Armados de valor

Este libro que se conforma de ocho cuentos juveniles, escritos y seccionado por Oche Califa para Ediciones Colihue, forma parte de la notable Colección Los opuestos, divertidas versiones de textos y relatos populares de todo el mundo, ilustradas a puro color.

Cuatro animales que hacen frente a un cazador; un rey que desea conocer el valor de su pueblo; una reconocida muchacha china que se viste de guerrero para enfrentar a los invasores; la astucia de una mujer para liberar a su marido; un joven campesino que se planta ante sus enemigos; una pareja guaraní dispuesta a desafiar al peligro por su gente; la valiente lucha de un pueblo maya contra los conquistadores españoles; un gallo que hace frente a una zorra para proteger a su amigo.

Ocho relatos sobre la importancia de enfrentarse a las adversidades, que muestran el valor de la lealtad y el compañerismo.

LA HISTORIA DE HUA MULÁN

En la antigua China se vivía en constante peligro por el ataque de los mongoles, que querían dominarla. Estos eran guerreros feroces, muy difíciles de vencer.

Los emperadores chinos hacían todo tipo de acciones para detenerlos, pero eso tenía resultados que no duraban demasiado. Cada cierto tiempo, los mongoles volvían a la carga.

En una oportunidad, el emperador chino recibió noticias de que el gran rey de los mongoles prepa-raba un enorme ejército y que, esta vez, podían llegar a vencer y entrar hasta su propio palacio.

Entonces envió a todas las aldeas la orden de que cada familia debía proveer un varón al ejército.

Esa orden llegó a una casa donde el matrimonio tenía solo una hija. El padre se dio cuenta de que debería ser él quien se sumara al ejército.

Pero la hija, que se llamaba Hua Mulán, le dijo:

—Padre, no puedes convertirte en guerrero. Ya eres muy viejo. Deja que sea yo quien se presente para soldado.

El padre sabía que era imposible convencer a Hua Mulán de que no lo hiciera, pero le advirtió:

—Deberás vestirte como hombre y tratar de que no te descubran. Si no, no te aceptarán.

Hua Mulán salió decidida. En una aldea del norte compró un caballo. En una aldea del sur, una mon-tura. En una aldea del oeste, ropa de soldado. En una aldea del este, una espada.

Luego fue a su casa, se cortó el cabello como un varón, se puso la ropa, abrazó a su padre y a su ma-dre y montó en el caballo.

Con decisión, se dirigió al río Amarillo. Sin descanso, marchó durante dos días y noches.

Al llegar a sus orillas, preguntó por el general al que debía presentarse.

—Se ha dirigido a la montaña Negra —le dijeron.

Con nueva decisión, fue hacia allí. Y otra vez sin descanso, marchó dos días y noches.

Al amanecer en la tercera jornada, vio el ejército y se presentó ante el general, que le dijo:

—Antes de ir al combate, deberás aprender a luchar. Eres un poco joven, pero necesitamos gente.

Y la envió con otros soldados sin experiencia a que les enseñaran a usar la espada.

En pocos días Hua Mulán, que todos creían que era varón, aprendió a ser guerrera. Sus compañeros ya comenzaban a admirarla y, cuando estuvo lista, fue enviada al frente de batalla.

Sus proezas fueron muchas. Luchó como los mejores, asistió a los compañeros heridos, alertó a los jefes sobre los avances de los mongoles, ¡detuvo ella sola a un grupo de cinco jinetes y los obligó a retroceder!

Tanto se distinguió en la guerra, que al segundo año la nombraron a cargo de un grupo. Y al quinto, de un batallón.

Como se ve, la guerra era larga. Los años pasaban y los mongoles no lograban dominar China, pero tampoco se daban por vencidos.

Hasta que, luego de diez años, se retiraron y regresaron a su país.

El emperador decidió premiar a los guerreros más destacados. Entre ellos estaba Hua Mulán, a quien el monarca le dijo que pidiera lo que quisiera.

—Glorioso Emperador —le dijo Hua Mulán—, solo quiero un buen caballo, porque el mío está viejo. Con él podré llegar a la casa de mis padres y vivir con ellos, para ayudarlos. ¡Están ya muy viejos!

El emperador hizo que le dieran un caballo de su propia caballeriza, con la mejor montura, y Huan Mulán lo montó y se despidió.

Al llegar a la casa paterna, Hua Mulán abrazó a sus padres, de los que tenía noticias pero no veía des-de hacía diez años. Luego entró a la casa y retomó sus ropas de mujer.

Al cabo de un mes, su cabello creció y ya era una mujer en todo su aspecto.

Entonces, un buen día un grupo de quienes habían sido sus compañeros en la guerra decidieron ir a visitarla. Preguntaron por su aldea y tremenda fue su sorpresa al enterarse, por un viejito que les infor-mó, que Hua Mulán era mujer.

Azorados, no sabían qué decir, pero el viejito les dijo:

—Las patas del conejo saltan más. Los ojos de la coneja son más pequeños. Pero ¿ustedes pueden distinguir macho de hembra cuando van corriendo por el prado? 

 LA DERROTA

Cuando llegaron los españoles a México, los cocomes de Yucatán no quisieron bajar sus cabezas ante ellos. Eran mayas orgullosos, que habían conocido la victoria y la derrota, la alegría y la tristeza, el hartazgo y el hambre…, pero jamás se habían rendido.

Recordaban, por ejemplo, los lejanos años en que sus padres vagaron en la selva corridos por los tu-tul xiúes, terribles enemigos. Alguna vez habían perdido a casi todos sus jefes, muertos en combate, pero el menor de los hijos de la realeza se había refugiado en el sur para regresar años después y volver a organizar al pueblo. Entonces habían fundado la ciudad de Tibolón y logrado organizar la región de Sotuta (que quiere decir “agua que da vueltas”).

Ahora vivían allí. Tallaban la piedra; cultivaban maíz; cazaban venados.

Pero sus relaciones con los tutul xiúes no habían cambiado. No estaban en guerra, pero siempre desconfiaban de ellos. Y más al enterarse de que se llevaban bien con los españoles.

Y los adivinos, por cierto, no habían profetizado nada bueno acerca de esa alianza. Por eso el cacique Nachi Cocom había ordenado espiarlos.

—Los extranjeros llevan corazas y sombreros de un metal que brilla —le advirtieron.

—También sus lanzas brillan y todo lo quiebran y penetran.

—Vienen montados en animales más grandes que los venados.

—Poseen una lanza que saca fuego por la punta, ruge y mata.

Pero Nachi Cocom no tuvo miedo. Por las noches lograba dormir como si nada, aunque su respiración indicaba la terrible furia que crecía en su pecho. Hasta que un día se acercó el jefe que mandaba a sus guerreros y le dijo:

—Poderoso señor, los españoles y los tutul xiúes están decididos a invadirnos.

Entonces Nachi Cocom ardió de rabia y gritó:

—¡Que se preparen nuestros guerreros! ¡Los mejores con las flechas y las lanzas, y los más fuertes con las mazas!

—¡Oh, poderoso señor! —contestó el jefe militar—. Nuestras flechas están prontas a dispararse, y a una señal tuya cientos de guerreros se lanzarán contra el invasor. Pero ¿es que los dioses están a favor de los extraños?

—Si los dioses están de su lado —dijo Nachi Cocom—, entonces pelearemos contra los dioses. Porque los cocomes no nacimos para ser esclavos.

La guerra era un hecho. Sonaron los tambores que ordenaban presentarse a los guerreros, y los ve-nados y los pájaros —¡hasta el temible tigre!— los oyeron y huyeron selva adentro. Y esta vez Nachi Co-com no podía dormir…

Pero la falta de sueño no era cobardía. ¡Quería saber! Si lo esperaba la victoria o la derrota, igual iría al campo de batalla, pero… ¡quería saber!

Entonces llamó a los adivinos. Se hizo un semicírculo alrededor suyo y nadie pareció querer hablar. Hasta que un viejo adivino le dijo:

—Poderoso señor, lo que no sabes lo sabrás. Dentro de un rato caerá la lluvia en la selva oscura. Mo-jará las plantas y los animales, embarrará los senderos; en nuestros campos, hará crecer el maíz. Pide que te traigan una flor de campanilla azul mojada, mírala y sabrás.

Nachi Cocom no dudó un segundo y ordenó hacer tal cosa. Un grupo de sirvientes salió a buscar, en la humedad de la selva, y bajo los relámpagos de una feroz tormenta, la flor indicada. Mientras, Nachi Co-com esperaba.

Uno de enviados regresó al rato con la flor. El cacique la tomó en sus manos y la miró. Ante sus ojos, el azul perlado por la lluvia cambió al rojo sangre. Nachi Cocom abrió grandes los ojos y comprendió. Sin embargo, al mirar a los presentes se dio cuenta de que sólo él se había percatado de tal cosa.

Con un gesto, disolvió la reunión. Y con otro gesto indicó al jefe militar que debían disponerse los úl-timos preparativos.

Cuando los españoles se enteraron, le enviaron un mensajero de negociación. Pero el emisario no venía con palabras de bondad y paz sino con el tono de burla del que se sabe superior. ¿Cómo te atreves a lanzarte en guerra contra nosotros, que somos superiores?, pareció decirle.

Así que Nachi Cocom lo mandó de vuelta con un ¡no! frío y seco.

Pocos días después los cocomes trataron de sorprenderlos y atacaron. La batalla fue sangrienta y lar-ga.

Y aunque los esfuerzos resultaron descomunales, Nachi Cocom vio, efectivamente, que el rojo sangre que manchara la flor azul pertenecía a sus hombres.

Derrotado, cargando heridos y muertos, su ejército se retiró hacia lo más profundo de la selva. Era el principio de una derrota que sería, cada vez, peor. Es algo que se sabe. « 

Mini biografía

El escritor, periodista y editor Oche Califa, seudónimo de Ángel Jorge Califa, nació en Chivilcoy, Buenos Aires, en 1955. Pertenece a una generación de escritores para niños y jóvenes que comenzó a destacarse en los ’70 y desarrollan una literatura no necesariamente destinada a lo pedagógico, como Graciela Montes, Elsa Bornemann, Horacio López, Ema Wolf, Adela Basch, Horacio Quiroga y María Elena Walsh, entre otros. Se inició en su ciudad natal. Desde 1978, en Buenos Aires colaboró en las revistas Billiken y La Hojita, Humi, Superhumor y Humor Registrado. y los periódicos Acción, Clarín y La Nación (editó el supleinfantil). Editor de Oxford UP, Colihue y Depeapá. Guionista de tv, historietas y documentales. Algunos otros libros de Califa publicados por Colihue: Armados de valor; Cabeza de león, cola de ratón; Canción para dormir a Macarena; Drácula (Como yo me lo acuerdo); El lobisón y otras leyendas de la pampa argentina; Kitej, la ciudad invisible y otras leyendas rusas; La Princesa Quejosa; La reina del berrinche; La vuelta de Mongorito Flores; Los caciques petrificados y otras leyendas de la Patagonia nativa; Para escuchar a la tortuga que sueña; Robinson Crusoe (Como yo me lo acuerdo); Solo sé que es ensalada; Tuti fruti; Escuela para crear; Vida de Rama y otras leyendas de la India.

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