El alemán que pintó lo que el Imperio no quería

La obra de Rugendas es también un retrato completo del Brasil imperial temprano.

Antes que los mapas, antes que los tratados y mucho antes que los drones que hoy sobrevuelan canoas y matorrales, la Amazonia se dejaba conquistar sólo por el asombro. Johann Moritz Rugendas llegó en 1822, con la ambición de retratar esa tierra de enigmas, justo en el instante en que Brasil estrenaba libertad política pero conservaba el peso de las cadenas. Ese joven, de 19 años y mirada inquieta, atravesó campamentos mineros, aldeas indígenas y mercados de esclavos en busca de verdades que los discursos oficiales preferían tapar detrás de banderas recién bordadas.

Sus dibujos fueron más que registros: fueron una radiografía de un país en metamorfosis, un espejo incómodo donde la belleza y la miseria compartían el mismo encuadre. Y ahora, dos siglos después, la selva aún guarda esas mismas contradicciones, en una frontera donde Brasil se asoma a Francia.

UNO. Johann Moritz nació en Augsburgo en una familia para la que pintar era un acto cotidiano, como abrir una ventana. Creció entre pigmentos, lienzos y pinceles, donde aprendió sin esfuerzo que el detalle como la mirada fugaz de un desconocido podía contar más historia que una gran escena heroica.

En ese 1822 que venía con olor a pólvora y a café recién molido, Brasil se plantó el 7 de septiembre con un gesto mitad teatral, mitad político. El príncipe Pedro de Braganza, heredero del trono portugués y dueño de un peinado que no se le movía ni con huracán, se paró a orillas del río Ipiranga y largó el famoso “¡Independencia o muerte!”. Aplausos, vítores, algún perro ladrando de fondo. Al minuto ya era Pedro I, emperador del flamante Imperio del Brasil.

Claro que la independencia fue como esos divorcios en los que uno se queda con la casa, los muebles y hasta con la suegra: el país nació monárquico y bien conservador, con la administración, el ejército y las élites calcados de la vieja colonia. Cambiaron el nombre del club, pero los socios eran los mismos y la cancha seguía en el mismo barrio.

Ese mismo año, Rugendas desembarcó en Río, una capital que mezclaba el boato imperial con el bullicio portuario. Ahí lrecibió la invitación del cónsul ruso para unirse a la expedición científica del barón Georg Heinrich von Langsdorff, cuyo mandato era ambicioso: cartografiar y documentar el corazón verde del continente, desde la costa atlántica hasta el Amazonas profundo. Pero Rugendas, más explorador que subordinado, se apartó pronto del itinerario oficial. Prefirió recorrer por cuenta propia aquel Brasil que respiraba modernidad en las plazas de la corte y esclavitud en los cafetales.

DOS. La independencia brasileña no implicó un cambio inmediato en la estructura social. La economía, basada en la exportación de azúcar, café, cacao y oro, dependía del trabajo forzado de más de un millón de esclavos —la más grande del continente en ese momento. El Imperio mantuvo la esclavitud como pilar económico hasta 1888, año en que la princesa Isabel firmó la Lei Áurea, que la abolió sin indemnización a los dueños. De hecho, Brasil fue el último país de América en hacerlo. En la Amazonia de 1822, el control de Río de Janeiro era más aspiracional que real. Más allá de unas pocas guarniciones costeras, gran parte del territorio estaba organizado según leyes no escritas: las de las comunidades originarias o las de los aventureros que imponían su voluntad en un puerto y podían desaparecer en el siguiente.

Ese escenario de desconexión era un paraíso para un observador como Rugendas. Sus apuntes recogen tormentas tropicales que devoraban la luz en minutos, canoas cargadas de caucho antes de que el caucho fuera “oro blanco”, y el instante preciso en que un niño esclavo dejaba su dinero para mirarlo dibujar, como si quisiera fijar en su memoria al único hombre que había mirado su rostro sin dar órdenes. De regreso en Europa, Rugendas llevó su trabajo al taller del alsaciano Godefroy Engelmann, maestro de la litografía, técnica que permitía multiplicar imágenes con gran calidad. Entre 1827 y 1835 publicaron su monumental Voyage Pittoresque dans le Brésil, con cerca de un centenar de láminas que combinaban paisajes, retratos, arquitectura y escenas populares.

Lo extraordinario de ese álbum no era solo la técnica o la composición, sino el equilibrio incómodo: junto a la postal idílica de la bahía de Guanabara aparecía la fatiga de un esclavo que cortaba caña, o una anciana indígena de pie, con la dignidad de quien carga siglos de resistencia.

Por eso la obra de Rugendas es doble filo: uno de los retratos visuales más completos del Brasil imperial temprano… y, al mismo tiempo, un cartel luminoso que avisa que la belleza tropical venía en combo, y el combo incluía desigualdad, injusticia y violencia estructural.

TRES. La Amazonia de Rugendas es también un antecedente de las tensiones geopolíticas que perduran. Hoy, Francia y Brasil comparten una frontera de 730 kilómetros entre el estado brasileño de Amapá y la Guayana Francesa. No es una línea cualquiera: es la única frontera terrestre de Francia con un país lusófono y la única que la Unión Europea mantiene en territorio sudamericano.

Históricamente, esta región fue objeto de disputas coloniales entre portugueses, franceses, neerlandeses y españoles. El conflicto más famoso, conocido en Brasil como Questão do Amapá, se zanjó recién en 1900 mediante un arbitraje internacional que dio la razón a Brasil frente a París, después de enfrentamientos armados.

En el siglo XIX, Argentina seguía con atención esta frontera indirecta: el control europeo en Guayana significaba que potencias extraamericanas conservaban bases en el continente, lo que desafiaba el espíritu de la Doctrina Monroe (1823), que proclamaba “América para los americanos”..

Es probable que Rugendas nunca imaginara que esos retratos rápidos a lápiz y acuarela serían, dos siglos después, fuente histórica. Entre cada trazo suyo late un pacto íntimo: no embellecer hasta mentir, no reducir la escena a pura denuncia, sino atrapar la complejidad.

En esas láminas está todo junto, como en una olla donde nadie se puso de acuerdo: la fiesta y el látigo, el tambor y el catecismo, la sonrisa y la fiebre. El Brasil que nace y el que se pisa la cola, el que zapatea mientras, a dos metros, otro suda con grilletes en los tobillos.

Y la Amazonia… bueno, la Amazonia nunca se dejó agarrar ni de la mano. Ni emperadores, ni presidentes, ni iluminados la domaron del todo. Rugendas lo olfateó enseguida: lo más que se puede hacer es mirarla, con el asombro humilde de quien entiende que, a veces, un trazo se banca más años que cualquier bandera.

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