El álbum rompió con el thrash tradicional y abrazó una identidad propia, cruda y rítmica. Su influencia todavía se escucha en bandas de múltiples generaciones.

El 20 de febrero de 1996, editado por Roadrunner Records, el sexto disco de estudio de los brasileños no fue simplemente un álbum más: fue una declaración cultural. No era “metal con percusión exótica”. Era una inmersión real en las raíces indígenas de Brasil, con grabaciones realizadas junto a la tribu Xavante. Eso no era maquillaje. Era identidad.
Después del impacto técnico de Arise y la consolidación global de Chaos A.D., la banda decidió profundizar la veta tribal y rítmica que ya asomaba en “Refuse/Resist”. El productor Ross Robinson, clave en el nacimiento del nu metal, entendió que Sepultura no tenía que sonar pulido: tenía que sonar crudo, físico, casi violento. El resultado fue un álbum denso, percusivo, cargado de groove y con una agresividad distinta a la del thrash clásico.
“Roots Bloody Roots” abre el disco como un mazazo industrial. Ese riff minimalista, repetitivo, hipnótico, marcó una época. No era velocidad, era peso. No era técnica, era convicción. Y de ahí en adelante el disco no baja la guardia: “Attitude”, “Ratamahatta” -con la participación de Carlinhos Brown-, “Dictatorshit”, “Endangered Species”. Todo respira una mezcla de ritual y barrio, de selva y asfalto.
Lo que hizo Roots fue romper la frontera entre el metal anglosajón dominante y una identidad sudamericana sin complejos. No pedía permiso. No traducía su cultura para ser aceptado. La imponía. Y eso, en la mitad de los ’90, era revolucionario.
Además, el disco se convirtió en un punto de inflexión para el género. Muchas bandas del incipiente nu metal tomaron nota de esa combinación de riffs graves, afinaciones bajas y ritmos tribales. Korn ya venía marcando el camino, pero Sepultura aportó una brutalidad rítmica distinta, más orgánica. El impacto fue inmediato: el álbum entró en rankings internacionales y consolidó a la banda como potencia global.
Pero también fue el principio del fin de una era. Las tensiones internas, especialmente entre Max Cavalera y el resto del grupo, terminaron con la salida del cantante poco después del lanzamiento. Roots quedó así como el último capítulo de la formación clásica. Y eso le agrega un peso simbólico extra.
Treinta años después, el disco sigue sonando incómodo. No envejeció como pieza de museo; sigue siendo físico, sudoroso, casi amenazante. Su mezcla puede sonar áspera comparada con estándares actuales, pero esa aspereza es parte de su ADN. No fue pensado para agradar. Fue pensado para golpear.
En América Latina tuvo además un efecto espejo. Demostró que no hacía falta copiar fórmulas externas para ser internacional. Se podía exportar identidad. Se podía hacer metal extremo desde Brasil sin perder acento. Roots no es el disco más técnico de Sepultura. Tampoco el más rápido. Es el más visceral. El más político en términos culturales. El que entendió que la globalización no tenía por qué borrar la raíz.
Y ahí está su legado: convirtió lo local en universal sin domesticarlo. En un momento donde muchas bandas buscaban sofisticación, Sepultura eligió tierra, tambor y groove. Y ese riesgo cambió el mapa del metal de los ’90.
Treinta años después, el grito sigue vigente: volver a las raíces no es retroceder. Es recordar de dónde viene la fuerza.
«Roots Bloody Roots»
«Attitude»
«Cut-Throat»
«Ratamahatta»
«Breed Apart»
«Straighthate»
«Spit»
«Lookaway»
«Dusted»
«Born Stubborn»
«Jasco»
«Itsári»
«Ambush»
«Endangered Species»
«Dictatorshit»
«Canyon Jam»
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