buena parte de los líderes gremiales son sobrevivientes expertos. Saben cómo acomodarse al viento político según las circunstancias. Macri los endulzó con los miles de millones adeudados a las obras sociales y soporte selectivo de actividades. A los taxistas, por ejemplo, les obturó UBER. Eso explica por qué Omar Viviani fue uno de los 90 sindicalistas que no adhirieron a la marcha. Otros, como Sergio Palazzo (Asociación Bancaria), se convirtió en icono de la resistencia cuando rechazó el techo paritario que buscó imponer el macrismo. Lo mismo ocurrió con Roberto Baradel, el titular del Suteba, quien debió soportar una de las campañas mediáticas más canallas que se recuerden. La formidable marcha docente del lunes demostró lo obvio: Baradel actúa en función de lo que le exigen las bases.

Algo similar hace la CGT cuando convoca a un paro que no quiere. En la marcha la empujaron, literalmente, desde abajo. Una novedad que tendrá consecuencias múltiples en un esquema de poder acostumbrado a sobrevivir con la estrategia del camaleón.