Hoy se cumplen 81 años del día en que la autora argentina decidió arrojarse al mar para no sufrir los padecimientos de la enfermedad que le habían diagnosticado. En esta nota, un homenaje a ella, que con su muerte voluntaria pasó a integrar el nutrido grupo de escritores argentinos y extranjeros que optaron por la muerte voluntaria.

“Los hombres crean porque se saben incompletos, inventan para llenar esa carencia…”, afirma Pérez Rojo, y aclara que “solo los más radicales son los que se atrevieron a poner el pie en la hoguera”… y un buen día deciden que todo lo que han escrito pierde su sentido, o quizás solo intuyen que le podrán otorgar un sentido recurriendo al suicidio, la culminación trágica de su obra.
Si bien es muy difícil establecer en forma categórica un vínculo entre escritores y suicidas, llama poderosamente la atención la cantidad de autores que padecieron afecciones mentales. “El viaje de la creatividad es azaroso”, nos dice el psiquiatra, “y se necesita una estructura interior fuerte para que el viaje sea de ida y vuelta, y no solo de ida”.
En cada uno de ellos está elegir su forma de concluir el viaje. John Kennedy Toole, Anne Sexton, el polaco Tadeusz Borowski, y Sylvia Plath, eligieron el gas como vehículo.
Curiosamente Borowski se había salvado de morir en las cámaras de Auschwitz, y Plath, antes de poner la cabeza en el horno, había preparado la comida para sus hijos.
Emilio Salgari, Nicolas Chamfort y Ernst Weiss se abrieron las venas, y Ernest Hemingway, Mariano José de Larra, Sándor Márai y Vladímir Maiakovski, recurrieron a un arma de fuego para poner fin a sus días.
Gérard de Nerval y Foster Wallace optaron por ahorcarse.
Arthur Koestler y Stefan Zweig prefirieron los barbitúricos, pero lo hicieron en un viaje de a dos, con sus compañeras. Kenneth Halliwell también recurrió a los psicofármacos después de haber matado a martillazos a su amante, el escritor británico Joe Orton.
El suicidio más espectacular fue, sin duda, el de Yukio Mishima, quien optó por el seppuku (o harakiri) en la mejor tradición japonesa.
No le faltaron suicidios a las letras argentinas, Horacio Quiroga optó por el cianuro mientras estaba internado en el Hospital de Clínicas para ser tratado de un cáncer. Leopoldo Lugones solo se limitó a comentar despectivamente “se mató como una sirvienta”, porque era el cianuro una forma barata de matarse, aunque los espasmos finales fuesen insoportables.
No se imaginaba la gente, por entonces, que poco después Lugones recurrirá al alcohol y barbitúricos en un hotel del Tigre para poner fin a un trágico romance otoñal.
Alfonsina Storni, una gran amiga de Quiroga, despidió a su amigo con un verso
Morir como tú, Horacio, en tus cabales
Y así como en tus cuentos, no está mal
Un rayo a tiempo y se acabó la feria
Allá dirán.
Quizás Alfonsina intuía que en su cuerpo se generaba el mal que habría de conducirla por la misma senda.
Operada de un cáncer de mama, Alfonsina rechazó la ayuda que le ofrecía Salvadora Medina Onrubia para afrontar el tratamiento de radioterapia. Storni fue a una sola sesión y después decidió labrar su muerte como quien depura las palabras de un poema.
Viajó a Mar del Plata, donde escribió su último poema, “Voy a dormir”. Despachó dos cartas para su hijo, una de ellas dictada a una empleada del hotel donde se hospedaba.
El 25 de octubre salió temprano de su habitación, y saltó al mar desde un espigón. El lugar exacto quedó marcado porque uno de sus zapatos quedó aprisionado entre los hierros de la rambla.
Sin embargo, la estatua que se levantó con los dineros de sus amigos del Café Tortoni, no se emplazó en ese lugar, sino en lo alto de la barranca, para darle visibilidad. Esta obra de Perlotti no es la imagen de la poetisa, sino un simbolismo donde puede leerse algunos versos de “Dolor”. Originalmente la obra estaba de espaldas al mar, pero al trasladarse al lugar que hoy ocupa, se corrigió tal disposición.
Alfonsina se había alojado en un hotel de la calle 3 de febrero 2861 (entre Irigoyen y Mitre) de su amiga Luisa Orioli de Pizzigarni. Era una casa como las de antes, donde todos los cuartos daban a un patio central. Fue demolida años después y convertida en un albergue transitorio. Quizás haya sido este un mensaje encriptado porque Alfonsina, Quiroga y también Lugones sabían que el amor siempre tiene algo de corsario.
*Historiador, autor del sitio Historia Hoy y director de Olmo Ediciones.
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