Revolucionó la escena pop global con el talento de su música y sus habilidades como bailarín. Pero reiteradas denuncias de abuso sexual salpican su memoria y la escucha de su obra.

No pudo ser. El 25 de junio de ese fatídico año Jackson murió en su mansión de California de una sobredosis accidental de propofol (un poderoso calmante opiáceo) provisto por su médico personal. Desde ese entonces fueron muchas las voces controversiales que sostuvieron la conveniencia de su valía como personaje de masas más muerto que vivo.
Hoy los números no fallan: desde su desaparición en el firmamento del mundo de la música sus discos triplicaron sus ventas, su imagen se revaluó y todo lo concerniente a su paso por el mundo de los vivos se volvió objeto de culto. Al día de hoy y según la plataforma Spotify, son más de 21 millones de oyentes mensuales quienes le dicen sí a Jackson. El número es significativo, sobre todo teniendo en cuenta que todos sus competidores de época están desaparecidos o sin relevancia en los mercados de ventas. De manera que Jackson aun después de una década de desaparición sólo compite con luminarias actuales del mundo de la música como Taylor Swift, Kanye West, Ariana Grande, Drake o múltiples artistas del mundo del R&B o nuevos géneros como el trap.
Hasta antes de sus acusaciones formales en 1993, lo llamativo de Jackson era su obsesión por blanquearse la piel, al mismo tiempo que sus ganas de transformarse en una suerte de Peter Pan viviente, razón por la cual su mansión (un espacio geográfico situado en California con parque de diversiones, estudios de danza, cine, televisión y un zoológico con animales exóticos) fue bautizada bajo el nombre de Neverland y a la que habitualmente concurrían menores de edad. Su elección por la compañía de niños menores fue la que despertó las sospechas de la prensa durante mucho tiempo, hasta que finalmente sería acusado de abusar de infantes en varias ocasiones de manera legal y sostenida en el tiempo.
A pesar de haber sido declarado inocente en un juicio a mediados de 2000, su figura ya no sería la misma en los años que vendrían más tarde, aunque su imán sobre las multitudes resultaría muy fuerte todavía. Fue con el lanzamiento de Leaving Neverland que su imagen post mortem mundial sufriría un efecto casi devastador, ubicándose muy lejos de la consideración popular y todo terreno que gozó en los años 80 y parte de los 90. Hoy todo se divide entre los que lo aman incondicionalmente y los que dejaron de hacerlo de manera definitiva.
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