Representantes del Parlamento europeo se reunieron con organizaciones del campo argentino para debatir las consecuencias negativas que el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea traería al sector.

Desde la mirada de las organizaciones campesinas, el eje del encuentro estuvo puesto en cómo este tipo de tratados refuerzan un modelo agroexportador concentrado, con efectos directos sobre la soberanía alimentaria, las economías regionales y las condiciones de producción de pequeños y medianos productores.
Las organizaciones del campo que alimenta criticaron la forma en que este acuerdo profundiza el impacto negativo que desde hace tres décadas viene teniendo el modelo agroexportador en la región, con especial énfasis en la expansión de los agronegocios basados en cultivos transgénicos y el uso intensivo de agrotóxicos. Diego Montón, referente del Movimiento Nacional Campesino Indígena – Somos Tierra, advirtió que el uso de estos insumos creció “un 1500% en ese período, al tiempo que se registró el desmonte de 9 millones de hectáreas de bosques nativos, junto con un aumento sostenido de la pobreza rural y el endeudamiento”.
Para las organizaciones campesinas, estos datos son consecuencia directa de un modelo productivo “subordinado al capital financiero y a las grandes corporaciones transnacionales”. Según expresaron desde la MAA, ese mismo esquema es el que el acuerdo con la Unión Europea tiende a consolidar. “Mientras que a ambos lados del océano la agricultura familiar y la soberanía alimentaria serán aún más deterioradas”, señalaron.
Nahuel Levaggi de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Tierra (UTT) indicó que durante la reunión se advirtió sobre “el impacto negativo en las economías regionales, que quedarían expuestas a una mayor competencia desigual frente a productos europeos, y a la vez más presionadas a profundizar esquemas extractivos orientados a la exportación”. En ese sentido, el acuerdo es leído como un paso más en la especialización primaria de la región, con eje en complejos como la soja y sus derivados, donde operan las principales corporaciones globales del agronegocio.
Las críticas también alcanzan al plano normativo. Durante la reunión se discutió el posible impacto del acuerdo sobre la legislación en materia de semillas, un punto sensible para los pequeños y medianos productores. Las organizaciones advierten que podría reforzarse un marco jurídico favorable a la privatización de los recursos genéticos y al control corporativo de las semillas, “afectando prácticas históricas de reproducción e intercambio propias de la agricultura campesina”.
En este escenario, la MAA planteó que los principales beneficiarios del acuerdo serían “las empresas transnacionales, tanto del sector agroindustrial como del financiero, mientras que los perdedores serían los pueblos y la naturaleza”. La valorización financiera de los bienes naturales y la apropiación concentrada de la renta aparecen como ejes centrales de esa crítica.
Las posiciones de Aubry y Bricmont dialogan con estas preocupaciones. Ambas eurodiputadas forman parte de sectores que, dentro de Europa, también cuestionan el tratado por sus implicancias ambientales, sociales y económicas. La coincidencia con las organizaciones del campo argentino revela que el debate trasciende fronteras y pone en tensión el sentido mismo de los acuerdos comerciales en el contexto actual.
En paralelo a este encuentro, la delegación europea desarrolló una agenda institucional que incluyó reuniones con autoridades del Congreso nacional, la Cancillería argentina, organizaciones sindicales como la CGT y la CTA de los Trabajadores, y organismos de derechos humanos, en una visita que buscó recoger distintas miradas sobre el acuerdo.
Lejos de una discusión técnica o meramente arancelaria, lo que está en juego, según la perspectiva de las organizaciones campesinas, es el modelo de producción y alimentación. En esa disputa, el “campo que alimenta” advierte que el acuerdo Unión Europea–Mercosur podría profundizar un camino ya conocido: más concentración, menos productores y una creciente distancia entre quienes producen alimentos y quienes los consumen.
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