La peregrinación al predio de la AFA. Un tsunami celeste y blanco en la madrugada. Un éxodo, pero esta vez para recibir a los campeones.

No entra ni un alfiler en la curtida cinta asfáltica de la Ricchieri. ¡Mi reino por un metrito de banquina! La escena frente al Mercado Central parece sacada de “La autopista del sur” de Cortázar. El matrimonio del Fiat Uno no afloja con la bocina. Agitan a la monada de la Ford F100 que salta sin respiro en la caja, en el techo, en el capot. El pibito del Gol sonríe, me grita que tiene la sonrisa gardeliana de Enzo Fernández dibujada en la cara desde el domingo. El tachero del Peugeot 208 Full canta “¡Dale campeón, dale campeón!” Suena tan parecido al ¡Viva Perón, viva Perón! Tachito me giña un ojo y dibuja la V con los dedos. De repente, la inmovilidad obliga a dejar los bólidos abandonados a la buena de D10s. Diego los cuida desde su cielo de diamantes. Amén.
¡Gorro, bandera y vincha! ¡Gorro, bandera y vincha! Alejandra repite el mantra salvador que la ayuda a llegar a fin de mes. Desde Alejandro Korn se arrimó al festejo la costurera de 48 pirulos. Los gorritos los zurció con sus propias manos, esas manos sabias que le dan de comer a sus tres pibes: “Salen, salen. La mano está difícil y esto es hoy, es mañana y hay que seguir laburando. Pero Messi y los muchachos también me dieron una mano para llevar el pan a mi casa.”
En su pingo Canelo vino el gaucho Héctor. Cría animales y trabaja la tierra el muchacho de 38 años. Llegó a la AFA cabalgando a rienda suelta desde el suburbio del suburbio de Ezeiza: “Es que la patria se hizo a caballo, hermano, cómo no íbamos a estar para recibir a los campeones”. Abraza una imagen del Gauchito Gil y agrega: “El 8 de enero me voy con el Canelo hasta Corrientes para agradecerle al Gaucho la copa. Promesas son promesas. En el campo tenemos palabra.”
Un mar, un océano, un tsunami celeste y blanco fluye bajo el Puente del Km 26 a las dos de la matina. Desde las alturas disfruta el oleaje el riojano Rubén: “Somos de los pueblos originarios, diaguitas, de Sañogasta. La fiesta integra todo. No andamos bien, la peleamos, la vamos a seguir peleando. ¿Cómo te pensás que se alcanzan los sueños? Preguntale a Messi”.
A unos metros, Martín, chagarín venido desde González Catán y fana de Brown, abraza a su hijito Marcos. El pendejo ataviado con la casaca de Messi duerme la siesta de los héroes: “Cuando pase el micro lo despierto. Está grogui, no sabés lo que gritó”. El boca en boca dice que el avión argentino ya pisó tierra santa. La caravana quedará grabada en la más recóndita memoria del pueblo. Pero hasta que llegue el micro, Marquitos seguirá acunado por su viejo. Abrigado por un trapo albiceleste. Y el manto de una noche alumbrada por tres estrellas. Brillan sobre la Argentina.
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