
Del mismo modo elegiría eternamente a aquel economista que pudiera modificar una de las más perversas usanzas nativas: que cualquier operación de compra o venta de importancia significativa deba liquidarse en dólares. Pienso que este debería ser el capítulo inicial del libro sobre la tan mentada batalla cultural, imaginado y firmado por alguien, que desafíe sin prejuicios ni compromisos políticos y le falte profundamente el respeto a la divisa norteamericana. Con idéntico entusiasmo ungiría entre mis favoritos al especialista que recuperara con certeza las aguas del Riachuelo. Y apartara del papelón a aquellos antecesores que prometieron su limpieza en vano. ¿Cuántos más de los mil días abusivamente planteados como plazo en alguna ocasión ya pasaron y el saneamiento sigue teniendo entidad de fantasía? Y, por qué no, de paso, encarar la posibilidad de curar las agüitas del Río de la Plata que durante décadas fueron espacio de recreo y esparcimiento para millones de personas. Si, por lo que fuera, un proyecto semejante tuviera carácter de impracticable, volvería a una idea incumplida de María Elena Walsh. Inolvidable por su obra poética y musical, ella se fue de este mundo acicateada por cercanos que veían en la cantautora a una magnifica (por entonces) intendenta porteña. Ella acariciaba el propósito de convertir a la 9 de julio en una línea de agua y que cada barrio porteño contara con una pileta de natación pública para paliar los veranos rigurosos, como este que estamos soportando. Fina ironista, es de imaginar que hubiera dicho del actual alcalde capitalino que allí donde ella fantaseaba con una sofisticada Venecia ciudadana el plantó para siempre un metrobús o que propuso como natatorio un engaña pichanga, pintado en el suelo de color azul y sin una gota de agua para que los chicos pudieran tirarse estilo bomba, como a ellos les gusta.
Problemas de gestión, de desidia, de ese auténtico oxímoron que es la llamada voluntad política (que, a fin de cuentas, no es ni una cosa ni la otra) contribuyeron sistemáticamente a que haya menos jardines, escuelas, institutos educativos y vacantes que el sentido común exige y la ciudadanía demanda. En idéntica dirección celebraría que un Estado presente le diera escolaridad, apoyo de salud y trabajo genuino y formal a travestis y trans y a cartoneros a los que se pretende conformar con el eufemismo “recuperadores urbanos”. Así como ya tenemos claro que ninguna mujer nació para prostituirse, aceptemos de una vez que nadie nació para sobrevivir recogiendo lo que muchos tiramos a la basura. Un tema lleva a otro. Los que se quedaron sin nada y su refugio nocturno es la dura calle no cuentan con edificios estatales desde los que puedan empezar a rearmarse o, al menos, poder descansar dignamente y recibir contención. Los hospitales públicos están llenos de profesionales admirables (con demasiada frecuencia muy mal remunerados) que volvieron a demostrar vocación y entrega durante la pandemia. Esos centros médicos, probablemente únicos en la región, son eficaces, gratuitos y sirven a sectores importantes de la población, pero podrían ser de ensueño si los horarios de atención de cada jornada fueran más amplios y si obtener un turno para una intervención especial no se prolongara durante meses en modo dramática odisea. Cuánta necesidad de ir descubriendo aspirantes políticos que se dejen abrazar y vuelvan propios a estos temas, presuntamente, menores. Aunque, para mi gusto, de una importancia gigantesca.
Alguien podrá alegar que ninguna de las contingencias apuntadas, son comparables al daño que provocan los destratos de un sistema judicial en donde jueces operan a la manera de partidos políticos, tardan años para desentrañar entre el bien y el mal y en numerosos casos terminan equivocándose, sin que nadie logre hacerles pagar sus errores. O frente a la acción permanente de una oposición que solo propone encerronas y que se especializa en correr el arco permanentemente, propiciar daños psicológicos y morales y no dejar gobernar. Tal vez estén en lo cierto que todo lo aquí planteado no sean otra cosa que burbujeantes inocentadas, coloridas ilusiones propias de un cambio de año. Pero darle lugar en estos tiempos a ciertos pensamientos, así de simples y sencillos, resulta muy necesario, para, como decía el siempre recordado Jorge Guinzburg , “volver a darle una oportunidad al milagro”.
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La foto deberia ser de Milagro Sala que hizo realidad efectiva las piletas en el desierto o de Evita o de Cristina que ruega también en el desierto por el fin de la economía bi monetaria. El porteñismo goriliza a cualquiera