El creador de clásicos como “Rolando Rivas, taxista” transformó la forma de contar historias románticas en la TV argentina y dejó una marca que todavía atraviesa la ficción local.

Migré no solo fue un prolífico libretista: fue un arquitecto del melodrama moderno en la Argentina. Desde el radioteatro hasta la televisión, su trabajo ayudó a consolidar un género que marcó la vida cultural del país durante décadas. En los años setenta, cuando sus historias dominaban la pantalla, las ficciones podían superar los 40 o 50 puntos de rating y organizar la rutina de una sociedad entera.
Uno de los gestos más recordados de Migré fue introducir el “voseo” en los diálogos románticos, algo que hoy parece natural pero que en su momento fue una ruptura. Hasta entonces, las telenovelas reproducían un español neutro y formal en el que los personajes se hablaban de “tú”.
Migré decidió que los protagonistas hablaran como lo hacía la gente en la calle. Ese cambio aparentemente pequeño alteró el tono de las historias: el amor televisivo empezó a sonar más cercano, más cotidiano y más argentino.
Ese realismo lingüístico formaba parte de una concepción más amplia del género. Sus novelas no eran únicamente romances: incorporaban conflictos sociales, tensiones de clase, discusiones morales y temas que atravesaban la época.
La consagración masiva llegó en 1972 con Rolando Rivas, taxista, protagonizada por Claudio García Satur y Soledad Silveyra. La historia de amor entre el taxista de barrio y la joven de familia acomodada se transformó en un fenómeno cultural.
Cada semana, la emisión paralizaba el ritmo cotidiano: se decía que los taxis desaparecían de las calles durante el capítulo y que las conversaciones del día siguiente giraban alrededor de lo que había pasado en pantalla.
Después llegaron otros éxitos que confirmaron su lugar central en la ficción televisiva: Pobre diabla, Piel naranja, Pablo en nuestra piel o Una voz en el teléfono. En muchas de esas historias brilló el actor Arnaldo André, uno de los intérpretes más asociados al universo del autor.
Pero la eficacia de esas tramas no se limitaba al romance. Migré construía personajes secundarios complejos, conflictos morales y tensiones sociales que daban densidad al relato. La telenovela se convertía así en un espejo emocional de la sociedad argentina.
Migré defendía una idea hoy casi desaparecida: la del autor como figura central de la televisión. Escribía solo, con una disciplina feroz que podía extenderse hasta 16 horas diarias frente a su máquina de escribir.
No confiaba demasiado en los equipos de guionistas. Para él, dos escritores ya eran “multitud”, porque cada uno hacía hablar a los personajes de una manera distinta. Esa obsesión por el control narrativo se reflejaba en sus libretos, donde no solo figuraban los diálogos sino también las emociones, los silencios y las indicaciones de escena.
Muchos actores recuerdan que no se podía modificar una sola palabra de sus textos. Esa precisión era parte del mecanismo que convertía sus historias en relatos de enorme eficacia dramática.
Otro rasgo que definía su obra era el manejo del tiempo narrativo. En las telenovelas de Migré el deseo no se resolvía rápidamente: se construía a través de la espera. El beso final, el encuentro entre los protagonistas o la resolución del conflicto podían demorarse durante semanas. Esa demora generaba expectativa y conversación social: el capítulo se comentaba en la mesa familiar, en el trabajo o en la escuela.
La televisión de entonces no era un consumo individual sino una experiencia colectiva. El público aguardaba el episodio siguiente, compartía teorías y se involucraba emocionalmente con los personajes.
La televisión de los años noventa y dos mil fue desplazando ese modelo. La lógica industrial cambió, aparecieron equipos de guionistas y el protagonismo del autor se diluyó. Migré fue muy crítico de esa transformación y durante sus últimos años lamentó que la figura del libretista hubiera perdido centralidad.
Sin embargo, su legado permaneció. Muchas de sus historias se exportaron a otros países, se adaptaron o fueron reversionadas. Y su forma de construir el melodrama dejó una marca profunda en la ficción latinoamericana. Hoy, en un escenario dominado por plataformas y consumo a demanda, el recuerdo de Migré también evoca una manera distinta de experimentar la televisión: cuando el amor tenía horario, el suspenso se dosificaba capítulo a capítulo y millones de espectadores compartían la misma espera.
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