Falleció en Buenos Aires el 8 de marzo de 1999. Su amistad con el autor de El Aleph signó su vida literaria de manera contradictoria: a la vez la favoreció y la opacó dejándolo a él en segundo plano.

Bioy y Borges mantuvieron su amistad hasta la muerte de este último en 1986. La amistad y la admiración mutua que se profesaban hizo que hasta escribieran juntos y firmaran con diferentes seudónimos: Benito Suárez Lynch y Honorio Bustos Domecq fueron los que más utilizaron. Seis problemas para don Isidro Parodi (1942), Dos fantasías memorables (1946), Un modelo para la muerte (1946), Crónicas de Bustos Domecq (1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq (1977) son obras escritas en dupla. También escribieron juntos dos guiones cinematográficos, Los orilleros y El Paraíso de los creyentes (ambos en 1955).
El peso, tanto en sentido literal como metafórico que tuvo Borges en la vida de Bioy queda evidenciado en los diarios de éste que en 2006 fueron publicados en un libro de 1663 páginas con el nombre de Borges. Su extensión y el grosor del papel le dan un peso que lo hace difícil de transportar a menos que se sea o se tenga vocación de físicoculturista. En estos diarios la frase “hoy come en casa Borges” se repite casi como una letanía.
Dice Bioy en la primera entrada de su diario: “Creo que mi amistad con Borges procede de una conversación ocurrida en 1931 o 32, entre San Isidro y Buenos Aires. Borges era entonces uno de nuestros jóvenes escritores de mayor renombre y yo un muchacho con un libro publicado en secreto.”
La situación desigual parece haberse modificado con el tiempo y la frecuentación de ambos porque más adelante Bioy dice: ”En muy diversas tareas he colaborado con Borges: hemos escrito cuentos policiales y fantásticos de intención satírica guiones para el cinematógrafo, artículos y prólogos; hemos dirigido colecciones de libros, compilado antologías, anotado obras clásicas”.
Este párrafo en que Bioy guarda una estricta corrección convive con otras anotaciones más domésticas. En la entrada “Lunes, 29 de diciembre” Bioy consigna: “Conversación con Silvina sobre Borges. Me dijo que yo escribo mejor, con mayor naturalidad. Esto demuestra cómo está cegada a mi favor”.
Suele decirse que los llamados “diarios íntimos” están escritos para que dejen de serlo, que late bajo una supuesta intimidad un deseo de que alguien los lea.
En todo caso, la escritura no es totalmente espontánea, sino que de manera consciente o inconsciente se interpone siempre el fantasma de un lector que le pone freno o condiciona de alguna manera la pretendida sinceridad.
Es cierto que Bioy admiraba a Borges, pero quizá no sea tan cierto que esa admiración fuera absoluta, libre de competencia o de toda otra impureza, porque las relaciones humanas no están exentas nunca o casi nunca de algún reparo que no se confiesa, ni siquiera, a veces, ante uno mismo. Ese reparo no obstaculiza, sin embargo, el afecto. Quizá la total ausencia de reparos sólo sea posible frente a quienes admiramos a distancia pero nunca llegamos a conocer personalmente, ya sea un escritor, una actriz, un ídolo deportivo o incluso un amor cuya imposibilidad lleva a la idealización.
Además, seguramente sin saberlo, Bioy en su manifiesta admiración total por Borges enaltecía su propia figura. Esta operación tiene casi lógica de silogismo: Borges es admirable, Borges valora mi amistad al punto de escribir a veces a dúo conmigo. Luego, yo soy admirable. Este mecanismo no es privativo de Bioy. Así somos los seres humanos.
Es imposible negar que Bioy fue un gran escritor, autor de textos fundamentales de la literatura argentina. La invención de Morel, (1940), El sueño de los héroes (1954), Diario de la guerra del cerdo (1969), Dormir al sol (1973), El héroe de las mujeres (1978), Una magia modesta (1998) son muestras de un verdadero talento literario que fue reconocido con numerosas distinciones entre las que se destaca el Premio Cervantes que obtuvo en 1990, cuatro años después de la muerte de su amigo y cómplice de aventuras literarias.
Hoy, a 27 años del fallecimiento de Bioy, resulta imposible nombrarlo sin mencionar también a Borges. No sucede necesariamente lo mismo a la inversa. Borges se convirtió en el escritor argentino por antonomasia. ¿Quién hubiera sido Bioy de no conocerlo? ¿Cuánto le debe a Borges por llegar al lugar al que llegó? Estas preguntas son imposibles de contestar porque las cosas sucedieron como sucedieron.
Para decirlo con un adjetivo bien borgeano son sólo pensamientos conjeturales.
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