La nueva edición de la obra de Orwell, publicada en Argentina por la editorial chilena La Pollera, rescata una traducción realizada de forma clandestina durante la dictadura de Pinochet.

Por eso mismo la reedición de la novela impulsada por la editorial chilena La Pollera, de amplia distribución en Argentina, parece oportuna. No solo por el carácter especular que el texto de Orwell pudiera tener respecto del panorama político contemporáneo, sino porque no se trata de una versión cualquiera de este texto emblemático. Esta edición carga con una plusvalía simbólica que la vuelve única en el mundo y para conocerla hay que remontarse a su origen.
Era diciembre de 1983 en Santiago, la capital chilena. El régimen encabezado por el general Pinochet acababa de cumplir una década usurpando el poder institucional de la nación, convirtiéndose en una de las dictaduras más longevas y crueles de las que entonces infestaban América latina. Las libertades habían sido recortadas y las expresiones políticas reprimidas. Los opositores, entre los que no solo se incluía a figuras política sino también a obreros, artistas, estudiantes o cualquiera que no aceptara el discurso oficial, eran detenidos, secuestrados, torturados, encarcelados y en muchos casos, desaparecidos. Además, gran cantidad de libros y obras artísticas se encontraban prohibidas: 1984 era una de ellas.
No es que el libro no se consiguiera: algunas bibliotecas disponían de una edición española, traducida durante la dictadura franquista, censurada y recortada. Pero en Chile no había editoriales dispuestas a financiar una nueva traducción que respetara el original. Ante eso, tres periodistas se propusieron algo que hoy parece nimio, pero que entonces era un gesto político de riesgo: traducir 1984 para editarla en un contexto político muy similar al que se describe en la novela y durante el mismo año que le da nombre.
Eran los chilenos Samuel Silva y Fernando Bendt y la estadounidense Lezak Shallat, quienes durante seis meses se juntaron varias noches por semana, desafiando el toque de queda vigente. “Creíamos -y creemos que Orwell habría estado de acuerdo- que cada traducción debe provocar en los lectores una comparación con su propia realidad”, dijo alguna vez Silva para expresar qué los guió en la tarea de traducir 1984. Cuando la novela al fin se publicó, la campaña de prensa fue igual de clandestina: grafitear toda la ciudad con el título del libro y el nombre del autor. Como en todo el mundo en aquel año 1984, esa edición que los traductores pagaron de su bolsillo fue un éxito.
Durante décadas se insistió en leer la novela de Orwell como un retrato del comunismo soviético, en particular de la dictadura stalinista. Sin embargo, la Unión Soviética implotó hace más de 30 años y la alegoría de la obra sigue siendo un espejo de estructuras políticas que se ubican en las antípodas ideológicas de aquel régimen.
Desde el prólogo, Ignacio Álvarez recuerda que “el primer y fundamental esfuerzo que pide la lectura de 1984 es evitar una actitud infantil y maniquea, incluso aunque la novela parezca, a veces, entender el mundo como si estuviera dividido entre buenos y malos”. Desde la nota preliminar a esta nueva edición, los traductores también hacen una declaración de principios. “Tratamos de alertar a una generación de chilenos acerca de un mundo distópico que esperábamos la literatura podría ayudar a prevenir. Cuarenta años más tarde esperamos que no sea tarde”.
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