Adiós Antártida

Por: Eric Calcagno

El antecedente de lo que pasó en Sudáfrica con el oro y la amenaza a la soberanía nacional.

Parece que nunca recibió educación formal, aunque sabía leer y escribir. Por cierto, tenía esa rapidez política de pensamiento y reflejos que hacen a un hombre de Estado. Algunos lo llamarán intuición, otros dirán experiencia. Lo cierto es que cuando los ministros entraron al despacho alegrándose por el descubrimiento de vastos yacimientos de oro en el territorio propio de Witwatersrand, el Presidente sudafricano Kruger supo de inmediato que los días de Transvaal estaban contados. Era 1886. “Deberían llorar”, les dijo, “porque este oro será la causa que bañará en sangre a nuestra Nación”. Y así fue. De nada valieron los tratados firmados por los británicos que reconocían la independencia, ya que fueron derrotados en la primera guerra bóer (1880). Luego de que el británico Sir Cecil Rhodes intentara un golpe de Estado (nation-building, se diría ahora), estalló la segunda guerra bóer (1899-1902) que cumplirá la profecía de Kruger. Señalemos también que las tropas del Reino Unido establecieron campos de concentración para la población insurrecta, una importación de la guerra hispano-cubana. Frente al oro todos los tratados son hojas de papel.

Ojalá este antecedente histórico sirva para pensar qué significa el reciente descubrimiento por Rusia de reservas de petróleo en la Antártida. Los diarios del mundo ubican esos yacimientos en el sector británico. Aunque esta área es reclamada por Argentina y Chile, es apenas un detalle que la prensa occidental deja de lado. También parece ser ignorado por Diana Mondino, a cargo de las relaciones exteriores del régimen de Milei. Hubo un tiempo, quizás no tan lejano, cuando la publicación de noticias que vulneraran la soberanía argentina recibían una rápida respuesta. Las embajadas también están para eso, y suelen contar con funcionarios avezados en la defensa de nuestros derechos. “Defensa” y “derechos”, dos palabras que han desaparecido.

El Tratado Antártico fue firmado en 1959 por Argentina, Australia, Bélgica, Chile, la República Francesa, Japón, Nueva Zelandia, Noruega, la Unión del África del Sur (ahora República Sudafricana), la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (ahora la Federación de Rusia), el Reino Unido de Gran Bretaña y los Estados Unidos. El artículo primero establece que “la Antártida se utilizará exclusivamente para fines pacíficos. Se prohíbe entre otras, toda medida de carácter militar, tal como el establecimiento de bases y fortificaciones militares, la realización de maniobras militares, así como los ensayos de toda clase de armas. El presente Tratado no impedirá en empleo de personal o equipo militares, para investigaciones científicas o para cualquier otro fin pacífico”. Una redacción que es clara en la ambigüedad: ¿Cuál es el límite de lo pacifico o lo bélico cuando hablamos de militares? ¿O dependerá de la bandera de cada cual? ¿Rechazar la presencia de Rusia o China en la Antártida será considerado un fin pacífico para occidente?

En octubre de 1991 se firmó en Madrid un Protocolo al Tratado Antártico, cuyo artículo segundo reafirma a la Antártida como “una reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia”, así como prohíbe en el artículo séptimo “todas las actividades relacionadas con los recursos minerales excepto las que tengan fines científicos”. Está claro que explorar subsuelos marítimos y suelos continentales en la Antártida puede ser una actividad científica… pero ¿qué pasa si hay petróleo en tamaña cantidad? ¿Cuál es el límite de la ciencia y cuál es el alcance del interés económico?

En esa perspectiva, las vocerías globales de la OTAN –la famosa prensa libre- desde el principio achacaron a los rusos intenciones inconfesables, y por supuesto la violación del tratado antártico. Sin embargo, el Alexander Kaprinsky, el buque de Rosgeo (la institución rusa de exploración geológica) es similar a otras naves de la USGS (United States Geographical Survey) que relizan las mismas tareas. Digamos también que la posibilidad de explotación de la Antártida, rica en petróleo, ya lo sabemos, pero también en minerales de toda índole, ha sido estudiada por lo menos desde los años ochenta.

Estudios de la Universidad de Princeton ya por entonces establecían las pautas para el negocio hidrocarburifero, bajo qué condiciones y de qué manera. Por su parte, el Australian Civil Military Center (ACMA, creado en 2008) publicó en 2019 un plan hasta 2050 para asegurar los intereses de seguridad nacional en la Antártida frente a la amenaza china. O eso dicen. No olvidemos al Reino Unido, que creó un “área protegida de navegación y pesca” en torno a las islas usurpadas. No sólo ocupa mar argentino, sino que viola la Comisión para la Conservación de los Recursos Marinos Vivos Antárticos (CCAMLR), un tratado de 1982 firmado por 27 países, entre ellos Gran Bretaña. El silencio de Mondino es atronador, otra vez. Todos los tratados son hojas de papel… pero qué importa mientras Sir Cecil Rhodes esté contento.

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