Argentina, 2022

Por: Sebastián Rodríguez Mora

Esto pasó: Ricardo Darín es Julio Strassera, la pantalla del cine Atlas en el barrio porteño de Flores recibe la luz sincronizada al sonido en el que su voz, la voz de Strassera en la voz de Darín, hace una pausa antes de arremeter con el párrafo final de su alegato como fiscal del Juicio a las Juntas, quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: Nunca más, y es esa pausa –el hueco sin sonido solista que revela la orquesta humana de celofanes, pochoclos y celulares, la respiración popular a sala llena– el elástico ético que induce, apenas cruzado el umbral triunfal de Darín Strassera diciendo nuncamás, el extrañísimo gesto antropológico de cientos de personas aplaudiendo a la vez. A ambos lados de la pantalla, en la ficción y en la sala, la gente aplaude.

Esto también pasó: el cine Atlas en el barrio de Flores se vacía tras una función de Argentina, 1985 y la vereda izquierda de la calle Rivera Indarte se inunda de gente. Es un cine con foyer chico, por lo que no queda muy claro quiénes hacen fila para la próxima proyección y quiénes quedaron ahí boyando, de vuelta en lo real, de camino al final del viernes.

Un grupo de personas sobre la vereda inicia el extrañísimo gesto antropológico de cantar al unísono olé olé / olé olá / como a los nazis les va a pasar / adonde vayan los iremos a buscar. Un hueco, una especie de campo de fuerza, hace retroceder a esas personas que hasta antes del canto eran indistinguibles de las cantantes. Se alejan dos o tres pasos, miran, se miran con las otras personas no cantantes: otra vez espectadores, pero esta vez no hay aplauso.

El grupo cantante se va en fade out hacia Rivadavia. Una huella de desprecio queda en el gesto de quienes acaban de salir del cine sin cantar. Una canción en voz alta sopló el polen de regocijo que se llevaron en el cuerpo quienes salieron de esa función.

Argentina, 1985 ya es un clásico destinado a integrar la educación democrática nacional. En diálogo con Sebastián Feijoó para este diario, su director Santiago Mitre sustenta esa intuición al afirmar que se trata de un guión articulado «en la tradición cinematográfica estadounidense de los ’50 y ’40. Nos parecieron las mejores estructuras para contar».

Generaciones recordarán haber hecho un trabajo práctico en el colegio secundario sobre ella, personas vivas al momento del Juicio a las Juntas la usarán para explicarle a las y los nativos digitales la noción de teléfono público, el Oscar se ve venir. Se oyen ya los comentarios: qué bien está Alejandra Flechner, y esto es cierto; me reí mucho en la película, y esto ocurre genuinamente; me pegó mucho el testimonio de la mujer, y es que la actriz Laura Paredes le pone voz al horror en el papel de Adriana Calvo de Laborde. Quien escribe estos párrafos quisiera saber la opinión de algún fan de Javier Milei ante ese testimonio.

Peter Lanzani, reponiendo a Luis Moreno Ocampo, le dice a Darín Strassera que es necesario ganar el juicio pero sobre todo a la clase media, que es la que define la opinión pública y por tanto la presión política sobre los jueces. A un lado y otro de la pantalla, la película ya se ganó a la clase media y por lo tanto será un clásico.

Y sin embargo el hueco. El aplauso del alegato y la incomodidad ante uno de los himnos del movimiento por la Memoria, Verdad y Justicia. Como a los nazis les va a pasar en paralelo a una ficción en la que se afirma que este juicio es el más importante desde Nüremberg, al final de la Segunda Guerra Mundial, contra los jerarcas nazis a quienes se condenó a la horca y sus cuerpos cremados se arrojaron en un lugar impreciso para evitar homenajes posteriores.

¿Diez? ¿Doce? personas cantando violentaron el aura de reconciliación nacional que deja la película, porque recordaron la incomodidad de que la justicia es política y la política está ahí donde nos amontonamos, nos acompañamos.

El hueco de sentido que deja la película es el hueco de lo colectivo.

Argentina, 1985 es una película donde la justicia ocurre en palacio (literalmente, en el Palacio de Tribunales) y en el que la calle no es de la movilización sino de la violencia: explota un Falcon en Plaza de Mayo, Peter Moreno Ocampo huye corriendo por Recoleta, los servicios de inteligencia campeonan.

El único lugar seguro es Tribunales, donde Carlos León Portaluppi Arslanián, en representación del Poder Judicial, destruye una amenaza de bomba para darle curso al inicio del juicio.

La calle es nuestra

Hay una forma horrible del desprecio, una que duele cuando se la recibe, que en algún momento de su vida utiliza toda persona criada en suelo nacional: «te falta calle». Eso hace referencia a una falta de contacto con la vida cotidiana, incluso en ámbitos de militancia significa una inexperiencia realpolitikera.

Mitre y su coguionista, Mariano Llinás, ya deben estar hartos de recibir críticas de este tipo. Pero en este caso, el más que necesario recorte sobre la historia dejó para las placas finales, inmóviles fotos en blanco y negro, a las movilizaciones de los organismos de derechos humanos durante el período del juicio.

El aplauso en pantalla que se replica auténtico en las salas de cine ocurre adentro de Tribunales, a pesar de que la multitud de familiares y militantes estaba afuera, radio en mano. Una película de muy buenos personajes, donde el arco narrativo de Darín Strassera va del temeroso funcionario al héroe humano consciente de su lugar en la historia argentina, en la que la justicia y por tanto la política la hacen los individuos, no los colectivos más o menos organizados.

Le falta calle a Argentina, 1985, calle repleta de gente cantando que como a los nazis les va a pasar.

Quien escribe estos párrafos se pregunta si no estará ahí la sutil razón para incomodarse ante el canto político. No, no es responsabilidad de Mitre ni Llinás, en absoluto: es más probable que la clase media presente en esa función de viernes por la tarde en el cine Atlas de Flores reaccione ante esa canción por décadas de desprecio mediático hacia las organizaciones políticas que participaron y participan del movimiento de derechos humanos en este país. Pero ese hueco, en el inolvidable guión que compusieron, está presente. Es un detalle, pertenece a las segundas lecturas, pero los clásicos permiten eso.

Quien escribe se pregunta si, en vistas de la violencia política creciente en el país, no nos estará faltando calle a todos, a todas. Si no precisaremos de la primera persona del plural para blandir el nuncamás con la firmeza que los tiempos requieren.

Si la violencia está en la calle de Sabag Montiel, de Berni, de Bullrich, de los operativos conjuntos contra mapuches, seamos esa disrupción que canta a la salida de un cine, que investiga el terror del presente, que denuncia aun cuando cruja tu coalición. La época nos pide esfuerzos más allá del desierto de lo plausible. Nos vemos en la calle. «

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