A 20 años de la muerte de Ricky Espinosa: el pibe de Gerli que devino mito del punk rock argento

Por: Diego Gez

El cantante y líder de Flema logró en los ‘90 una síntesis personal, cruda y honestamente brutal del género. Jugando con la ironía y una imagen decadente, fue querido por sus colegas y se ganó un público fiel que mantiene su música vigente hasta hoy.

El punk rock local tiene entre sus figuras más representativas a un pibe de Gerli, zona Sur del Gran Buenos Aires, que fue de todo un poco: provocador nato, creyente del no futuro, contestatario social rabioso, pero también amigo y fuerte protector de quienes formaban parte de su tribu. Eso y mucho más fue en vida Ricky Espinosa, cantante, guitarrista, y compositor de Flema, el cuarteto que formó a mediados de los ochenta para ingresar a los codazos al centro de la escena rockera local.

Su furia todo terreno, la misma con la que pisó escenarios a puro nihilismo, terminó el 30 de mayo de 2002 cuando a los 35 años acabó con su vida. Ese fue el momento en el que nacía la leyenda que hoy cumple 20 años, y que seguramente sus fans recordarán, porque para muchos lo que dejó Espinosa sigue vivo más allá del tiempo transcurrido.

Desde un primer momento, lo de “Ricky de Flema” fue directo, auténtico y socialmente crudo a la vez, pero no por eso menos confesional. Esa manera siempre rabiosa de decirlo todo, llevó a un pibe del conurbano y a su banda a editar Pogo, mosh & slam (1992), un primer cassette independiente editado en plena época menemista, una situación que sirvió como primer paso para encarar con fuerza Nunca nos fuimos, otra producción que, editada a pulmón en 1994, escupía un punk rock más argentino, autóctono y alejado de otras propuestas que veían en Ramones o las bandas inglesas del género todo un modelo a seguir.

El exceso y/o abuso de drogas y alcohol es perjudicial para tu salud… ¡Cuidate, nadie lo hará por vos! Así se llamó el primer álbum oficial de Flema, también del ’94, con el que inaugurarían desde la tapa de sus discos el concepto de cáustica ironía que acompañaría al grupo hasta el final, algo que discursivamente le pertenecía a Espinosa en un 100%. Con temas como “Cancer”, “El blanco cristal” o “Borrachos en la esquina”, la banda se fue ganando sostenidamente a un público fiel que también lo acompañó en lo que vendría. Si el placer es un pecado, bienvenidos al infierno, el segundo disco del cuarteto editado en 1997, exponía dos temas (“Anarquía en la escuela” y “Nunca seré policía”, ambos del cantante) que bien podrían llamarse los primeros hits del grupo, con melodías de pocos tonos y una discursividad directamente pergeñada y diseñada por Ricky para molestar a los que toman decisiones por sobre la vida de los otros.

Resaka, publicado un año más tarde, le llevó a ese arco de público una bolsa de grabaciones de todo tipo, donde entre tema y tema se escucha a un Ricky en pleno estado declaratorio: “Supuestamente estamos en democracia, pero el derecho de libre expresión es toda una mentira”. “Lo que pasa es que el error de este disco es que se invirtió mucha plata. No se puede invertir en Flema 37 mil dólares”, dicen algunos de los comentarios del músico que fueron tomados de entrevistas y colocados al inicio de cada tema, dejando en claro la forma en que Espinosa observaba, casi de manera panóptica, a su banda y a sí mismo, y siempre con fuertes críticas despejadas de todo autoconformismo.

La noche de las narices blancas, el disco que Flema editó en 2000, ofrecía un reflejo del cuarteto en vivo donde todo podía ser tan directo como rabioso a la vez. Hits como “No quiero ir a la guerra”, “Nunca seré policía”, “El linyera” y “Si yo soy así”, suenan siniestrados por la distorsión clásica del grupo en contacto con su gente. Tal vez por eso para quienes nunca estuvieron de frente a Ricky Espinosa y la banda, este registro puede sintetizar la furia y descontrol que la banda le imprimía a sus shows en vivo.

Lo que vendría más tarde, las dos entregas que se conocieron bajo el nombre de Caretofobia, publicadas en 2001, no hicieron otra cosa que levantar la apuesta, algo que terminó por explotar un año más tarde. En ocasión de grabar voces para lo que sería el siguiente álbum del grupo (Cinco de copas, editado en 2002 luego de la muerte del cantante), Ricky Espinosa y su guitarrista Luis Gribaldo regresaron a la casa de este último, un departamento en un quinto piso de un monoblock de Avellaneda. Después de beber, jugar y ganar al Winning Eleven (el popular juego de Playstation), intempestivamente Ricky saltó por la ventana, estallándose sin remedio contra el suelo. El músico fue auxiliado rápidamente, pero murió en la ambulancia camino al hospital. Hoy el nombre de Ricky Espinosa a 20 años de su muerte significa para muchos un símbolo de autenticidad más allá de la fuerza que ostentan las apariencias. Luego de su muerte en 2002, Flema se separó, pero el pedido de muchos fue más fuerte y la banda se reagrupó en 2007 para seguir editando discos hasta hoy. En el camino de todo eso aparecieron registros de Ricky que nadie sabía que tenía, se publicaron discos homenaje y hasta se produjo un documental sobre la vida de Espinosa, un músico elevado a mito que todavía resuena con fuerza más allá de su ausencia física.

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