Había dos mujeres mayores en la fila. Era en la puerta del Centro Cultural Recoleta, transformado en vacunatorio. Una de ellas, pelo rojizo, cara redonda, remera blanca, le dijo a la que estaba adelante: “¿Te das cuenta?, la vida sigue. ¿Te das cuenta?”.

Era una síntesis de la esperanza que la vacunación despierta. El contraste es desgarrador porque cada vacunado es una vida que se salva, mientras los hospitales se saturan y la muerte, con guadaña, sobrevuela las ciudades como un ave rapaz que busca presas.

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La lluvia de vacunas que la Argentina recibió y recibirá en los próximos días ya no se detendrá. Las cuentas no son tan complejas. Hasta ahora se vacunó al 20% de la población con al menos una dosis. Eso le tomó al país cinco meses por los avances y retrocesos en la provisión.

Hubo políticas distintas de las potencias que producen vacunas. Estados Unidos e Inglaterra practicaron el nacionalismo. Primero su población y después el resto. China y Rusia hicieron diplomacia. Exportaron mientras inoculaban en sus países. Hay una dignidad de las vacunas, impulsada por ese faro que se llama Cuba.

Están dadas las condiciones para que Argentina duplique la cantidad de inoculados en los próximos dos meses. Nada es matemático. Sin embargo, en un trazo grueso, no es imposible pensar que entre junio y julio se agreguen 10 millones de personas con una dosis. Eso implicaría el 70% de la población vacunable, que son 30 millones porque por ahora no se incluye a los menores de 18 años.

La experiencia inglesa muestra que una vez que se pasa el 45% de la población inmunizada, sumado a las personas que adquirieron anticuerpos naturales, las muertes se desploman y los contagios ceden. Si se logra inocular a 10 millones, aproximadamente, en los próximos dos meses, algo realista con el ritmo de provisión de vacunas que comenzó, agosto puede ser el principio del fin. Y aquí aparece lo que desespera a la derecha argentina. Las elecciones son a mediados de septiembre: primavera, flores, pajaritos de colores, la vida abriéndose camino y dejando sin herramientas a los que apostaron a la muerte.

De nuevo la experiencia inglesa, más allá del juicio político que se impulsa hoy contra el conservador Boris Johnson y las acusaciones por cómo manejó la pandemia los primeros meses. Johnson cambió cuando él mismo se enfermó y dio un giro de 180 grados en su política. Comenzó a aplicar restricciones y medidas similares a las de otros países.

Inglaterra tuvo campaña de vacunación a velocidad crucero –como tendrá ahora Argentina–, entre enero, febrero y marzo de este año. En marzo hubo elecciones. Los conservadores arrasaron. Ganaron en bastiones históricos de los laboristas. No fue por un respaldo a la política económica o el brexit. El resultado fue efecto directo de la campaña de vacunación y de que la pandemia comenzó a quedar atrás. Por eso la derecha local insiste con el boicot. A la empresa Pfizer no le alcanza el espacio en el Excel para anotar la cantidad de lobbistas que tiene en este país. 

La derecha encontró en la pandemia una oportunidad. Se convencieron de que pueden ganar este año y retornar al poder en 2023 por el desgaste que implica una situación que solo le permite al gobierno optar entre lo malo y lo peor. Pero llegó el flujo constante de vacunas. Quienes apostaron a abrirse camino hacia la Casa Rosada sobre una tragedia aun mayor a la que ronda por estos días pierden terreno. Paradójicamente, es un contexto en el que la frase de Álvaro Alsogaray tiene un tinte positivo: hay que pasar –y vacunar– el invierno. «