“Amarga Navidad”, lo nuevo del español, fue ovacionado y aparece como uno de los candidatos al máximo premio. Entre thrillers existenciales, dramas políticos y ciencia ficción coreana, el certamen suma títulos que buscan marcar el pulso de una edición todavía abierta.

Amarga Navidad continúa la línea autobiográfica más directa que el realizador de Todo sobre mi madre empezó a delinear con Dolor y gloria. A diferencia de aquel film más directo, este juega a dos puntas, yendo y viniendo entre la historia de un realizador llamado Raúl (Sbaraglia) que bien podría ser el mismo Almodóvar, y la de otra cineasta, llamada Elsa (Lennie), que en realidad es la protagonista de un guión que Raúl va escribiendo mientras mira a su alrededor en busca de inspiración.
Así que, por un lado, lo que contará la película que se estrena en Argentina el 28 de mayo, son los problemas de esta tal Elsa que sufre ataques de ansiedad ligados a un trauma familiar mientras busca inspiración para escribir un nuevo film. Y, por otro lado, lo que Raúl vivencia a su alrededor —con su vida personal y creativa, con su relación de pareja y la que tiene con su asistente, que renuncia tras décadas trabajando con él— y que va trasladando a su guion, generando ecos entre una y otra parte del relato.
Es un film que recuerda a clásicas películas de Almodóvar en plan broma interna y que tiene como tema central la manera en la que los artistas —en este caso, directores de cine— funcionan muchas veces como vampiros del mundo que los rodea, “chupando” las historias de amigos, amores y conocidos y nutriéndose de ellas para crear ficción, muchas veces sin pedir permiso ni medir daños o consecuencias. A su modo, Amarga Navidad funciona como una mezcla de autocrítica y reflexión sobre el trabajo del artista. Y si bien es una película que no está al nivel de las mejores de Almodóvar, bien puede servirle para alcanzar esa deseada Palma de Oro.
La película “parteaguas” de Cannes parece ser Fjord, del realizador rumano Cristian Mungiu. El director de 4 meses, 3 semanas y 2 días filma por primera vez fuera de su país (en Noruega, más precisamente) y con un elenco internacional encabezado por un irreconocible Sebastian Stan y Renate Reinsve, la actriz de Valor sentimental.
Lo que cuenta son las peripecias de una familia rumana religiosa que se va a vivir a un pequeño pueblo de Noruega y allí se enfrentan a un claro choque cultural entre sus costumbres conservadoras y las más progresistas del estado noruego. Acusados de violencia contra sus hijos —porque admiten darles de vez en cuando unos chirlos en la cola—, les quitan su tenencia y con eso se da inicio a un juicio que enfrenta a lo que ellos consideran un estado que invade la vida privada de la gente y los fanáticos religiosos que quieren que se respeten sus tradiciones, por más que no sean bien vistas por “la cultura woke”.
En su virulenta crítica a la presencia del Estado en lo que respecta a cuidar a las infancias, Fjord se revela como una película casi libertaria en su filosofía política, algo llamativo en el contexto en el que se estrena. Otros, sin embargo, no lo han visto así y la consideran una crítica a los excesos de la corrección política europea. Sea como sea, tampoco es un film demasiado convincente por sus propios medios. Casi todo en él suena falso, calculado, puesto para generar controversia. Y lo está consiguiendo.
El director Arthur Harari (más conocido por ser el guionista de Anatomía de una caída) presentó aquí la enigmática La desconocida. En este film de suspenso psicológico, casi existencial, lo que se cuenta es la experiencia de David Zimmerman, un fotógrafo perturbado y deprimido que, tras consumir una droga y tener sexo con una mujer que lo obsesionaba desde que la vio por primera vez, se despierta transformado en ella.
Este tipo de trama, que dio para muchas comedias hollywoodenses de cambio de identidad, se presenta acá desde un ángulo más misterioso y enigmático, mientras David, ahora mujer (Léa Seydoux), intenta acostumbrarse a su nuevo cuerpo, buscar qué le pasó al suyo y tratar de ver si puede revertir el extraño proceso en el que está metido. Una película fascinante, tan rara como inquietante.
Más cercano al drama político pero estructurado como un policial negro, Minotauro, del director ruso Andrey Zvyagintsev (director de Leviathan), es una remake del clásico thriller La mujer infiel, que el francés Claude Chabrol filmó en 1969. Lo que se cuenta aquí es la vida de una familia burguesa en Rusia que se resquebraja, por un lado, porque el empresario se ve obligado a enviar parte de su fuerza laboral a la guerra en Ucrania mientras otros empleados se han ido del país. Y, principalmente, porque su aburrida y deprimida mujer empieza a tener un affaire amoroso con un fotógrafo.
Cuando su marido se entera, bueno, las cosas se pondrán más que complicadas. La diferencia de Minotauro con las anteriores versiones de la misma historia (Hollywood ya hizo una remake en 2002 también, con Richard Gere, titulada Infidelidad) es que aquí la política rusa, los negociados y la corrupción ingresarán en la historia policial de maneras que no estaban en las anteriores versiones. Se trata de un policial sólido, grave y oscuro, de lo más accesible que ha hecho el cineasta ruso.
En este contexto de cine de autor, la película más curiosa de la competencia, hasta ahora, es Hope, de Na Hong-jin, un film de acción y ciencia ficción coreano que poco y nada tiene que ver con el tipo de cine que habitualmente se ve en este tipo de festivales.
Se trata de la primera parte de una saga muy influenciada por Mad Max en la que seguimos a un policía y a un grupo de gente luchando contra unas gigantescas y veloces criaturas, cuya aparición en el planeta es inicialmente misteriosa, y que devoran y destruyen todo a su paso. Un film de acción constante y de una intensidad abrumadora que, pese a un guión no demasiado consistente, seguramente funcionará muy bien en las salas de cine. Quizás no se lleve premios aquí, pero el público responderá.
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