¿Cómo se trasmite la memoria a las nuevas generaciones? ¿Cómo se cuenta el horror para que no se olvide? El Museo Sitio de Memoria ESMA tiene esos desafíos desde 2015 para acercar lo que ocurrió en uno de los mayores centros clandestinos de detención del país durante la última dictadura cívico-militar y las luchas que se llevaron adelante para que no se repita. Ahora suma un nuevo reto: ser reconocido internacionalmente como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

Como parte de la promoción de esa iniciativa, un grupo de trabajadoras y trabajadores de Tiempo Argentino fue invitado días atrás a una visita especial al museo. Su directora, Alejandra Naftal, quien estuvo al frente  también de la puesta museográfica, fue la encargada de la recepción. Repasó la historia del lugar y el trabajo e investigación que llevó la instalación de la muestra en ese sitio de memoria que también es prueba judicial de los crímenes que se cometieron.

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Explicó que el objetivo fue impulsar un museo vivo, que se actualiza con la información de los últimos juicios de la megacausa ESMA pero también con los intercambios con otras organizaciones. Esto mismo puede verse en los textos desplegados por todo el edificio, que fueron intervenidos para incluir una perspectiva de género que no había sido contemplada en sus inicios.

“El feminismo entró a la ESMA para siempre”. La frase de Miriam Lewin, sobreviviente del centro clandestino y titular de la Defensoría del Público, es traída por Naftal para ilustrar el momento que comenzó con la muestra “Ser mujeres en la ESMA”, que visibilizó el debate sobre las violencias y los delitos sexuales que sufrieron las detenidas, crímenes que recién este año fueron condenado por primera vez. Pronto, la muestra tendrá una segunda parte, que ya fue anunciada junto al Ministerio de las Mujeres.

Foto: Soledad Quiroga.

La visita

El edificio del ex Casino de Oficiales impacta en todo el cuerpo: se perciben los sonidos, las temperaturas, luces y sombras, y los omnipresentes testimonios de las y los sobrevivientes que hacen eco en los diferentes rincones.

Conducidos por Mauricio, miembro del equipo de guías, el grupo de Tiempo comienza el recorrido. Al subir las escaleras los espacios se hacen cada vez más estrechos, el calor aumenta junto a la humedad hasta llegar a Capucha y Capuchita, los lugares elegidos para mantener cautivas a miles de personas entre 1976 y 1983. Mauricio hace referencia a la deshumanización que buscaban los represores y el valor de los testimonios de los sobrevivientes para conocer lo que pasó.

Al pasar se ve y se escucha el testimonio de Fernando Kron durante el juicio ESMA II desde una de las pantallas. “Estar ahí adentro significaba estar en una dimensión extraña entre la vida y la no existencia. Estar encapuchado significaba estar formando parte de un proceso absolutamente inhumano, una especie de limbo en donde sobre nuestra vida solamente decidían otros, lo que nos quedaba era nuestro mundo interno que a su vez apuntaban ellos a destruirlo completamente”, testificó Kron.

“¿Como era posible que en este lugar nacieran chicos?”. En la Sala de las embarazadas impacta la pregunta escrita en el piso. Se la hizo Lila Pastoriza -cuando estaba detenida- a quien fue jefe del Grupo de Tareas de la ESMA, Luis D’Imperio, quien le dijo: “Mirá, los chicos son inocentes, no tienen la culpa de tener padres terroristas, por eso se los entregamos a familias que les van a dar otra educación por fuera del mundo del terrorismo”.

El recorrido pasa por el Pañol, por la Pecera. Baja los tres tramos de escaleras y sigue al Sótano y la Casa del Almirante. Todos lugares emblemáticos destinados a la maquinaria del terror, reconocidos por las y los sobrevivientes en cada oportunidad que pudieron declarar. Todo finaliza en el Dorado, el centro de mando del Grupo de Tareas que llevó adelante los secuestros, tormentos, desapariciones y muertes. En ese lugar, donde antes figuraban fichas de sus víctimas, hoy se proyectan los nombres y fotos de cada uno de los represores de la ESMA que se logró identificar y juzgar.

A metros nomás del museo se escuchan por las ventanas el recreo de la escuela Raggio, el tránsito del mediodía de la avenida del Libertador y la General Paz. El sitio se erige ahí, en el medio del barrio de Núñez, rodeado de escuelas, comercios y edificios. Un recordatorio enorme de lo que pasó para quienes lo quieren ver.   «

Foto: Soledad Quiroga.