25 años sin Jeff Buckley: un talento singular que se fue demasiado pronto

Por: Tony Ruiz

El guitarrista, cantante y compositor tuvo una muerte trágica y temprana. Pero su breve carrera le alcanzó para dejar un disco casi perfecto como “Grace” y un recuerdo imborrable.

Las relaciones paterno-filiales han sido fuente de inspiración para un sinfín de artistas. De profunda asimetría pese al vínculo sanguíneo, el caso de Tim y Jeff Buckley se unifica en tragedia pública por el fallecimiento prematuro de ambos. Jeff Buckley falleció ahogado el 29 de mayo de 1997 (a los 30 años) en un afluente del río Mississippi. La antecedencia del deceso de su progenitor, Tim Buckley, siendo músico  aún más joven (28 años en 1975) agregó una especial turbulencia al shock. Tim se había separado de la madre de Jeff antes de que éste naciera y nunca quiso saber de su hijo. Como sólo se vieron dos veces el resquemor que despertaba en Jeff la figura paterna parece justificado. Como él mismo diría, lo admiraba pese a que nunca lo conoció.

Nacido el 17 de noviembre de 1967 en Anaheim (condado de Orange), en el Sur de California, Jeff se crió con el rock de los años 70 que escuchaba su padrastro: Led Zeppelin, Dylan, Pink Floyd, Genesis, Bob Marley… Pero no es difícil imaginarlo escuchando los nueve discos de su padre, cantante colosal de raigambre folk, que terminó defenestrado por su tendencia al margen, el avant rock, el jazz y la música negra. Mudado a Los Angeles al acabar secundaria, Jeff estudió música, dejándolo tras un par de años, habiendo aprendido al menos ciertos rudimentos de armonía clásica. Según contaba él mismo, respecto de lo que denominaba “experiencia concentrada”, su  motivación había despertado al conocer en California a un montón de músicos frustrados que él sentía la necesidad de redimir. En el mismo sentido, encontrando aburrida la escena musical californiana, en 1990 se mudó a Nueva York.

El primer hito de su trayectoria sería la participación en el tributo a su padre que se celebró en abril de 1991, en la iglesia St. Ann de Brooklyn. Su actuación hizo vibrar a los asistentes. El guitarrista Gary Lucas, que lo acompañó, reconoció enseguida la misma transfiguración que su padre al cantar. Lucas había formado parte de la banda de Captain Beefheart y era veterano guitarrista de sesión. A partir de ese encuentro, durante más de un año, el dúo formado por Buckley y Lucas se presentó en directo, o bajo el nombre de Gods & Monsters, en locales todavía señeros del after-punk en Nueva York, como la Knitting Factory o el CBGB. El álbum póstumo Songs To No One, a nombre de ambos, Buckley y Lucas, da cuenta la sorprendente espontaneidad de este  periodo. Entre vectores de noise, blues o reggae, y versiones primigenias de “Grace” y “Mojo Pin” (que saldrían luego en Grace), compuestas con Lucas, las cuerdas vocales de Jeff difícilmente volverían a mostrar el mismo nivel de descompresión. Precipitado además por su habitual gusto por las covers, en estas sesiones se entrevé ya cómo para Jeff Buckley la revisitación de material ajeno le permitía alcanzar vericuetos de sí mismo antes inexpugnables. Ejemplo de ello es la versión en clave experimental del “Hymne A L’Amour”, de Edith Piaff, quizá el momento donde más se acercó al espíritu aventurero de su padre.

Seguidamente, las estancias en el club Sin-e del East Village neoyorquino, ya sin Lucas, le cimentarían una sólida reputación de crooner rockero “con pedigrí”, reforzada por su fichaje por Columbia y el lanzamiento en 1993 del EP Live At Sin-e. La grabación, ampliada póstumamente a álbum, documenta la proverbial ingravidez de su voz con el único acompañamiento de una sinuosa guitarra eléctrica. El número fuerte va a ser “Eternal Life”, riff y progresión de vértigo atrapante sirviendo de soporte a un monólogo vocal inaprensible, dispensado con feroz convicción. A comienzos de los años 90, en plena enunciación del grunge (ese punk de luxe desfasado por la vanidad metalera), el background de Jeff se antojaba más cerca del post-punk de los 80, diseminado en pequeñas disqueras independientes. Lo que en EEUU se llamó college rock y enseguida música indie en Inglaterra, consistió también en una disposición sonora más abierta de orejas. En su caso, una heterodoxia indomable: Nusrat Fateh Ali Khan, Miles Davis, Robert Johnson, Fishbone, Van Morrison, Billie Holiday, etc.

EL ÚNICO ÁLBUM DE JEFF BUCKLEY

En el verano de 1994, aparece Grace, único álbum que publicaría Jeff en vida, con una producción de Andy Wallace (mezclador de Nirvana) que suena al límite en la disposición del cuarteto sobre la voz, dadas las tomas, más secas, luego conocidas. La influencia de los Smiths resulta notable en los juegos guitarrísticos, además de esa suerte de conglomerado a lo Led Zeppelín en los giros y coros épicos. Las canciones registran un dramatismo ciclotímico, marca de la casa. A veces amanerada, otras rabiosamente onírica, la impronta parece consciente de la centralidad mítica de la tragedia que se cierne. Con la perspectiva del tiempo, el peso que toma la voz, de góspel pausado, grave y desafiante, simbólico y etéreo hasta lo inalcanzable, oceánico por todo lo que abarca, parece la beta que más impregna su repertorio. Un tono que toma forma definitiva en Grace en tres versiones: “Hallelujah” de Leonard Cohen, “Corpues Christi Carol” del músico clásico Benjamin Britten y el “Lilac Wine” de Nina Simone.

Grace no obtuvo el éxito comercial esperado en EEUU, pero sí en el resto del mundo. Los conciertos sucesivos se convirtieron en tour mundial de año y medio hasta muy avanzado 1996. Convertido en prototipo alternativo para sectores de la prensa y el público, Jeff ironizaba sobre la absurda etiqueta, preguntándose en una entrevista sobre qué acento debía poner para ser alternativo, poniendo en ridículo el requerimiento de enclaustrar la música por géneros. De vuelta de la gira se instaló en Memphis para grabar el que debía ser su siguiente álbum, con Tom Verlaine (Television) como productor –sesiones que conformarían otro disco póstumo: My Sweetheart The Drunk. Pero no estando satisfecho con la grabación, Jeff decidió llamar a Andy Wallace para que volviera a tomar los mandos y empezar la grabación desde el principio. Fue entonces cuando se produjo el accidente que se llevó su vida en el río Mississippi.

Con la amarga noticia cerrando la saga surge la idea de una presencia fulgurante, cuestionando nuestro aquí y ahora. Una ausencia invasiva, familiar y litúrgica, que se despliega en ánimo sanador e inspirador; la calma sónica de diatriba humana de la que tantos han hablado: los propios Page y Plant, PJ Harvey, Thom Yorke de Radiohead, Chris Cornell, Damien Rice, Rufus Wainwright, Lana del Rey, su ascendencia ha devenido cada vez más alargada.

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