¡Alto, no me peguen, soy Papá Noel!

Por: Mónica López Ocón

El señor vestido de rojo se meterá en pocos días por las chimeneas de nuestras casas o por las ventanas. Cuidado, no viene a robar, sino todo lo contrario, a dejarnos un regalo como lo hace desde hace tanto tiempo. Historia del gordito barbudo que nació en Turquía y se mudó al Polo Norte.

Son tiempos duros para entrar por la chimenea con una bolsa. Cualquier vecino desprevenido podría confundirlo con un trineochorro, llamar a la policía y, mientras llega, convocar a otros para hacer “justicia» por mano propia. Este año, la ventaja que tendrá en Argentina es que su bolsa de regalos será ultraliviana y así podrá correr más rápido y alcanzar el trineo si es que la grúa no le llevó los renos por dejarlos mal estacionados. En tiempos venideros por lo menos tendrá la ciudad desbordante de parquímetros para estacionar sin riesgos.

Lo cierto es que el gordo es muy hábil y tiene un alto poder de convocatoria. Todo el mundo protesta por las Fiestas, pero cada 8 de diciembre arma el arbolito y, con mayor o menor esperanza, se pone a esperarlo. La tradición es más fuerte que todos los contratiempos personales, políticos y sociales, aunque la costumbre de recibir a Papá Noel que conocemos hoy, medida en tiempos históricos, es bastante reciente. Si bien San Nicolás, quien fue inspiración para el Santa Claus de hoy vivió en el siglo IV, su metamorfosis comenzó en la primera mitad del siglo XIX.

Según dicen, el santo del siglo IV, que vivía en Turquía y no en el Polo Norte, además de hacer milagros, tenía un gran sentido práctico. En la diócesis de Mira un padre acosado por la miseria decidió entregar a sus tres hijas vírgenes a la prostitución.  Enterado del hecho, San Nicolás les envió a través de la chimenea una buena cantidad de monedas de oro dentro de una bolsa para que desistieran de llevar a cabo su decisión.

Uno de sus mayores milagros, también se relaciona con la Navidad actual que encabeza la emblemática figura de Papá Noel. Tres niños habían sido asesinados y arrojados dentro de un barril de sal. San Nicolás les devolvió la vida, es decir, les hizo el mayor regalo que alguien puede recibir y se convirtió así en el patrono de los niños. Con el tiempo y la merma de santos milagreros, aquel regalo enorme se transformó, en los mejores casos, en un autito a pila, una muñeca, un camión volcador. Para muchos chicos de la Argentina y del resto del mundo, sin embargo, no hubo cambios. Recibieron la vida y los gobiernos antipopulares decidieron que con eso les alcanzaba y les sobraba.

El nombre de santo del siglo IV, Nicolás, significaba “protector y defensor de los pueblos”. Por eso era invocado durante las tempestades, incendios y hambrunas y el pueblo le levantó más de dos mil templos en todo el mundo. De haber vivido hoy, muchos lo calificarían de vulgar populista, instigador de fiestas con aire acondicionado y protector de ñoquis.

En los comienzos del siglo XIX la mitra y el atuendo de obispo de San Nicolás fue reemplazado por el gorro y el abrigo, pero el color de su ropa variaba de representación en representación. Hasta 1931 cada artista lo dibujaba a piacere. Fue alto y delgado y también pequeño y con aspecto de duende. Llevó ropas de distintos colores y chaquetones de piel. También se lo vistió de rojo.

En 1920, apropiado por la gran corporación Coca Cola, apareció por primera vez en un aviso de la marca publicado en The Saturday Evening Post. En esa ocasión el ilustrador fue Thomas Nast, y durante algunos años CocaCola siguió contratando dibujantes que no variaron el color rojo de su ropa, pero siguieron presentándolo de formas diversas. Su imagen se estabilizó en 1931 cuando la firma contrató al dibujante Haddon Sundblom para que hiciera una representación que fuera verosímil pero no exenta de magia. El encargo implicaba que el público debía percibir la alegría de Papá Noel por tomar Coca Cola.

Sundblom se inspiró en un largo poema de Clement Clark Moore, un autor del siglo XIX que comienza así: “Fue la noche antes de Navidad, cuando toda la casa estaba en silencio / Ninguna criatura se movía, ni siquiera un ratón;/ Las medias habían sido colgadas en la chimenea con cuidado, / Con la esperanza de que San Nicolás pronto estuviera allí; / Los niños estaban acurrucados todos cómodamente en sus camas…” En esta escena está contenida una escena navideña que cualquiera puede identificar con la Navidad actual. El aviso tuvo un éxito resonante y Santa Claus se convirtió casi en un superhéroe de los chicos.

Como sucede en todos los aspectos de la vida, también en el origen de Papá Noel se mezclan la Biblia y el calefón, la gran corporación y la poesía. Quizá por esta razón fueron muchos los escritores que hicieron relatos de Navidad y que le dieron un giro literario a Santa Claus.
Charles Dickens que vivió y murió en el siglo XIX, no conoció la figura que terminó de delinear Coca Cola, pero escribió Cuento de Navidad indignado por la explotación infantil en las fábricas que florecían en Inglaterra al ritmo de la Revolución Industrial. En ese cuento el viejo y miserable explotador Scrroge es visitado por el fantasma de su antiguo socio y por otros espectros que le muestran de manera inequívoca todo los errores e injusticias que cometió en su vida. Lamentablemente, la redención de los explotadores sólo tiene lugar en una literatura como la de Dickens.

Desde Truman Capote a Dylan Thomas escribieron relatos de navideños. Desde Lope de Vega a César Vallejo hicieron poemas sobre la fecha en que nació el niño Jesús. Pero fue J.R.R. Tolkien quien tomó la identidad de Papá Noel para escribirles cartas a sus hijos que les dejaba en los rincones de la casa al llegar la Navidad. Todas llegaban desde el Polo Norte e incluían dibujos del propio Tolkien.
Las cartas comenzaron en 1920, cuando el mayor de sus cuatro hijos, John, por tener sólo tres años aún no estaba en condiciones de leerlas. En los dibujos el personaje navideño ya iba vestido de rojo y con el gorro y la chaqueta con que se lo conoce hoy. Con el tiempo, Tolkien le inventó un acompañante al solitario hombre de los regalos, el Oso del Polo Norte, personaje que le permitía narrar aventuras más complejas.
La primera carta dice así:
“Hogar de Papá Noel, Polo Norte, 22 de diciembre de 1920

Querido John: Me he enterado de que le has preguntado a tu papá cómo soy y dónde vivo.He hecho un autorretrato y he dibujado mi casa. Guarda bien el dibujo. Ahora mismo me marcho a Oxford con el saco lleno de regalos (algunos para tí). Espero llegar a tiempo: esta noche la nieve es muy espesa en el Polo Norte. Con cariño, Papá Noel.”

Como se ve, Santa Claus resistió los embates del tiempo, de las corporaciones, del realismo socialista, de los defensores de la verdad a ultranza, del consumismo, de la pobreza, del escepticismo. Además, sutilmente, desde la infancia nos entrenó al mismo tiempo en el goce de la fantasía y la espera y en las amarguras de la decepción.

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