Dirigido por Manuel Abramovich, el documental puede verse como un diario del rodaje de Zama, última película de la directora, pero también como manifiesto de una forma de entender el cine.

Abramovich es muy joven. Lo suficiente como para que cuando tomó la decisión de convertirse en director de cine, Martel ya fuera la cineasta argentina más respetada en el mundo. En ese vínculo de admiración se encuentra el germen que dos años antes del estreno le permitió a Abramovich imaginar que el rodaje de Zama podía convertirse en una especie de Aleph del cine argentino. El director traslada ese respeto directamente a la película, reproduciendo el diálogo que mantuvieron con Martel por correo electrónico, cuando él la contactó para contarle de su proyecto de convertirla en protagonista de una película. «Estoy a años luz de ser la protagonista de una película», le responde la directora, pero aun así lo invita a conocerse.
Para quienes hayan visto Zama, Años luz puede resultar una experiencia extraña, como meterse en un loop cinematográfico que lleva al espectador de una película a la otra, generando una especie de dimensión paralela en la que es difícil saber dónde está el límite entre ellas. Abramovich consigue replicar ciertas atmósferas que son parte de la identidad de la película de Martel, releyendo el rodaje de Zama a partir del espíritu de la novela de Di Benedetto. A partir de planos largos que se concentran en los gestos de la directora mientras observa y escucha lo que ocurre en escenas que siempre tienen lugar fuera del cuadro, Abramovich estira el tiempo convirtiendo a Martel en Diego de Zama, el protagonista de la novela y la película, ambos anclados en una espiral de espera en movimiento. Lo mismo ocurre con otras secuencias en las que Martel les hace repetir a los actores una y otra vez la misma escena, sugiriendo cada vez milimétricas modificaciones.
Abramovich hace gala de una inteligencia visual capaz de encontrar el encuadre perfecto para cada escena registrada. A veces a partir de planos amplios, generales, que le sirven de contexto a la presencia humana. Otras veces utilizando planos que se cierran sobre los protagonistas, decisión que permite el doble juego de registrar detalles de otra forma imperceptibles, pero generando al mismo tiempo un potente fuera de campo. De esta tensión entre lo que se ve y lo que escapa a la mirada, pero que a veces se cuela a través de sus reminiscencias sonoras o de los detalles orales que dan los propios personajes, se sirve el director para producir un relato que se mueve como un remolino manso en cuyo vórtice se encuentra Martel. Ella es la fuerza centrípeta que atrae sobre sí todas las energías que atraviesan la película.
Si bien Años luz puede ser vista como una oportuna nota al pie de Zama, Abramovich consigue que su película se sostenga como obra autónoma. Una mirada que permite conocer qué hay detrás de la extraordinaria precisión estética y narrativa de un relato cinematográfico como Zama, pero también el retrato de quien la hizo posible, quien además tal vez sea la artista argentina más importante de la actualidad. A todo eso le hace honor la película de Abramovich. «
Para verla
Años luz, documental de Manuel Abramovich sobre Lucrecia Martel, puede verse todos los viernes de agosto a las 20:30 en el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415.
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