A 50 años de la visita de Nixon a China, un viaje que realineó el poder mundial

El presidente estadounidense viajó a China entre el 21 y el 28 de febrero de 1972 para restablecer relaciones diplomáticas con el gigante asiático, que era gobernado por la revolución de Mao Tse Tung.

Medio siglo atrás, cuando el mundo se debatía en la encrucijada de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el presidente estadounidense Richard Nixon viajó a China entre el 21 y el 28 de febrero de 1972 para restablecer relaciones diplomáticas con el gigante asiático, que era gobernado por la revolución de Mao Tse Tung. «Fue una semana que cambió al mundo», manifestó Nixon a la prensa al finalizar su visita a Beijing.

Estados Unidos nunca había reconocido a ese país después de que los comunistas tomaron el poder en 1949. Pero Nixon ya había analizado la posibilidad de visitar China antes de llegar a la Casa Blanca en 1969. «Nosotros simplemente no podemos dejar por siempre afuera de la familia de las naciones a China, para alimentar sus fantasías, atesorar sus odios o amenazar a sus vecinos», escribió Nixon en 1967.

Según The Economist, en momentos en que Mao temía una invasión de la Unión Soviética, el entonces secretario de Estado Henry Kissinger y Nixon vieron «una oportunidad para la diplomacia geométrica, y así realinear el equilibro mundial de poder».

«Nixon pensó que abrazar a la débil China le sería útil para desestabilizar a Moscú», afirma el semanario británico.

De todos modos, una serie de documentos desclasificados del Gobierno estadounidense revelan otra cara de la visita: en realidad, Nixon buscaba también algún tipo de beneficio para lograr su reelección. En aquellos días, el mandatario republicano estaba lejos de imaginar que un escándalo de espionaje en las oficinas del Partido Demócrata en el complejo Watergate de Washington lo obligaría a renunciar el 9 de agosto de 1974.

El viaje a Beijing fue preparado en secreto por Kissinger, quien se reunió en Beijing el 9 de julio de 1971 con el primer ministro chino Zhou Enlai, en el comienzo de la denominada «Operación Marco Polo» que contó con la ayuda del entonces presidente de Pakistán, Yahya Khan. El 15 de julio de ese año, en una alocución televisada, Nixon anunció que había sido invitado a visitar Beijing por el Gobierno chino, y que él ya había aceptado, reduciendo así el margen de maniobra de quienes se oponían a esta idea en la Casa Blanca.

De esta manera, se convirtió en el primer mandatario estadounidense que visitó China. Años después, el presidente demócrata Barack Obama viajó a ese país asiático a mediados de noviembre de 2009 y después en septiembre de 2016 para la cumbre de países del G20. «Mi esperanza es que en el futuro, quizás como resultado del comienzo que hemos hecho con este viaje, muchos, muchos estadounidenses (…) tengan la oportunidad de venir aquí», dijo Nixon tras visitar la sección Badaling, la más representativa de la Gran Muralla China, construida en 1505.

El viaje del mandatario estadounidense presionó a la Unión Soviética, que en esos años mantenía una relación turbulenta con Beijing, y ayudó luego a Washington a salir de la Guerra de Vietnam, según opinaron algunos analistas.

«Ha pasado mucha agua bajo el puente desde la visita de Nixon a China. Pero es evidente que este acontecimiento se convirtió en uno de los legados más importantes del Gobierno de Nixon», dijo a Télam Patricio Navia, profesor de la Universidad de Nueva York y de la Universidad Diego Portales de Chile. Para este analista, «a Richard Nixon se le debe reconocer el proceso para que China se convirtiera en un actor importante en la nueva economía mundial y en los mercados internacionales».

«El mundo es un mejor lugar gracias a eso. Pero, como todas las cosas tienen consecuencias negativas y positivas, también tenemos que lidiar ahora con una China que es más poderosa e influyente en el contexto mundial y que crecientemente desafía la dominación que ha tenido Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría», afirmó el sociólogo peruano nacionalizado chileno.

En tanto, para el analista Gustavo Cardozo, profesor en Relaciones Internacionales de la Universidad Regional del Noroeste del estado brasileño de Rio Grande do Sul (Unijui), la «diplomacia del ping pong» abrió las puertas «a una nueva relación bilateral entre Estados Unidos y China, cuyo máximo exponente fue el viaje de Nixon a Beijing».

«Esa relación hoy necesita revitalizarse. Fuera del ámbito de cooperación del cambio climático, donde ambos países lograron sinergias, el resto de la agenda se transformó en espacios de competencia que ya supera la cuestión ideológica y plantea escenarios complejos en materia de seguridad, alianzas geopolíticas y tecnología», dijo el analista a Télam.

Cardozo opinó que durante medio siglo «el crecimiento económico de China fue tan progresivo como su rápido ascenso en la escala especializada, lo cual sentó las bases para la expansión y determinación de su diplomacia regional y desarrollo militar, además de la confianza en su propio sistema político».

«Esto último fue asumido como un fracaso para Washington, que en vano esperó que la apertura china al mundo pos-Mao (Tse Tung) sentara las bases de un país más cooperativo, democrático y funcional a sus intereses. Los escenarios globales han cambiado desde los 70 a la actualidad», recordó Cadozo.

En aquellos días, China, que había hecho una Revolución Cultural, signada por purgas ideológicas y violencia cercana a una guerra civil, estaba preocupada por un posible ataque militar por parte del Kremlin.

El viaje del presidente norteamericano fue un acontecimiento mundial, televisado en vivo, y años más tarde inspiró una ópera llamada «Nixon en China», del compositor norteamericano John Adams y de la poetisa Alice Goodman, estrenada en Ámsterdam, Holanda, en junio de 1988. Sin embargo, no fue un viaje perfecto para la Casa Blanca, pues Nixon tuvo que firmar una declaración conjunta en la que reconocía que «todos los chinos» estaban de acuerdo en que Taiwán es parte del territorio de China. Así y todo, Washington no aceptó un pedido de Beijing para que dijera en el documento que el Partido Comunista debería gobernar a la isla irredenta.

Después de la muerte de Mao, el 9 de septiembre de 1976, los chinos lanzaron profundas reformas de su economía con métodos de producción capitalista de la mano del líder Den Xia-ping (1978-1989), que encaminó a China a convertirse en una superpotencia mundial junto a Estados Unidos.

Telam

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