Una medalla dorada en el pecho. Una corona de laureles en la cabeza. Una goleada, 11 a 0, ante Inglaterra. Un campeonato. ¿Se puede pedir más? Los caballos, desde hace poco, descansan. Nadie tiene la certeza aún en ese inicio de agosto de 1936, del que se cumplen 90 años, pero nunca más habrá un partido de polo por los Juegos Olímpicos en la historia.
En la tribuna del Estadio Olímpico de Berlín, los aficionados tienen el brazo levantado con la palma hacia abajo, con el histórico saludo nazi. Son los Juegos de Hitler y todo su armado propagandístico. Aquellos que pasaron a la historia por las medallas de oro de Jesse Owens que derribaron el mito de la “superioridad aria” de Josef Mengele y los suyos.
“Es un afano, suspendanlo”, recuerda la versión digital de la revista El Gráfico cuando rememora la final de polo de los Juegos Olímpícos de Berlín. El resultado es contundente: 11 a 0 ante Inglaterra, cuya ocupación ilegal, ilegítima y colonial de las islas Malvinas cumplía ciento tres años y siete meses, desde enero de 1833.

El torneo se desarrolló de manera bastante insólita. Participaron cinco equipos: Argentina, Inglaterra, México, Alemania y Hungría. No obstante, sólo tres de ellos jugaban por la medalla de oro: albicelestes, británicos y centroamericanos eran parte del grupo A, cuyo ganador se llevaría la presea más aclamada. Germanos y húngaros sólo disputarían por un lugar en el partido por el bronce, contra el perdedor del primer pelotón de equipos.
El certamen comenzó el 3 de agosto con la victoria inglesa 13 a 11 ante México. Continuó el día siguiente con el empate 8 a 8 entre Alemania y Hungría, primero en el tiempo regular y luego en el adicional, por lo que fueron a un desempate dos días después en el que se impondrían los húngaros. La victoria de Argentina ante México 15 a 5 determinó la “ronda final”: rioplatenses y británicos por el oro y mexicanos y húngaros por el tercer puesto. Los albicelestes ganaron fácil: 11 a 0 y se alzaron con el campeonato. México se subió al podio.
Los periodistas Ariel Scher, Guillermo Blanco y Jorge Búsico, en su libro Deporte nacional, Dos siglos de historia (2010), describen a la escuadra argentina como “un equipo campeón en el que Luis Duggan y Roberto Cavanagh continuaban la tradición de los inmigrantes británicos, Andrés Gazzotti era hijo de chacareros italianos y Manuel Andrada representaba ‘al gaucho que se hizo de abajo’ y era, en los hechos, un jugador profesional”.
El equipo tenía un jugador suplente: Juan Nelson, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Ostentó durante setenta y dos años un récord histórico: fue el único argentino con dos medallas de oro, ya que también se subió a la parte más alta del podio en París 1924. Lo igualó Javier Mascherano, que se coronó en Atenas 2004 y Pekín 2008. Nelson fue presidente de la Asociación Argentina de Polo y participó también en la gira de 1922 que le dio los primeros éxitos al deporte rioplatense.
El torneo tuvo una ausencia clave: Estados Unidos, posiblemente el otro de los dos mejores equipos del mundo. Junto a nuestro país armaba la Copa de las Américas que quedó en manos de los del norte en 1928 y 1932, mientras que Argentina le ganó el mes siguiente a los Juegos de Berlín, en septiembre de 1936, y haría lo propio en 1950, 1966, 1969, 1979 y 1980. Las razones del desinterés estadounidense en el certamen nunca fueron aclaradas, pero es probable que el foco en sus competiciones internas, los altos costos del traslado a Europa y la tensión política que englobaba al evento hayan orientado la declinación.
Fue la última vez que el polo compitió en los Juegos Olímpicos. La superioridad argentina, que solo podía extenderse a otro país, posiblemente haya influido, aunque también los costos de traslado suponían un problema para la asistencia de los equipos: Argentina debió bajar en barco con toda la delegación y la caballería. En 2018, en el Campo Argentino de Polo de Palermo se jugó una exhibición para los Juegos Olímpicos de la Juventud, pero que no contó para el medallero oficial.
Desde 1987 se juega la Copa Mundial y la hegemonía albiceleste sigue: fue campeón en cinco de las doce ediciones disputadas, además de un segundo lugar, dos terceros puestos y un cuarto escalafón del podio.
¿Qué hace tan fuerte el deporte en nuestro país? El antropólogo Eduardo Archetti, en su texto Masculinidades: Fútbol, polo y tango en la Argentina (2003) se refirió al asunto. Citando al “mayor Sierra”, “un oficial de caballería y un buen jugador con cuatro goles de handicap”, en el ensayo se habla de la “resistencia del hombre”, de “la forma argentina de montar a caballo” y la “calidad de los caballos”. Éstos últimos tuvieron siempre una “vida fuerte y libre, en pleno campo”.
Junto con las medallas doradas, el equipo argentino recibió un retoño de roble. Lo plantaron detrás del arco sur del Campo Argentino de Polo. Hay una placa que recuerda a los campeones. Dice: “Creced para honrar al vencedor. Llamad a nuevas competiciones”. «