Una deriva sensible sobre la atracción irrenunciable del océano, un espacio místico donde el azar, los libros de la infancia y la voz de los seres queridos se cruzan frente al rumor eterno de las olas.

«Los hombres remontan los infiernos y deambulan sobre el mar sonoro.
El mar sonoro amenaza engullir a todos los seres vivientes. La música los atrae. La música es el señuelo que atrae hacia la muerte. Que atrae las voces a la semejanza que las pierde»,
Pascal Quignard, El odio a la música.
Me atrapa el mar. Me atrae su rumor y su amplia como íntima tentación a generar asombro constante en su embestida de monstruo necesaria y contenida. Tan temido y colosal que fue, es y será, fuente de toda leyenda y literatura, si tomamos en cuenta cada vestigio recogido de historia en la humanidad que nos precede.Esta atracción por el mar no me exime de temerle y ser yo apenas un conspicuo creyente de su poder desde alguna playa en cualquier continente.
Soy más que todo un oyente del mar.
Apenas me mojo en él, no nado, no lo navego y tampoco vivo del mar como un pescador marinero. No, soy una parte de ese mundo que lo atesora y vecino constante en el ensueño de su seductora fuente de energía. Sus olas me toman por asalto, la mirada perdida y soy apenas una breve herramienta carnal en su inmensa historia.
Como Ulises, mi mente lo atraviesa atado a una proa de reflexión en donde mi cuerpo es apenas una gota más, migaja de piel ante las aves del destino que me llevan en un mástil, todo oídos ante cantos de sirenas que ya no obligan a distraerme contando los granos de las arenas, que en una playa hechizado, me atan obsesivamente. Yo, con la visión de un corazón perdido y hallado en sus tinieblas. Recuerdo, memorioso lector, el viaje aquel de Conrad…
Para un habitante ocasional de una población costera, el mar puede que sea apenas una referencia geográfica. No nació allí cercano, ni frente a él, es probable incluso que ni lo visite en verano salvo cuando llegan familiares o amistades de visita. El mar es para él como un decorado y se crece detrás del mar indiferentemente. Se queja del turista y el turista que se ufana de él. Se nutre de su poder en cada verano. Se aprovecha del mar, más no saca provecho de su riqueza, lleva una tabla, rodeado de familias, se tuesta al sol, se impregna de arena y aleja a las palomas cada vez más atrevidas. Se adentra dando brazadas y da algunas simpáticas piruetas.
Las niñas y los niños lo adoptan y crecerán con ese apego al mar, pero quizás jamás el mar, su plenitud inmortal, al espíritu de lo sustancial, su magnitud humana, le provea su alma desde ese punto esencial que es cualquier playa en un borde mundial por donde llegue. No tiene límite. La tierra en continentes lo rodea. Es menos escuchado el mar que citado, o cruda referencia de versos y disputas territoriales.
La cuestión del misterio del viaje ante las grullas que traen su aliento en gritos que atraen como que aterran. Son la música del mar. Es una sinfonía muda de humanidad, la otra música. La eterna cadencia del tiempo en la cual siempre le cantaré a mi padre, a mi madre y a mi hija. La voz que no cesa de sangre y verdad, sin artilugios literarios ni míticos en la memoria.
Mi primer viaje de vacaciones de verano en familia, precisamente fue a Santa Teresita a mediados de los setenta. Llegué al mar también por primera vez. Mi primera adaptación curiosa a su presencia.
En una playa de Valencia, hará unos 15 años ya, me adentré una primavera con los pantalones arremangados al Mediterráneo, llevando a mi hija Vera cargada en los brazos: tan aterrada como divertida, le conoció por primera vez de lleno. Hoy es su referencia veraniega y entrañable. Soy piel de su luz. Puente sobre el mar permanente. Mi faro vigía.
Siempre sostengo que nada sería posible para mí, sin la curiosidad y el azar. Arrastrando los remos de mi vida, hay una playa permanente. No soy un hombre de mar, nunca seré el viejo de Hemingway, tal vez más cercano al Ismael de Moby Dick en un Pequod, intentando saber algo más de todo esto. Naufrago apretado de islas interiores, mendigo entre las olas que me alimentan de fragmentos de incógnita sustancia debajo del viento embravecido de la curiosidad, en donde el azar espera sabiamente para dirigirme a latigazos en el galeote sensible del mar que ante mis oídos suena y le deberé creer más al oír, porque los ojos se cierran ante la tormenta o el cansancio. Aquel ciego frente al mar de la música de libros de Spinetta. Aprender a subir o bajar las velas en el mástil que me sujeta. Al remolino de sal, a su aliento tan brutal como sensual y dulce crujir entre sus olas.
En su tremendo alegato a modo de ensayo de la historia de la música, El odio a la música, Pascal Quignard toma al mar como una referencia en varios tramos, con crudeza y profundidad y a la vez rescata también esto que escribiera acerca del mar el místico alemán Eckhart allá por principios del siglo XIV: «El mar no es una superficie. Es de arriba a abajo un abismo. Si quieres atravesar el mar, naufraga».
Por eso, como decíamos ayer, me atrapa el mar.
Besos de esquina y abrazos de cancha.
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