La poderoso nueva novela del escritor boliviano Maximiliano Barrientos. Senderos que se bifurcan y trifurcan entre la weird fiction, la literatura pulp y el realismo alucinógeno.

La novela, dividida en cuatro apartados, cuenta la deriva de una subcultura de adoradores de los fierros y el black metal. Un bólido deportivo yanqui –Plymouth Road Runner modelo 1970- es el instrumento ritual que utilizan los fieles para liberar a una demencial entidad capaz de transfigurar el mundo capitalista de mierda tal cual lo conocemos.
Tribus post apocalípticas, imaginario cyberpunk y mucho metal pesado. Venom, Celtic Frost, Slayer, Burzum, Sodom. Esa es la banda de sonido que acompaña también a una postal adolescente de una Santa Cruz de la Sierra empestada por visiones del más allá. Barrientos es nacido y criado en la “Miami sin mar”, la principal ciudad del tórrido oriente boliviano. Una urbe rica, opulenta, empresarial y demasiado racista, cuyo esqueleto conformado por anillos, alguna vez arriesgó Fabián Casas, “haría las delicias de Tolkien”.
El narrador camba es autor de los volúmenes de cuentos Diario (2009), Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (2011) y Una casa en llamas (2015) y de las novelas La desaparición del paisaje (2015) y En el cuerpo una voz (2018), otra obra incendiaria e indispensable del boliviano.
En Miles de ojos, la pluma de Barrientos es fiel a su clásico estilo frío, empapado de belleza rabiosa, algo seco, siempre efectivo y cinematográfico. Repleto de historias tórridas nivel bonzo, que construyen un mundo hostil e inexplicable, donde muchas veces se impone el drama de lo no dicho. Cultor de una tradición literaria bien norteamericana: DeLillio, McCarthy y siguen las firmas. Con dosis desparejas de Ballard y la angloboliviana Alison Spedding lubricando la novela.
Escribe Barrientos en Miles de ojos: “Ya no sabía dónde terminaba el sueño y dónde comenzaba la vigilia, la línea divisoria se había roto y el espacio no era otra cosa que una prolongación de los paisajes de su mente. Recordó los pies de su madre, blancos y pequeños, hundiéndose en los pedales mientras se desplazaba por la carretera. La velocidad corrió por sus venas y sus huesos, el aliento de ese dios terrible habitó su mandíbula, sus ojos”. Atravesando todo límite, dirían los Hermética. Empapados por la violenta belleza de la aceleración.
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