Columna de opinión.
El binomio Lenin Moreno-Jorge Glas parecía perfecto: el primero era el símbolo de la preocupación de la Revolución Ciudadana por los últimos, gracias al éxito con el cual llevó adelante el proyecto nacional para las discapacidades; el segundo era el símbolo del cambio económico-industrial del país. Glas, en efecto, ha impulsado una importante aceleración al cambio de matriz productiva, necesaria para recuperar el gran retraso nacional y seguir en la realización del plan nacional para el Buen Vivir.
Pero Moreno en sólo tres meses rompe con Correa: lo acusa de haber sido un caudillo y de controlar la justicia y, también, destituye a Glas justo mientras este está siendo acusado de corrupción.
Asimismo, inaugura la administración del diálogo cediendo importantes nombramientos a la oposición en la nueva comisión sobre la corrupción (que no había necesidad de crear ya que existe una subsecretaria anticorrupción en el gobierno); como gerentes de los medios públicos y en algunas empresas públicas. Actuando así, podría parecer más conciliador que el confrontativo Correa, adquirir más consensos, pero de hecho deslegitima parte de su gobierno y legitima aquella oposición de derecha que fue instrumento de ejecución del Consenso de Washington en el Ecuador.
Llegando a este punto, quizás sin darse cuenta, Moreno está incluso diseminando dos importantes mensajes que sentarían las bases para el retorno del neoliberalismo individualista.
Por un lado, está infundiendo en la conciencia de las personas la necesidad de emprender un plan de austeridad a causa de la supuesta mala gestión económica, del despilfarro y la corrupción del gobierno Correa. De esta manera viabiliza las políticas restrictivas, anunciadas para septiembre, las bajas de los impuestos a los grandes empresarios, la reducción de derechos laborales y la entrega de la moneda electrónica a los bancos privados.
Por otro lado con sus incesantes mensajes de mejoramientos individual, parece querer inculcar aquellos mismos preceptos individualistas estadounidenses, logrando posicionar el concepto individualista según el cual el ser humano es el único responsable de sus miserias y de sus éxitos, denigrando la intervención pública al mero asistencialismo, imponiendo las bases para terminar culpando al pobre por su pobreza, al enfermo de su enfermedad y a los países subdesarrollados por su ineptitud.
Nada de todo esto parece responder a los preceptos revolucionarios del socialismo del siglo XXI y de la Revolución Ciudadana que ha ganado en las urnas, más bien parece seguir ese antiguo consejo de Mussolini a Hitler (justo antes de la noche de los cuchillos largos): No siempre debes de gobernar junto con quienes te han llevado al poder.
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