La adecuación de la histórica Doctrina Monroe, ahora interpretada por el Colorario Trump, es hoy descarada.

La adecuación de la histórica Doctrina Monroe ahora interpretada por el Colorario Trump, es hoy descarada. Ya no se presenta bajo el lenguaje de la cooperación, la democracia o el desarrollo, sino como una afirmación cruda de poder hemisférico. Ese viraje no nace de la fortaleza, sino de la debilidad. EE UU perdió capacidad de influencia en Asia frente al avance de China, el crecimiento de India y el rol estratégico de Rusia. A eso se suma la consolidación de los BRICS como articulador del Sur Global y la decisión de Trump de tomar distancia de Europa. En ese escenario, el mundo dejó de ser un tablero controlable para Washington.
En América Latina, EE UU necesita decidir sobre los recursos naturales, las políticas económicas y los rumbos políticos. Pero hay un factor central que explica la urgencia: la creciente presencia china en la región. El problema para Washington es que ya no tiene nada para ofrecer a cambio de un alineamiento incondicional. Donde antes funcionaba la lógica de “la zanahoria y el palo” —promesas de inversión y castigo en caso de desobediencia— hoy sólo queda el palo.
China, en cambio, propone inversiones, financia obras de infraestructura y establece vínculos comerciales concretos. Estados Unidos, debilitado, responde con fuerza militar. La nueva doctrina lo dice sin rodeos: para seguir siendo un actor decisivo deberá usar cada vez más brutalmente la violencia.
La aplicación de esta estrategia fue inmediata sobre Venezuela. Se necesitaba frenar una experiencia alternativa y, al mismo tiempo, garantizar el acceso a un recurso histórico y codiciado: el petróleo. Los argumentos utilizados para justificar la intervención se cayeron uno por uno. El propio Departamento de Justicia estadounidense dictaminó, horas antes de la invasión, que el supuesto “clan de los Soles” no existía. Tampoco hubo referencias posteriores a la democracia ni a los derechos humanos. En las declaraciones que siguieron a la invasión, sólo se habló de petróleo.
La gravedad del hecho es histórica: por primera vez un soldado norteamericano pisa territorio sudamericano en una acción de este tipo. Se violó la inmunidad presidencial, el derecho internacional y la inmunidad territorial. No hubo guerra declarada, pero sí secuestro de un presidente en ejercicio.
El objetivo de Estados Unidos no se cumplió plenamente. El plan era replicar el esquema de las Primaveras Árabes y las revoluciones de colores: deslegitimar al gobierno, construir la figura del “tirano”, promover movilizaciones, forzar la inacción del ejército y consagrar una presidencia paralela. Ese diseño fracasó.
Hoy, pese a la retórica grandilocuente de Trump, Venezuela mantiene su institucionalidad. Se abre ahora una etapa compleja, donde el pragmatismo jugará su papel. Estados Unidos buscará mostrar algún triunfo, especialmente vinculado al petróleo. Venezuela, por su parte, también puede beneficiarse de un acuerdo que fortalezca su economía y su capacidad de sostener políticas sociales.
Al movimiento popular latinoamericano le queda una tarea central: exigir la liberación inmediata del presidente secuestrado y mantenerse alerta frente a un EE UU debilitado pero más peligroso, que vuelve a prometer dominio imperial sobre la región.
Estamos ante un nuevo momento histórico para América Latina. La clave será la inteligencia política, la capacidad de análisis y la fuerza militante para que este tiempo no se resuelva a espaldas de los pueblos. En un mundo multipolar, la región tiene la posibilidad —y la responsabilidad— de convertirse en un polo propio. «
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