El segundo álbum de la banda comandada por el Indio Solari y Skay fue uno de los más audaces a nivel sonoro y dejó hits inoxidables. Pero también marcó el pulso del ideario y la estética ricotera.

El resultado final fue un compendio de nueve canciones, con un sonido oscuro y letras que referían a la Guerra Fría, la dictadura de los medios de comunicación y el excesivo consumo de cocaína que dominaba la escena de los años 80.
A partir de ese momento, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota comenzó a ver cómo su público se multiplicaba rápidamente, hasta convertirse en el grupo más convocante de la historia argentina, al tiempo que comenzó a sufrir toda una serie de cambios en su formación.
Hasta ese disco, la banda, liderada por Carlos “El Indio” Solari y Skay Beilinson, estaba integrada por “Semilla” Bucciarelli en bajo; Tito Fargo D’aviero en guitarra; Willy Crook en saxo; y Juan “Piojo” Ábalos, en batería; aunque en el año siguiente, estos tres últimos integrantes iban a dejar sus lugares y serían reemplazados por el saxofonista Sergio Dawi y el baterista Walter Sidotti.
“Lo primero que me viene a la mente para destacar es que es un disco que se hizo con un poco más de estructura que el anterior. Se grabó en Panda con un técnico y tuvo lo que ahora se llama preproducción. Hicimos los demos en una máquina que tenía Gonzo Palacios (saxofonista de Los Twist). Tardamos algo así como una semana en grabarlo cuando a Gulp lo habíamos hecho en cinco horas, con mezcla y todo”, recordó Tito Fargo.
Respecto al sonido, acotó: “Hubo una búsqueda de audio que marcó una tendencia porque mucha gente lo tomó como un disco de cambio. Los años ’80 tuvieron la particularidad de que había muchos aparatos nuevos y los músicos estaban abiertos a probarlos”.
Debido a esto, Fargo define a Oktubre como “un disco frío y más cerebral” en relación a “Gulp”, al que considera “más visceral y menos pensado”.
Este punto marcó el descontento a la hora de la grabación por parte de Willy Crook, quien no estaba tan de acuerdo con el uso de algunos de los efectos utilizados. “El técnico se había comprado un aparato de reverb y se lo ponía a todo. Es como si yo le pusiera helado de chocolate a todo porque me gusta. Imaginate que no le puedo poner helado de chocolate al tanque de nafta del auto. Entonces se me perdía la dimensión de lo que tocaba, de la afinación, y eso que ensayábamos religiosamente tres veces por semana. Ahora lo escucho y me gusta el disco, pero me acuerdo que salía bastante frustrado del estudio”, explicó alguna vez Crook.
Lo cierto es que esta particularidad le daba al disco un clima opresivo similar al de grupos relacionados con la escena post-punk, como Joy Division, que cuajaba a la perfección con su densidad temática. Esta característica marcó a fuego al rock argentino que comenzaba a pasar del optimismo inicial que había provocado la “primavera alfonsinista” a la decepción despertada fundamentalmente por la hiperinflación y las presiones castrenses.
Crook considera que en esa época comenzaron los intentos de la prensa especializada, retomada por el público, de enfrentar a los Redondos con Soda Stereo, un capítulo en la historia de la banda que el músico lamenta al destacar que “se degradó el arte con esa competencia necia y absurda”.
Pero más allá de lo musical, Oktubre exudaba ideología por donde se lo escuchara o mirara, puesto que el sonido, las letras y las gráficas actuaban como un tándem inseparable, a raíz de un proceso creativo que se definía en la “mesa chica” conformada por El Indio, Skay, Rocambole y La Negra Poly, mánager de la banda.
“La mayor parte de la trayectoria gráfica de Los Redondos se basó en un concepto previo. Mi tarea consistió en hacer visible lo que musicalmente y poéticamente pensaba el colectivo artístico”, puntualizó Rocambole.
El artista plástico aclaró, sin embargo, que desde su óptica “el diseño o la ilustración de gráfica musical no debe interpretar o ilustrar un relato propuesto previamente por la música, ya que eso sería redundante”, sino que debe “proponer ideas en el mismo nivel que músicos, técnicos y mánagers”.
“En el segundo disco de Los Redondos la idea principal era recordar admirativamente los procesos revolucionarios y las luchas protagonizadas por las masas en la historia de la humanidad, en cuanto fueran sometidos contra sus opresores”, recordó Rocambole.
“En lo que atañe a mi parte en el asunto, ese disco significó la difusión de mis trabajos visuales de una manera que jamás podría haber imaginado. Más tarde el público se apropió de esas imágenes aplicándolas en remeras, banderas, paredes, mochilas y en cuanta posibilidad hubiera incluyendo los tatuajes en la piel. Se transformaron en íconos populares. ¿Qué más puedo pedir como reconocimiento a mi tarea?”, concluyó el artista que, en los próximos días, presentará un libro con material gráfico de esa época que quedó fuera del disco.
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