Todos estamos de acuerdo: es imperioso volver a las aulas, la presencialidad ordena el sistema educativo, el regreso a la escuela debe ser seguro. El consenso es monolítico: los ministros de Educación de todas las jurisdicciones suscribieron junto al titular de la cartera educativa nacional su compromiso de retornar a una dizque normalidad que presentará no pocos obstáculos.

Por motivos difíciles de fundamentar si no es en un cálculo electoral, la Ciudad había picado en punta, fijando una fecha temprana y temeraria para el inicio de clases, este miércoles 17, de la que no se movió ni con el rebrote de fin de año. Desde Nación habrán hecho también sus números, y las críticas a la improvisación porteña, que arreciaban en noviembre o diciembre, fueron cediendo hasta condensarse en un discurso común, y hasta en una foto, la de Nicolás Trotta con su par Soledad Acuña y Horacio Rodríguez Larreta. Las divergencias quedaron reducidas a una fecha –un dato nada menor, atado al ritmo del plan de vacunación– y a los malos modales del gobierno de la Ciudad en su relación conflictiva con los gremios docentes, con las cooperadoras y con el concepto de escuela pública en general. Pero todos estamos de acuerdo.

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Días atrás, el sociólogo Daniel Feierstein procuró explicar por qué fracasamos en la lucha contra la pandemia. Describió una sociedad impaciente que no accede a resignar algo del presente y aplazar el momento de la gratificación, comprometiendo el futuro. Y planteó dos tipos distintos de sacrificio posible: mantener la virtualidad hasta tanto no haya una vacunación masiva o bajar significativamente los contagios, mediante nuevas restricciones y por un lapso acotado, antes de abrir las escuelas.

No es lo que ocurrirá. Es un hecho que los chicos necesitan aprender, que el aula y la interacción con sus pares y con el docente son factores clave de ese aprendizaje, y que las dificultades que impuso la pandemia los hicieron retroceder varios casilleros. También es una necesidad inocultable para muchos padres tener a sus hijos en la escuela mientras retoman una actividad laboral de la que la economía del país, saliendo de la recesión, no puede privarse.

El retorno seguro, entonces, que era una necesidad, se ha convertido en un mandato. Sin embargo, una recorrida de este diario por la realidad concreta de las escuelas porteñas, las primeras en arrancar, permite observar que uno de los postulados del retorno seguro ya hace agua antes de empezar. Con condiciones edilicias deficientes, sin aulas con las dimensiones necesarias para recibir con distanciamiento a todos los chicos y sin la ventilación adecuada, en la gran mayoría de las escuelas la presencialidad será una quimera. Desoír esa realidad, forzarla, podría desembocar, como ocurrió en otros países, en un aumento de los contagios. Entonces, ¿estamos todos de acuerdo?